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El ambiente favorable a las drogas en  el Afganistán

El Presidente del Afganistán Hamid Karzai ha intensificado en las últimas semanas la campaña internacional para la recaudación de fondos e intenta conseguir de los Estados Unidos un nuevo plan de ayuda militar y para la reconstrucción, junto con mayores garantías estratégicas, pero la relación de Karzai con sus patrocinadores ha empezado a agriarse, en parte por las acusaciones de que su gobierno no ha logrado detener el resurgimiento del enorme comercio de opio en el Afganistán.

Subyace a la cuestión del comercio de opio una amenaza a la seguridad de otro tipo, pasada por alto desde que la invasión encabezada por los Estados Unidos derrocó el régimen talibán en 2001, pese al grave riesgo que representa para la estabilidad a largo plazo del Afganistán y de la región.

En países como el Afganistán, donde el 80 por ciento de la población vive de lo que cultiva y muchas comunidades se encuentran lejos de una fuente hídrica, los daños medioambientales pueden ser a un tiempo económicamente devastadores y políticamente trascendentales. Los estrategas americanos, más que nadie, deberían haber entendido y asimilado esa enseñanza, mucho antes de la caída de los talibanes.

Al fin y al cabo, la desertización y la desforestación contribuyeron a exacerbar el surgimiento, hace dos decenios, de la guerrilla maoísta del grupo Sendero Luminoso en el Perú. Sendero, que complementaba sus ingresos con la producción de drogas y el contrabando de madera, eligió deliberadamente como bastión de su insurgencia los pueblos de montaña desforestados y debilitados por la seguía. Asimismo, la insurgencia maoísta en el Nepal, que ha causado 10.000 víctimas mortales, explota la desesperación de la población de las zonas montañosas afectadas por inundaciones repentinas... consecuencia de la desforestación en zonas más altas.