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Una oportunidad de oro desperdiciada

PALO ALTO – Un grupo multinacional de científicos europeos ha utilizado técnicas de empalme genético para crear un tomate extraordinario. Su piel y pulpa son de un color púrpura oscuro y contiene niveles de antioxidantes superiores en 200% a los de los tomates no modificados. Cuando se incluyó en la dieta de ratones muy susceptibles al cáncer, el tomate aumentó significativamente la vida de los animales.

Estos estudios han recibido mucha atención, pero un logro igualmente trascendente de la modificación genética ha pasado inadvertido en gran medida durante casi una década. Esa innovación es el “arroz dorado”, una serie de nuevas variedades de arroz biofortificado, o enriquecido, con genes que expresan betacaroteno, el precursor de la vitamina A, que el cuerpo convierte, según sus necesidades, en su forma activa.

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La mayoría de los médicos de América del Norte o de Europa nunca ven un caso de deficiencia de vitamina A en toda su vida profesional. Pero la situación es muy distinta en los países pobres, donde la deficiencia de vitamina A es epidémica entre la población más desfavorecida, cuya dieta consiste principalmente de arroz (que no contiene betacaroteno ni vitamina A) o de otras fuentes de calorías ricas en carbohidratos y pobres en vitaminas.

En los países en desarrollo, entre 200 y 300 millones de niños en edad preescolar están en riesgo de sufrir una deficiencia de vitamina A que puede ser devastadora e incluso fatal. Aumenta la susceptibilidad a infecciones infantiles como el sarampión y a las enfermedades diarreicas y es la principal causa de ceguera infantil en los países en desarrollo. Cada año, alrededor de 500,000 niños se quedan ciegos como resultado de la deficiencia de vitamina A, y el 70% muere en los doce meses siguientes a la pérdida de la vista.

En teoría podríamos simplemente incluir cápsulas de suplemento de vitamina A en las dietas de los niños o añadirla a algunos alimentos básicos, como se añade yodo a la sal de mesa para prevenir el hipotiroidismo y el bocio. Desafortunadamente, no hay ni los recursos –cientos de millones de dólares al año—ni la infraestructura para la distribución.

La biotecnología ofrece una solución mejor, más barata y más factible: el arroz dorado, que incorpora betacaroteno al arroz genéticamente modificado. El concepto es sencillo. Si bien las plantas de arroz normalmente no sintetizan betacaroteno en el endospermo (las semillas), sí lo hacen en sus parte verdes. Mediante técnicas de empalme genético para introducir los dos genes que expresan estas enzimas, se restablecen las vías y los granos de arroz acumulan cantidades terapéuticas de betacaroteno.

El arroz dorado ofrece el potencial de contribuir a la salud y el bienestar del ser humano de forma tan enorme como el descubrimiento y la distribución de la vacuna contra la polio de Salk. Con un uso generalizado, podría salvar cientos de miles de vidas al año y mejorar la calidad de vida de millones de personas.

Pero hay algo que mancha esta brillante historia. La oposición intransigente de activistas que están contra la ciencia y la tecnología –Greenpeace, Amigos de la Tierra y algunos otros grupos– ha provocado que las autoridades de reglamentación, que ya de por sí rehuyen a los riesgos, adopten un enfoque exageradamente cauteloso que ha retrasado las aprobaciones.

El arroz dorado no tiene nada que exija interminables estudios caso por caso y vacilaciones burocráticas. Como afirmó la revista británica Nature en 1992, un amplio consenso científico sostiene que “las mismas leyes físicas y biológicas regulan la respuesta de los organismos modificados mediante métodos moleculares y celulares modernos y las de los producidos por métodos clásicos… [Por lo tanto] no existe una distinción conceptual entre la modificación genética de plantas y microorganismos por métodos clásicos o por técnicas moleculares que modifican el ADN y transfieren los genes”.

Dicho de otra forma, la reglamentación gubernamental de las investigaciones de campo sobre plantas debería concentrarse en las características que podrían relacionarse con el riesgo –probabilidad de invasión, condición de hierba mala, toxicidad, etc.—y no en la técnica de manipulación genética que se haya utilizado.

Nueve años después de su creación, a pesar de su enorme potencial benéfico para la humanidad –y de una probabilidad insignificante de daño a la salud humana o al medio ambiente—el arroz dorado sigue atrapado en la burocracia de la reglamentación y no parece que se vaya a librar pronto. (Sirva esto de advertencia para los tomates que previenen el cáncer.)

En contraste, las plantas creadas con técnicas menos precisas como la hibridación o la mutagénesis generalmente no son objeto de ningún escrutinio o de condiciones impuestas por el gobierno (o de oposición por los activistas). Esto sucede incluso en el caso de las numerosas obtenciones vegetales nuevas que han resultado de las “cruzas amplias”, hibridaciones que transfieren genes de una especie o género a otro –atravesando lo que se solía considerar como las barreras naturales de la reproducción.

Judith Rodin, presidenta de la Fundación Rockefeller, anunció en octubre pasado que su organización facilitaría financiamiento al Instituto Internacional de Investigación sobre el Arroz para ayudar al arroz dorado a superar los procesos de aprobación de las reglamentaciones nacionales de Bangladesh, la India, Indonesia y Filipinas. Esas son buenas noticias, pero lo que realmente se necesita es una reforma polivalente y agresiva de los procesos de reglamentación de manera que todas las creaciones genéticas tengan oportunidad de prosperar.

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En una editorial publicada en abril en la revista Science , Nina Fedoroff, una eminente genetista que trabaja con plantas y que es asesora científica de la Secretaria de Estado de los EU, Condoleezza Rice, escribió: “Una nueva revolución verde exige el compromiso global de crear una infraestructura agrícola moderna en todas partes, una inversión adecuada en capacitación e instalaciones de laboratorio modernas, y avances hacia enfoques de reglamentación simplificados que respondan a las crecientes evidencias de seguridad”.

El caso del arroz dorado pone de manifiesto que todavía no tenemos la sabiduría ni la voluntad para que eso suceda.