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START empieza mal

LOS ANGELES – Un extraño sentimiento de déjà vu se apodera de Washington estos días a medida que el debate en el Senado de los Estados Unidos sobre la ratificación del nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (nuevo START) con Rusia se intensifica. Se han originado discusiones entre la administración Obama, los futuros contendientes presidenciales, senadores y expertos en control de armas y en defensa. Puede que no haya nostalgia por la Guerra Fría en todo esto, pero gran parte del pensamiento de esa era se puede percibir de nuevo en los argumentos que se están planteando.

El Senado tiene que determinar si el nuevo START mejora la seguridad estadounidense. Por desgracia, cualquiera que sea la decisión, -que se ha retrasado tal vez hasta finales del otoño para dar más tiempo a la administración Obama para reunir más apoyo para el tratado- los gobiernos estadounidense y ruso seguirán colocándose mutuamente en la mira nuclear en el futuro cercano.

El nuevo START se basa en el legado de la limitación de armas nucleares estratégicas que se remonta a los años setenta. El ex secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger capturó el encanto en un testimonio reciente: “El tema sobre el control de armas nucleares surgió de los esfuerzos al parecer paradójicos de aquellos que habían creado los arsenales más grandes y más destructivos a fin de evitar mediante la negociación las consecuencias finales de sus propias decisiones”.

Con los años la idea de “evitar …las consecuencias finales” mediante limitaciones chocó contra el amargo legado de los ataques sorpresa sufridos tanto por los Estados Unidos como por Rusia en la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, cada quien adoptó la política “nunca nos sorprenderán de nuevo” y continuaron e invirtieron billones de dólares en una multitud de armas nucleares reforzadas, móviles y ocultas para disuadirse mutuamente. El resultado fue la producción de decenas de miles de ojivas nucleares. Con el tiempo, los tratados de control de armas estratégicas se convirtieron en un indicador de la relación política.