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Las madres que mueren en Afganistán

Aproximadamente el 75% de los recién nacidos afganos que mueren lo hacen por falta de alimentos, calor y cuidados. Las niñas pequeñas no deseadas son las más perjudicadas. En Afganistán en general, cada 27 minutos muere una mujer por causas vinculadas al embarazo –y tal vez incluso con mayor frecuencia, porque muchas de estas muertes nunca se registran-. Muchas, quizá la mayoría, tienen menos de dieciséis años de edad.

Los talibán –a quienes hoy en día se culpa por casi todos los males de Afganistán- han dejado de estar en el poder oficialmente desde hace casi siete años. ¿Por qué las condiciones siguen siendo tan abismales?

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En Kabul y Herat, abundan los teléfonos celulares, se vende un brebaje que corroe los dientes llamada “Coca-Cola Afgana”, Internet funciona (a veces), hay cajeros automáticos, sofisticados laboratorios de heroína, vehículos de tracción en las cuatro ruedas, hoteles cinco estrellas, avisos de bancos privados –todas las trampas de la modernidad globalizada-. Sin embargo, son tantas las mujeres que mueren como moscas, en piletas llenas de sangre y en medio de una indiferencia de raíces profundas.

Mientras que miles de millones de dólares en ayuda generaron mejoras en las zonas urbanas, donde se construyeron instalaciones sanitarias y se capacitó a parteras, las cifras de muerte materna generales prácticamente no cambiaron. Como me dijo un médico: “Una partera o enfermera competente preferiría estar sin trabajo en Kabul que atrapada en un pueblo remoto”. Pero la mayoría de los afganos viven en pueblos remotos –a los que están en Badakhshan sólo se puede llegar después de un viaje de un día plagado de baches en burro.

Esta situación miserable ha sido atribuida a varias causas, principalmente la falta de infraestructura y las condiciones económicas locales. Pero también deben atenderse las cuestiones culturales, porque la discriminación de género es la causa más importante de mortalidad materna.

En la sociedad afgana, la discriminación comienza en el nacimiento. Una razón obvia es que un niño está destinado a sustentar a sus padres y gran parte de su familia toda la vida, y por lo tanto representa una inversión a largo plazo, mientras que una niña será entregada a la familia de su marido lo antes posible. Se considera que alimentar a una niña es como cuidar la propiedad de otro.

En una oportunidad, oí una historia atroz de un parto de nalga que una partera tradicional no sabía cómo manejar. Al final, sacó el cuerpo del bebé de un tirón, cercenándole la cabeza, que se quedó dentro del vientre de la madre. Pasaron seis días hasta que la mujer fue llevada a un hospital en Jalalabad, aunque no era muy lejos de donde vivía. De alguna manera sobrevivió, con importantes complicaciones de salud, como una fístula permanente, que la condenaron a una vida de exclusión de su familia y a una miseria que nunca superó.

La tragedia puede ser leída en muchos niveles, cada uno más desgarrador que el otro. Pero tengan en cuenta que esto ocurrió cerca de una instalación sanitaria. Apenas la partera vio que el bebé estaba saliendo con los pies hacia delante, debe de haber sabido que era poco lo que podía hacer para salvar a la madre o al bebé. Incluso antes que eso, habría percibido que el niño no se había dado vuelta correctamente, y que podrían surgir problemas importantes.

Esto significa que alguien –un marido o una suegra- habían tomado la decisión de no enviar a la joven mujer al hospital y, en cambio, someterla a un sufrimiento inhumano durante casi una semana.

La solución no es simplemente construir más hospitales, sino también modificar el desdén arraigado hacia las mujeres. Y, tristemente, las cosas han empeorado en los últimos 30 años, ya que la rama particular del Islam que impera en Afganistán, combinada con su legado de pobreza calamitosa y guerra, conforman una tradición pre-islámica ya misógina.

La mortalidad maternal es una consecuencia siniestra de esta situación compleja. El sistema legal, las escuelas y los medios podrían generar un cambio, pero ninguna entidad oficial se toma el problema lo suficientemente en serio como para iniciar una acción efectiva. La razón central es desesperadamente simple: las vidas de las mujeres no se valoran y hasta las propias mujeres perciben su sufrimiento como inevitable.

Lo que Afganistán necesita es una investigación judicial después de cada muerte y leyes que conviertan en un delito penal la prohibición de acceso a ayuda médica, cuando ésta existe, a mujeres y niños (o, más correctamente, a niñas y sus hijos, dado que las jovencitas muchas veces están casadas a los 14 años). Las cárceles, me temo, estarían llenas de maridos abusadores y, lamento decirlo, de suegras vengativas. La educación sanitaria a través de los medios públicos, que llegue a zonas distantes del país, es una prioridad urgente, que sin embargo ha sido absolutamente ignorada en favor de prioridades comerciales.

Cuestionar la cultura es, por supuesto, una estrategia políticamente incorrecta. Pero debemos rehusarnos a inclinarnos ante el altar de la tolerancia cuando se trata de algo que es verdaderamente inaceptable, no importa donde ocurra, y esto es lo que el mundo está presenciando pasivamente en Afganistán.

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¿La diversidad autoriza estas muertes brutales y esta violencia sin sentido contra las mujeres simplemente porque alguna práctica supuestamente tradicional les permite casarse antes de que sus cuerpos estén preparados y les niega atención sanitaria cuando dan a luz?

La lucha contra la mortalidad materna en Afganistán debe convertirse en una prioridad global. En definitiva, una sociedad que permite brutalizar a las mujeres seguirá siendo un caldo de cultivo para la violencia generalizada.