Las Navidades de una prisionera

PRISION DE LUKYANIVSKA, KYIV – Se ha dicho que no existen ateos en una trinchera. Aquí, después de la farsa de juicio contra mi persona y de cuatro meses y medio en una celda, he descubierto que tampoco existen ateos en prisión.

Cuando, a pesar de un dolor intolerable, nos interrogan -inclusive en la celda- durante decenas de horas sin respiro, y todo el sistema de coerción de un régimen autoritario, inclusive sus medios, intentan desacreditarnos y destruirnos de una vez y para siempre, la oración se vuelve la única conversación íntima, confiada y tranquilizadora que se puede tener. Dios, nos damos cuenta, es el único amigo y la única familia que nos queda, porque -privados hasta del acceso a un cura de confianza- no hay nadie más en quien confiar nuestras preocupaciones y esperanzas.

En esta temporada de amor y familia, la soledad de una celda de prisión es prácticamente insoportable. El silencio gris y mortal de la noche (los guardias espían cual mirones por una hendija de la puerta), los alaridos repentinos e incorpóreos de los prisioneros, alaridos de angustia y bronca, los repiqueteos y los sonidos distantes de los cerrojos de la prisión, todo hace que el sueño sea imposible, o tan agitado que pasa a ser un tormento.

To continue reading, please log in or enter your email address.

Registration is quick and easy and requires only your email address. If you already have an account with us, please log in. Or subscribe now for unlimited access.

required

Log in

http://prosyn.org/3rX3ZqW/es;