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El rugido del clic del ratón

CAMBRIDGE – Hasta hace poco, la seguridad informática interesaba principalmente a los frikis informáticos y a los tipos aficionados a la intriga y el misterio. Los creadores de Internet, parte de una pequeña y cerrada comunidad, se sentían muy cómodos con un sistema abierto en el que la seguridad no fuera una preocupación primordial. Pero con los cerca de tres billones de personas que hacen uso de la web hoy en día, esa misma apertura se ha convertido en una grave vulnerabilidad y, de hecho, está poniendo en peligro las grandes oportunidades económicas que Internet ha abierto al mundo.

Un ciberataque puede adoptar una variedad de formas, desde las simples pruebas de sondeo a la desfiguración de sitios web, ataques de denegación de servicio, espionaje y destrucción de datos. Y el término "guerra informática" o “ciberguerra”, si bien se define mejor como cualquier acción hostil en el ciberespacio que amplifique o equivalga a una importante violencia física, sigue siendo igualmente altisonante, reflejando definiciones de "guerra" que van desde los conflictos armados a cualquier esfuerzo concertado para resolver un problema (por ejemplo, la "guerra contra la pobreza").

La ciberguerra y el espionaje cibernético se asocian principalmente con los estados, mientras que el crimen y el terrorismo cibernéticos se asocian sobre todo con actores no estatales. Actualmente los costes más altos se derivan del espionaje y el crimen, pero en la próxima década la guerra cibernética y el ciberterrorismo pueden llegar a ser una amenaza mayor de lo que son hoy. Más aún, a medida que vayan evolucionando las alianzas y las tácticas, es posible que las categorías se superpongan. Los terroristas pueden comprar “malware” (o programas para uso malintencionado) a delincuentes, mientras que los gobiernos podrían considerarlo útil para ocultarse de ambos.

Algunas personas argumentan que la disuasión no funciona en el ciberespacio, debido a las dificultades para atribuir su origen. Pero se trata de un argumento débil: la atribución inadecuada también afecta la disuasión entre los Estados y, sin embargo, aun así funciona. Incluso cuando el origen de un ataque se pueda disfrazar bajo una "bandera falsa", los gobiernos pueden verse lo suficientemente enredados en relaciones de interdependencia simétrica como para que un gran ataque sea contraproducente. China, por ejemplo, perdería mucho con un ataque que dañara gravemente la economía estadounidense, y viceversa.