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El padrino ruso

VARSOVIA – El Presidente de Rusia, Vladimir Putin, está actuando como un jefe de la mafia. Al invadir, ocupar y al final anexionarse a Crimea, apuntó sus cañones hacia Ucrania y dijo: «La soberanía territorial o la vida». Hasta ahora, la extorsión ha dado resultado y Putin lo sabe.

De hecho, en su discurso en el que anunció la anexión de Crimea Putin habló claro: su régimen no teme a los castigos y hará lo que le plazca. Crimea es tan sólo el primer paso hacia la realización de su sueño de resucitar la grandeza de Rusia.

Su discurso en el Kremlin fue una serie de mentiras y manipulación, si bien un análisis sutil sería una pérdida de tiempo. El caso es, sencillamente, que el presidente de uno de los países más poderosos del mundo se ha internado por una vía de confrontación con toda la comunidad internacional. Su discurso apestaba al mundo enfebrecido y paranoide de Los demoniosde Fiodor Dostoyevski, al crear un ilusorio universo substitutivo: un lugar que no existe ni ha existido jamás.

¿Qué tiene en común Kosovo, donde los albaneses sufrieron persecución y limpieza étnica, con la situación en Crimea, cuyo pueblo nunca ha sido oprimido por los ucranianos? ¿Qué sentido tiene exhibir un desprecio a las claras al Gobierno, al Parlamento y al pueblo de Ucrania? ¿Por qué había de calificar de “fascistas y antisemitas” a las autoridades ucranianas? Los tártaros crimeanos no prestan atención a las patrañas sobre que unos fascistas gobiernen Ucrania; aún recuerdan las brutales y asesinas deportaciones en masa de sus padres y abuelos, ordenadas por Stalin y llevadas a cabo por el NKVD.