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La otra crisis financiera

NEWPORT BEACH – Dos variantes de la crisis financiera siguen haciendo estragos en las economías occidentales, contribuyendo al aumento del desempleo y de la pobreza: el que encontramos a menudo en los periódicos, relacionado con los gobiernos de todo el mundo, y otro menos visible en el nivel de las empresas pequeñas o medianas y de los hogares. Mientras no se aborden los dos adecuadamente, Occidente seguirá agobiado por un crecimiento lento, un elevado desempleo persistente y una excesiva desigualdad de ingresos y de riqueza.

La crisis de la deuda soberana es bien conocida. Para evitar una probable depresión, los gobiernos de todo el mundo recurrieron al estímulo fiscal y monetario en medio de la crisis financiera mundial. Consiguieron contrarrestar los graves trastornos económicos causados por el desapalancamiento del sector privado, pero a costa de alterar en gran medida sus equilibrios fiscales y los balances de sus bancos centrales.

Si bien la calidad del crédito soberano se ha deteriorado prácticamente en todas partes y lo más probable es que siga haciéndolo, las consecuencias para los diferentes países varían. Algunos países occidentales –como, por ejemplo, Grecia– tenían cuentas estatales frágiles desde el principio y se escoraron rápidamente hacia la crisis y en ella permanecen, sin lograr aún aportar a sus ciudadanos una luz al final de un túnel que ya ha sido muy largo.

Otros países habían sido fiscalmente responsables, pero se vieron abrumados por los compromisos contraídos con otros (por ejemplo, los irresponsables bancos de Irlanda hundieron su presupuesto). Otros más, incluidos los Estados Unidos, no afrontaron una amenaza inmediata, pero no lograron avances en relación con las cuestiones a largo plazo. Unos pocos, como Alemania, habían forjado una profunda capacidad de resistencia mediante años de disciplina fiscal y reformas estructurales.