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África en riesgo

ADDIS ABABA – El cambio climático afectará a África -un continente que prácticamente no ha contribuido en nada a generarlo- antes que a nadie y con más crudeza.

Aparte de la Antártida, África es el único continente que no se ha industrializado. De hecho, desde los años 1980, la industrialización que había tenido lugar en África, en general, se ha revertido. África, por lo tanto, no ha contribuido en nada a la acumulación histórica de gases de tipo invernadero a través de la industrialización basada en carbono. Es más, su aporte actual también es insignificante, ya que casi en su totalidad proviene de la deforestación y la degradación de los bosques y las tierras de cultivo.

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Sin embargo, el cambio climático afectará a África con más crudeza, porque perjudicará al vulnerable sector agrícola, del que depende el 70% de la población. Todas las estimaciones del posible impacto del calentamiento global sugieren que una gran parte del continente se volverá más seco y que el continente en su totalidad experimentará una mayor variabilidad climática.

Sabemos cuál ha sido el impacto de las sequías periódicas en la vida de decenas de millones de africanos. Por lo tanto podemos imaginar cuál será el impacto probable de un clima más seco en la agricultura. Las condiciones en este sector económico vital se volverán aún más precarias de lo que son actualmente.

África no sólo será el continente más afectado, sino que será el primero en sufrir las consecuencias. De hecho, el impacto tan temido del cambio climático ya está entre nosotros. La actual sequía que afecta a gran parte del este de África -mucho más severa que otras sequías pasadas- ha estado directamente asociada con el cambio climático.

Las próximas negociaciones climáticas deberían abordar los problemas específicos de África y otras regiones pobres e igualmente vulnerables del mundo. Esto requiere, en primer lugar, reducir el calentamiento global al incremento aparentemente inevitable de dos grados Celsius, más allá de lo cual reside una catástrofe ambiental que podría resultar inmanejable para los países pobres y vulnerables. En segundo lugar, las regiones y los países pobres y vulnerables deberían tener a su disposición los recursos adecuados que les permitieran adaptarse al cambio climático.

El cambio climático, que en gran  medida fue ocasionado por las actividades de los países desarrollados, hizo difícil que los países pobres y vulnerables combatieran la pobreza. Ha creado un entorno más hostil para el desarrollo. Ninguna cantidad de dinero resolverá el daño ya hecho. Pero una inversión adecuada para mitigar el daño podría resolver en parte el problema.

Los países desarrollados están, por ende, moralmente obligados a pagar una compensación parcial a los países y regiones pobres y vulnerables para cubrir parte del costo de las inversiones necesarias para adaptarse al cambio climático.

Se han hecho diversas estimaciones de la escala de inversión que esos países necesitan. Una estimación conservadora -que tiene una posibilidad razonable de ser aceptada precisamente porque es conservadora- habla de 50.000 millones de dólares por año a partir de 2015, cifra que ascendería a 100.000 millones de dólares para 2020 y después. Se implementaría un acuerdo de financiamiento transicional entre 2010 y 2015.

Algunos sostienen que los países desarrollados no pueden proveer esas sumas de dinero, particularmente en vista de sus actuales desafíos económicos. Pero nadie hasta el momento dijo que el costo del daño causado a las perspectivas de desarrollo de los países y las regiones pobres es inferior a la cantidad de compensación que se ofrece para cubrir los costos del ajuste. La razón es obvia: el daño causado es muchas veces superior a la compensación solicitada.

Sin embargo, se dice que no importa cuál sea el costo real del daño, los países desarrollados actualmente no pueden darse el lujo de proporcionar ese tipo de dinero. Pero todos sabemos que estos países y sus bancos nacionales pudieron invertir billones de dólares en pocos meses para rescatar a sus banqueros, que obtuvieron enormes beneficios cuando las cosas andaban bien. Cuando los tiempos buenos terminaron, los contribuyentes y los gobiernos estuvieron dispuestos a rescatarlos y a asegurar que siguieran recibiendo sus bonos extraordinarios.

Si el mundo desarrollado puede pagar billones de dólares para limpiar el caos generado por sus banqueros, ¿cómo es posible que no pueda pagar miles de millones de dólares para limpiar el caos que él mismo creó, y que está amenazando la supervivencia de continentes enteros?

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Claramente, esto no tiene que ver con la disponibilidad de recursos. Tiene que ver con las prioridades inapropiadas con las que se asignan los recursos. Tiene que ver con valores morales que consideran apropiado rescatar a banqueros, que esperan que todos menos ellos paguen por el caos que crearon, e inapropiado compensar a la gente más pobre del mundo, cuya supervivencia se ve amenazada precisamente por el caos generado por los países desarrollados.

No puedo creer que la gente en los países desarrollados, cuando se entere de estas cuestiones, respalde el rescate de los banqueros y se oponga a una compensación parcial a los países y regiones pobres. No puedo creer que permitan que ocurra una injusticia semejante. Si no están expresando su indignación ante la injusticia de todo esto, sólo puede ser porque están mal informados.