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Un tiempo de pruebas

LONDRES – Son tiempos difíciles para los que toman decisiones. Vivimos en una época de baja previsibilidad. El mundo parece en flujo constante. Los desafíos son inmensos. Y, por sobre todo, existe en muchos casos un choque entre la política de corto plazo correcta y las políticas de largo plazo correctas.

En el terreno de la economía, el debate sobre el clima y la seguridad, las presiones inmediatas en general van en un mismo sentido: aumentar el rol del gobierno en la economía, posponer el debate sobre el clima para tiempos financieros más amigables y abandonar un compromiso militar sustancial con la lucha contra el terrorismo global. Sin embargo, en cada caso, las políticas correctas a largo plazo casi con certeza apuntan en sentido contrario.

¿Cuál es la manera de achicar esta brecha entre el corto y el largo plazo? Decidir cómo hacerlo es decidir fundamentalmente en qué creemos y qué queremos para nuestro futuro. Al decidir esto, sólo la cabeza puede guiarnos en cómo hacerlo, pero el corazón debe decirnos qué es lo que realmente creemos que hay que hacer.

En la economía, la percepción casi universal después del colapso del sistema bancario era que el mercado había fracasado y que el estado tenía que intervenir. Se desempolvaron y se volvieron a leer ávidamente viejas copias de El Gran Crash de 1929 de John Kenneth Galbraith y tratados keynesianos. Y es verdad: el mercado efectivamente fracasó y el estado tuvo que intervenir. Los estímulos fiscales y monetarios fueron importantes en sí mismos, pero mucho más porque indicaron que iba a utilizarse la fuerza del gobierno para impedir el contagio y un colapso aún mayor.