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Estados Unidos es el nuevo centro de inestabilidad global

NUEVA YORK – Si el asalto al Capitolio de Estados Unidos fue un intento de golpe, una insurrección o un ataque a la democracia es simplemente una cuestión de semántica. Lo que importa es que la violencia estaba destinada a frustrar una transición legítima del poder en beneficio y a instancias de un loco peligroso. El presidente Donald Trump, que nunca ha ocultado sus aspiraciones dictatoriales, ahora debería ser removido del poder, inhabilitado de la función pública y procesado por delitos graves.

Después de todo, los acontecimientos del 6 de enero pueden haber sido impactantes, pero no fueron sorprendentes. Muchos comentaristas entre los que me incluyo habíamos advertido hace mucho tiempo que la elección de 2020 generaría malestar civil, violencia e intentos por parte de Trump de permanecer en el poder ilegalmente. Más allá de sus delitos vinculados a la elección, Trump también es culpable de un desprecio irresponsable por la salud pública. Él y su administración cargan con gran parte de culpa por la gigantesca tasa de mortalidad del COVID-19 en Estados Unidos, que representa sólo el 4% de la población global pero el 20% de todas las muertes por coronavirus. 

Estados Unidos, que alguna vez fue un modelo de democracia, de estado de derecho y de buena gobernanza, ahora parece una república bananera incapaz de controlar una enfermedad contagiosa –a pesar de gastar más en atención médica per capita que cualquier otro país- o a hordas incitadas por un aspirante a dictador. Los líderes autoritarios en todo el mundo hoy se ríen de Estados Unidos y se burlan de las críticas norteamericanas del desgobierno político de los demás. Como si el daño infligido al poder blando de Estados Unidos en los últimos cuatro años no fuera inmensamente suficiente, la insurrección fallida de Trump ha minado aún más la postura de Estados Unidos.

Peor aún, aunque el presidente electo, Joe Biden, asuma el cargo en aproximadamente una semana, es muchísimo tiempo para que Trump genere más alboroto. Milicias de derecha y supremacistas blancos ya están planeando más actos de protesta, violencia y conflicto racial en ciudades en todo Estados Unidos. Y rivales estratégicos como Rusia, China, Irán y Corea del Norte buscarán explotar el caos sembrando desinformación o lanzando ciberataques, potencialmente incluso contra infraestructura norteamericana crítica.

Al mismo tiempo, un Trump desesperado puede intentar “crear una cortina de humo” ordenando un ataque –quizá con una ojiva nuclear táctica- contra la principal instalación nuclear de Irán en Natanz, con el argumento de que se la está utilizando para enriquecer uranio. Lejos de que se pueda descartar esta posibilidad, la administración Trump ya ha realizado simulacros con bombarderos furtivos y aviones de combate –cargados, por primera vez, con armas nucleares tácticas- para advertirle a Irán que sus defensas aéreas no sirven de nada.

No sorprende que la presidenta de la Cámara de Representantes de la Casa Blanca, Nancy Pelosi, sintiera la necesidad de contactarse con el jefe de Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos para discutir medidas destinadas a impedir un ataque nuclear del Dr. Insólito en la Casa Blanca. Si bien una orden injustificada para lanzar un ataque nuclear a un blanco con una gran población civil sería rechazado por los militares por considerarlo obviamente “ilegal”, un ataque a un blanco militar en una zona despoblada tal vez no, inclusive si tuviera consecuencias geopolíticas nefastas. Asimismo, Trump sabe que tanto Arabia Saudita como Israel respaldarían tácitamente un ataque a Irán (de hecho, Estados Unidos puede utilizar logística y apoyo terrestre saudí para perpetrar un ataque, dado el rango más corto de los aviones de combate munidos de armas nucleares).

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La perspectiva de un ataque a Irán puede darle al vicepresidente Mike Pence el pretexto que necesita para invocar la Enmienda 25 y remover a Trump del poder. Pero aún si esto sucediera, no necesariamente sería una victoria para la democracia y el estado de derecho. Trump podría ser perdonado por Pence, y probablemente eso es lo que pasaría (como Richard Nixon fue perdonado por Gerald Ford), lo que le permitiría candidatearse a la presidencia nuevamente en 2024 o ser un poder en la sombra en esa elección, teniendo en cuenta que ahora controla al Partido Republicano y a su base. Remover a Trump con la promesa de un perdón puede ser un pacto faustiano que Pence acuerde con Trump.

Como el autoindulto que Trump ha venido contemplando tal vez no pasaría una asamblea constitucional, es razonable pensar que hoy esté devanándose los sesos en busca de otras salidas creativas. No puede simplemente renunciar y dejar que Pence pronuncie un perdón, porque eso lo haría ver como un “perdedor” que aceptó la derrota (el peor insulto en el léxico egocéntrico de Trump). Pero si el presidente fuera a ordenar un ataque a Irán y luego convertirse en un mártir (perdonado), podría preservar su base y al mismo tiempo evitar tener que rendir cuentas. Del mismo modo, Trump no puede arriesgarse a un nuevo juicio político, porque eso abriría la posibilidad de ser descalificado para ejercer la función pública en el futuro. Según este razonamiento, tiene todos los incentivos para actuar de manera estruendosa y según sus propios términos.

Si todo esto suena como los días finales de “tocar el arpa mientras Roma arde” de Nerón, es porque es así. La decadencia del imperio norteamericano parece estar acelerándose rápidamente. Dado lo política, social y económicamente dividido que está Estados Unidos, cuatro años de un liderazgo sólido bajo la presidencia de Biden no bastarán para revertir el daño que ha causado. Más probablemente, los republicanos harán todo lo posible por sabotear a la nueva administración, como lo hicieron con el ex presidente Barack Obama.

Aún antes de la elección, las agencias de seguridad nacional de Estados Unidos advertían que el terrorismo y la violencia de derecha en el país seguirían siendo la principal amenaza endógena para Estados Unidos. Con Biden en el poder, este riesgo será aún mayor. Durante los últimos cuatro años, lo que hizo que milicias sumamente armadas de supremacistas blancos pudieran ser mantenidas relativamente bajo control fue el hecho de que tenían un aliado en la Casa Blanca. Pero una vez que Trump se haya ido, los grupos a quienes instruyó para “dar un paso atrás y esperar” no van a aceptar, así como así, el control demócrata de la presidencia y del Congreso. Trump, desde Mar-a-Lago, seguirá incitando a las masas con más mentiras, teorías conspirativas y falsedades sobre una elección robada.

Estados Unidos muy probablemente entonces será el nuevo epicentro de inestabilidad política y geopolítica del mundo en los meses y años por delante. Los aliados de Estados Unidos tendrán que seguir apostando contra un futuro retorno del trumpismo, y los rivales estratégicos seguirán intentando desestabilizar a Estados Unidos a través de una guerra asimétrica. El mundo transita un camino largo, inquietante y accidentado.

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