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El desarrollo social de Occidente está detenido

BERLÍN – Tras tres décadas de creciente desigualdad económica, las poblaciones de los países avanzados están enojadas, y expresan sus quejas en las urnas o en las calles. Pero una respuesta creíble a la desigualdad exige encarar una faceta de esta tendencia de la que no se habla tanto: la pérdida de movilidad social intergeneracional.

Hoy los padres no pueden dar por sentado un futuro mejor para sus hijos. Por el contrario, un informe de la OCDE publicado en 2018 concluye que en la media de los países desarrollados, a los niños del decil inferior de ingresos les llevaría entre cuatro y cinco generaciones llegar al nivel de ingresos promedio. Y la lentitud de la movilidad ascendente es mayor cuanto más desigual es el país.

La desigualdad y la falta de movilidad social tienen un claro vínculo con la geografía: a las áreas urbanas en general les va mucho mejor que a las rurales. La Brookings Institution informa que en Estados Unidos las ciudades con más de un millón de residentes generaron el 72% del crecimiento total del empleo desde la crisis financiera de 2008, contra sólo el 6% para las ciudades con poblaciones de entre 50 000 y 250 000 habitantes. Desde 1970, los salarios del 2% superior en las áreas metropolitanas estadounidenses aumentaron casi un 70%, contra 45% en el resto del país.

Asimismo, en la región francesa de la Île-de-France, que incluye a París, el PIB per cápita pasó de ser el 148% del promedio nacional en 1975 al 165% en 2010, mientras que en la menos desarrollada Lorena, esa cifra cayó del 95% al 76% en el mismo período. La misma divergencia puede verse en Alemania, aunque en este caso hay una ciudad importante, Berlín, que está rezagada respecto del resto. En 2016, el PIB per cápita del estado alemán más pobre, Mecklenburg-Vorpommern, fue apenas 29 133 dólares, un 60% menos que los 69 719 dólares de Hamburgo. La media nacional fue 43 110 dólares.

Un estudio de la UK2070 Commission muestra que entre 1971 y 2013, el crecimiento acumulado de la producción en el norte de Inglaterra cayó 17 puntos porcentuales, mientras que en Londres aumentó 12. Esto tiene importantes derivaciones respecto de la movilidad social: un niño que es lo suficientemente pobre para acceder al almuerzo escolar gratuito en Hackney (uno de los barrios más pobres de Londres) todavía tiene una probabilidad tres veces mayor de ir a la universidad que un niño igualmente pobre en la ciudad norteña de Hartlepool.

Estas tendencias se pueden rastrear hasta los años ochenta, cuando el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher comenzaron a implementar reformas estructurales que buscaban mejorar la competitividad de las economías mediante un rebalanceo hacia los sectores no industriales y la limitación del poder de los sindicatos. Aunque hasta cierto punto esas reformas se justificaban (piénsese en la “estanflación” de los setenta), se hizo muy poco para mitigar sus consecuencias sociales.

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Esta omisión gubernamental, agravada por los efectos del avance tecnológico, llevó a lo que el economista Dennis J. Snower llamó “desacople” entre las trayectorias económica y social: mientras el PIB crecía, el salario real y las perspectivas de progreso para grandes franjas de la población se estancaron o deterioraron. Por ejemplo, el Instituto de Política Económica estadounidense informa que de 1979 a 2018, la productividad neta en Estados Unidos creció un 70%, pero el salario real por hora sólo aumentó un 12%. Hoy, el 14% de los estadounidenses (de los que más de la mitad es gente de color) son “trabajadores pobres” (empleados a tiempo completo cuyos ingresos están por debajo del 200% de la línea de pobreza).

Con empleos mal remunerados y pocas esperanzas de avanzar, cada vez más personas están varadas en una especie de limbo, donde no ganan lo suficiente para cubrir sus gastos, pero ganan demasiado para poder acceder a ayudas estatales. Con el tiempo, quedan aisladas económica, social y culturalmente, cada vez más resentidas contra las élites prósperas y vulnerables al atractivo de populistas neonacionalistas y aspirantes a autócratas.

Esta dinámica es más marcada en Estados Unidos, donde contribuyó a la elección del presidente Donald Trump, y en el Reino Unido, donde generó apoyo al Brexit. Pero como gran parte de Occidente siguió el ejemplo de Thatcher y Reagan, hoy afecta a todas las economías desarrolladas, cuyas sociedades divide y cuyo desarrollo obstaculiza.

No debería sorprendernos. En 1995, el sociólogo Ralf Dahrendorf habló de las “decisiones perversas” que impuso la globalización; observó que para obtener y conservar competitividad en los mercados internacionales, los países tenían que usar los recursos en formas que ponían en riesgo la cohesión social y la libertad política.

Estas decisiones llevaron, por ejemplo, a una nueva forma de desigualdad que Dahrendorf denomina desigualación: “abrir senderos hacia la cima para algunos al tiempo que se cavan pozos para otros, crear separaciones, dividir”. En forma premonitoria, predijo que la aparición de una “subclase” excluida y con inseguridad económica y social daría lugar a tentaciones autoritarias.

Dahrendorf escribió que la “tarea más importante” para las economías avanzadas durante la década siguiente sería acercarse lo más posible a “cuadrar el círculo de la creación de riqueza, la cohesión social y la libertad política”. Pero más de dos décadas después, la mayoría de esos países ni siquiera lo intentaron. En vez de eso, siguiendo la lógica del neoliberalismo, se concentraron en el crecimiento económico.

Es hora de oír el llamado de Dahrendorf. Esto no implica implementar políticas proteccionistas, que no sólo menoscabarían el crecimiento económico, sino que además podrían reforzar las tentaciones autoritarias, en vista del vínculo entre esa clase de medidas y la política identitaria. Lo que se necesita, más bien, es un programa integral que incluya medidas comprobadas para el aumento de la seguridad económica y de la participación social y política.

Para empezar, se necesita una reforma de los sistemas tributarios con la mirada puesta en reducir las disparidades de riqueza y alentar el emprendimiento y la creación de empleo. Al mismo tiempo, siguiendo el ejemplo de California (cuyo éxito económico tuvo mucho que ver con la inversión en universidades públicas después de la Segunda Guerra Mundial) es necesario fomentar la movilidad social por medio de la inversión en educación y capacitación.

También se necesitan mecanismos de protección social para los más vulnerables a la globalización, junto con políticas que compensen las disparidades regionales, incluida una política migratoria controlada (en los niveles intra e internacional). En los años treinta, el New Deal del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión, incluyó medidas de esa naturaleza, lo mismo que otros programas similares en Europa.

Finalmente, para contrarrestar la exclusión social y la fragmentación, hay que fortalecer la sociedad civil y alentar un debate público sostenido, creíble y respetuoso. Reparar las divisiones sociales y culturales puede llevar décadas, pero es posible. La pregunta es si las dirigencias tomarán las medidas necesarias.

Traducción: Esteban Flamini

https://prosyn.org/5TwrVTwes;
  1. op_dervis1_Mikhail SvetlovGetty Images_PutinXiJinpingshakehands Mikhail Svetlov/Getty Images

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