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Energía verde costeable

COPENHAGUE – El escepticismo público frente al calentamiento global puede estar aumentando, pero el consenso científico es tan sólido como siempre: el cambio climático generado por el hombre es real y lo ignoramos a costa nuestra. Pero si se aclara esa cuestión (como debería suceder), existe un interrogante igualmente grande e importante que sigue abierto: ¿qué deberíamos hacer al respecto?

Una receta que circula cada vez con más frecuencia parece verdaderamente sensata: el mundo debería reducir drásticamente la cantidad de gases de tipo invernadero que envía a la atmósfera a diario. Específicamente, nos dicen, el objetivo debería ser una reducción del 50% en las emisiones globales de dióxido de carbono para mediados de siglo.

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Hasta quienes respaldan esta receta admiten que lograr ese objetivo no será fácil –y tienen razón-. De hecho, tienen tanta razón que se equivocan. Permítanme explicar.

Nuestra dependencia de los combustibles que emiten carbono es enorme, abrumadora. A pesar de todo lo que se habla sobre las fuentes de energía solar, eólica y otras energías verdes muy promocionadas, sólo representan el 0,6% del consumo de energía global. La energía renovable proviene predominantemente de la quema muchas veces insostenible de madera y biomasa en el Tercer Mundo. Los combustibles fósiles representan más del 80% del consumo de energía del mundo. De modo que, para recortar las emisiones de carbono globales a la mitad para mediados de siglo, obviamente tendríamos que empezar por obtener un mayor porcentaje de la energía que consumimos de fuentes que no emitan carbono.

¿Podemos hacerlo? Según la Agencia Internacional de Energía, he aquí lo que haría falta para alcanzar el objetivo de reducir las emisiones en un 50% entre hoy y mitad de siglo:

·       30 plantas nucleares nuevas;

·       17,000 molinos de viento;

·       400 centrales eléctricas de biomasa;

·       Dos instalaciones hidroeléctricas del tamaño de la gigantesca Represa Tres Gargantas de China, y

·       42 centrales eléctricas de carbón y gas con tecnología de absorción de carbono todavía por desarrollar.

Ahora consideremos lo siguiente: esta lista no describe lo que tendríamos que construir entre hoy y 2050, sino lo que tendríamos que construir cada año hasta entonces.

Algo más: aunque pudiéramos hacer todo esto (lo cual, obviamente, es imposible), el impacto en las temperaturas globales apenas se percibiría para 2050. De acuerdo con el modelo más conocido de clima-economía, este vasto emprendimiento probablemente acabaría por reducir las temperaturas globales apenas un décimo de un grado centígrado (un quinto de un grado Fahrenheit), al tiempo que frenaría los aumentos del nivel del mar en apenas un centímetro (menos de media pulgada).

No es demasiado rédito para tanto esfuerzo. Por cierto, los costos proyectados de este esquema –unos 5 billones de dólares anuales para mediados de siglo- son tanto más voluminosos que sus probables beneficios que ni siquiera tiene sentido considerarlo una solución.

Afortunadamente, existe una manera mejor y más inteligente de lidiar con el calentamiento global. ¿Qué pasa si, en lugar de gastar billones de dólares intentando construir una cantidad imposible de centrales eléctricas –o, más probablemente, condenando a miles de millones de personas en todo el mundo a una pobreza persistente al intentar producir combustibles que emiten carbono y son demasiado costosos- nos dedicamos a que la energía verde sea más barata?

En este momento, los paneles solares son tan caros –aproximadamente 10 veces más que los combustibles fósiles en términos de costo por unidad de producción de energía- que sólo los occidentales adinerados, bienintencionados (y, por lo general, bien subsidiados) pueden darse el lujo de instalarlos. Pero pensemos dónde estaríamos si pudiéramos mejorar la eficiencia de las células solares por un factor de diez –en otras palabras, si pudiéramos lograr que fueran más baratas que los combustibles fósiles-. No tendríamos que obligar (o subsidiar) a nadie para dejar de quemar carbón y petróleo. Todos, incluso los chinos y los indios, se inclinarían por las alternativas más económicas y más limpias –y automáticamente se cumplirían los objetivos de emisiones globales.

¿Podemos alcanzar este milagro tecnológico en los próximos 20 a 40 años? En una palabra, sí. El precio de la energía solar ha venido cayendo sostenidamente durante 30 años –alrededor del 50% cada década- y es muy probable que pudiéramos acelerar esa caída aún más con inversiones lo suficientemente grandes en investigación y desarrollo.

¿Cuán grandes? Si quisiéramos dedicar apenas el 0,2% del PBI global (aproximadamente 100.000 millones de dólares al año) a investigación y desarrollo de energía verde, creo que podríamos generar un cambio radical que altere las reglas de juego no sólo en el caso de la energía solar, sino también de una amplia variedad de otras tecnologías de energía alternativa.

Esta fe en el potencial del progreso tecnológico sorprende a algunos activistas climáticos que la consideran ingenua y hasta ilusoria. ¿Pero lo es en realidad? Consideremos uno de los milagros de la era moderna –la computadora personal-. Estos dispositivos no se volvieron productos hogareños porque los gobiernos subsidiaron las compras o forzaron el precio hacia arriba de las máquinas de escribir y las reglas de cálculo. 

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No, lo que sucedió es que, principalmente como resultado de la carrera especial, el gobierno de Estados Unidos invirtió mucho dinero en investigación y desarrollo en el terreno de la ingeniería electrónica y la física de estado sólido. Los avances que resultaron de ello no sólo llevaron a Neil Armstrong a la luna en 1969, sino que también hicieron posible que Apple introdujera la primera Mac en 1976 y que IBM lanzara la primera PC cinco años después.

Podemos hacer lo mismo con la energía limpia. Olvidémonos de subsidiar tecnologías ineficientes o de generar combustibles fósiles cuyo uso es demasiado costoso. Financiemos, en cambio, la investigación básica que hará que la energía verde sea demasiado barata y fácil como para resistirse a usarla.