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Después de lo ocurrido en París

NUEVA YORK – Los ataques perpetrados en París por personas relacionadas con el Estado Islámico, inmediatamente posteriores a los atentados con bombas habidos en Beirut y al derribo de un avión de pasajeros sobre la península del Sinaí, refuerzan la realidad de que la amenaza terrorista ha entrado en una nueva fase más peligrosa. La razón exacta por la que el Estado Islámico decidió organizar esos ataques ahora es objeto de conjetura; puede muy bien ser que haya pasado a actuar a escala mundial para compensar su reciente pérdida de territorio en el Iraq, pero, sea cual fuere la razón, lo que es seguro es que está justificada una reacción clara.

En realidad, el desafío planteado por el Estado Islámico requiere varias reacciones, pues no hay una única política que vaya a ser suficiente. Se necesitan medidas múltiples en múltiples ámbitos.

Uno es el militar. Ataques más intensos desde el aire contra los activos militares del Estado Islámico y las instalaciones de extracción de petróleo y de gas revisten importancia decisiva, pero, por grande que sea la potencia aérea, por sí sola nunca logrará la misión cumplida. Para hacerse con territorio y mantenerse en él, es necesaria una importante intervención en el terreno.

Lamentablemente, no hay tiempo para constituir una fuerza aliada en el terreno a partir de cero. Se ha intentado y se ha fracasado y los Estados árabes no pueden o no quieren constituirla. El ejército iraquí tampoco lo ha logrado. Las milicias respaldadas por el Irán empeoran aún más la situación.