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Afganistán y el futuro de la OTAN

Las cosas no están yendo bien en Afganistán. En algún momento al término de 2001/2002, la administración Bush llegó a la conclusión de que la estabilización y reconstrucción de Afganistán ya no era su principal prioridad y decidió apostar, en cambio, a un cambio de régimen liderado por el ejército en Irak. En consecuencia, Afganistán puede ser visto, con justa razón, como la primera víctima de la estrategia equivocada de la administración.

Pero la administración Bush no es la única culpable del deterioro de la situación en Afganistán. La tarea de la OTAN era asegurar la estabilidad y seguridad del país, y por lo tanto el débil secretario general y los aliados europeos de la OTAN, especialmente Alemania y Francia, comparten la responsabilidad por el agravamiento de la situación.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, la situación en Afganistán, a diferencia de lo que sucede en Irak, no es irremediable. En primer lugar, había una buena razón para entrar en guerra en Afganistán, porque los atentados del 11 de septiembre de 2001 se originaron allí. Una vez iniciada, la intervención de Occidente puso fin a una guerra civil casi ininterrumpida y aún hoy una mayoría de la población la sigue viendo con aprobación. Finalmente, a diferencia de Irak, la intervención no fracturó la estructura interna del estado afgano ni puso en peligro su cohesión.

Si Occidente persigue metas realistas, y lo hace con perseverancia, su principal objetivo –un gobierno central estable que pueda resistir a los talibanes, mantener unido al país y, con la ayuda de la comunidad internacional, asegurar el desarrollo del país– sigue siendo alcanzable.