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¿Una primavera rusa?

PARÍS – Rusia no es Egipto. Y Moscú no está en la víspera de la revolución como lo estaba El Cairo hace menos de un año. De hecho, los poderosos de Rusia tienen activos a su disposición que el régimen del ex presidente egipcio Hosni Mubarak no tenía.

Como superpotencia energética que es, Rusia puede abrir sus arcas para apaciguar, al menos en parte, la humillación que les ha infligido a sus ciudadanos al fraguar los resultados de la reciente elección legislativa que se llevó a cabo en el país. Y no todos los rusos están en las calles. Deberíamos desconfiar del "efecto zoom" que le hizo creer a mucha gente que los manifestantes jóvenes de la Plaza Tahrir de El Cairo eran plenamente representativos de la sociedad egipcia. No lo eran. El Egipto rural, como la Rusia rural, es mucho más conservador que las elites jóvenes que se apropian de la imaginación del mundo con sus protestas y adopción de los medios sociales modernos.

Es más, Mubarak era viejo y estaba enfermo, y ya no contaba con la confianza de su pueblo. Vladimir Putin, en cambio, exuda energía y salud, y todavía puede tranquilizar a muchos segmentos de la sociedad rusa cuya principal preocupación es la gloria de su país más que la felicidad de sus ciudadanos.

Sin embargo, Putin tal vez esté exagerando tanto en su papel de macho que podría salirle mal y contribuir a su aislamiento de los votantes urbanos y más educados de Rusia. Pero, incluso si las decenas de miles de manifestantes improbablemente amenacen la supervivencia del régimen de Putin, el Kremlin haría bien en tomarlos en serio. La marca registrada de los manifestantes hasta ahora ha sido la moderación y la restricción; nada sería más peligroso que una represión violenta.