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Aconsejar y transigir

WASHINGTON, DC – Arrojar bombas como una solución para los lugares del mundo en problemas tal vez se esté tornando una práctica anticuada (con la notable excepción de Libia), pero apuntar con el dedo decididamente está otra vez de moda. Casi no pasa un día sin que un diario importante en Occidente ofrezca un consejo sabio y específico, pero muchas veces no tan amigable, a las distantes democracias en problemas sobre lo que “deben” hacer para ganarse la aprobación de la “comunidad internacional”.

Por supuesto, esos consejos, como muchos de los propios periódicos hoy en día, son sin costo. Pero también son consejos sin responsabilidad y, como alguna vez dijo Stanley Baldwin, el poder sin responsabilidad es la prerrogativa de la prostituta.

Existe una brecha considerable entre los ofrecimientos de consejo que uno no puede rechazar y la responsabilidad para lidiar con las consecuencias cuando ese consejo resulta equivocado o extremadamente difícil de implementar. Quienes dan consejo en el mundo podrían intentar tener esto en mente cuando se ofrecen a ayudar a líderes de países distantes que enfrentan problemas en los que el consejero tiene poca o ninguna experiencia de primera mano.

Cada tanto, una profesión (muy frecuentemente, la economía) determina que ha alcanzado un consenso sobre cómo resolver un problema. El llamado “Consenso de Washington” que prevalecía antes de la reciente crisis financiera era un buen ejemplo.