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Manual para pandemias

Varias veces al año el mundo se ve obligado a recordar que la amenaza de una pandemia es inminente. En 2003, fue el síndrome respiratorio agudo y grave (SARS). Hoy es un posible virus aviario similar al que mató a 30 millones de personas después de 1914.

La "gripe de las aves" ya ha demostrado que puede saltar de las aves de corral a los seres humanos, y ahora a los gatos incluso, lo que indica que podría ser la nueva enfermedad mundial y mortífera, pero hay muchas otras posibles pandemias y muchas de ellas ni siquiera son provocadas por virus. Bacterias, priones, parásitos e incluso factores medioambientales podrían cambiar de repente y volverse mortíferos para nosotros. Está generalizada la predicción de que, cuando así sea, las pérdidas económicas y humanas excederán las de todas las guerras anteriores.

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De hecho, resulta una lección de humildad recordar que algunas de las invasiones más mortíferas de la Historia fueron obra de organismos unicelulares, como el cólera, la peste bubónica y la tuberculosis. Los países que cuentan con recursos para ello están preparando planes de resistencia contra las pandemias: estrategias limitadas que protegerían a sus ciudadanos. La mayoría de los gobiernos esperan que la detección temprana posibilite la contención.

La contención depende en gran medida de las vacunas, pero éstas son sólo parte de la solución. Si bien son una buena defensa contra muchos virus, cada vacuna es muy específica para cada amenaza. Los virus son parásitos de las células y cada uno de ellos ataca a un tipo determinado de célula. El virus está formado de tal modo, que puede perforar un sector determinado de dicha célula e inyectar partes de sí mismo dentro de él, con lo que confunde a la célula para que cree más virus y con ello se destruya. Hay que diseñar las vacunas antivirales más eficaces, con sus formas muy específicas, para un conjunto de factores limitado.

A veces el carácter específico de los virus nos favorece. Por ejemplo, suele resultarles difícil saltar de una especie a otra, porque para ello tendrían que cambiar su estructura, pero, si grandes cantidades de un portador –aves, por ejemplo- entran en contacto con gran número de personas, tarde o temprano el virus encontrará una vía para prosperar en un nuevo tipo de célula.

Las aves son el mayor motivo de preocupación en la actualidad sólo porque la propagación resulta fácil de ver, pero el SIDA saltó de los monos y varios tipos de gripe saltaron de los cerdos. Es necesario identificar urgentemente las mutaciones mortíferas de cualquier tipo para que se pueda crear una vacuna antes de que la cepa llegue a encontrarse cómoda en el cuerpo humano. Lamentablemente, nuestros métodos actuales de detección no son lo bastante sensibles.

Resulta aún más preocupante cuando comprendemos que los científicos deberían estar vigilando también las bacterias, los priones y los parásitos. Hay un número mayor de bacterias que de todas las demás formas de seres vivos. Muchas viven en nuestro cuerpo sin hacerle daño y desempeñan funciones útiles en él. Evolucionan y se adaptan fácilmente, lo que significa que con el tiempo aprenden a esquivar nuestros medicamentos. Se deben vigilar las bacterias por si se producen dos tipos de mutación: adaptación por parte de una forma hostil que le permita adquirir una inmunidad muy resistente a nuestros medicamentos o una cepa mutante y mortífera que aparezca en una de la multitud de bacterias "inocuas" existentes.

Los priones son un descubrimiento relativamente reciente. Están hechos de proteínas semejantes a las que el cuerpo humano utiliza durante su funcionamiento sano, lo que significa que pueden engañar a los instrumentos del cuerpo para que fabriquen más priones. Hace muy poco que se los ha reconocido como la causa de enfermedades infecciosas graves, incluida la enfermedad de las vacas locas y la de Creutzfeldt-Jacob, que matan al atestar células sanas del cerebro. Muchas enfermedades respiratorias, de los nervios y de los músculos podrían estar también causadas por priones.

Por último, los parásitos, animales simples que nos afectan, ya están clasificados como pandemias. El paludismo afecta a 300 millones de personas y es la enfermedad más mortífera para los niños. Muchos parásitos son gusanos: el anquilostoma (800 millones de personas afectadas), la lombriz intestinal (1.500 millones), el esquistosoma (200 millones) y el gusano que causa la elefantiasis (150 millones).

También hay antagonistas que actualmente no se tienen en cuenta. Estaría justificado asignar categorías particulares a las substancias y partículas ambientales. O piénsese en las combinaciones de problemas, como, por ejemplo, esas substancias químicas causantes de infecciones mezcladas con pólenes transmitidos por el aire y que, al parecer, provocan ataques de astma. Las nuevas infecciones por hongos son aún más temibles incluso y podrían ser más difíciles de tratar.

Lo esencial es que no podemos predecir dónde surgirá la amenaza, por lo que necesitamos un sistema de detección inteligente y bien repartido. En términos prácticos, ¿cómo se debería organizar?

Los "detectores" deberían ser lo bastante expertos para saber cuándo un síntoma de aspecto corriente constituye en realidad una emergencia. Estarían situados por todas partes, con mayor concentración en las regiones vulnerables. Lo más probable es que las señales iniciales que avisen sobre una pandemia aparezcan en el mundo en desarrollo, pero los nodos de detección deben estar situados en todos los pa��ses y deben representar el menor gasto posible. No es tan difícil como parece. La clave consiste en aprovechar la infraestructura existente.

En todas partes existe una infraestructura médica de algún tipo. Además, suele ser la menos corrupta de las instituciones en las regiones en que la corrupción es un problema. Los centros y dispensarios médicos deberían investigar la causa de las enfermedades que padezca un gran número de pacientes, incluso en los casos en que los síntomas parezcan comunes. A un sistema público de salud que se ocupe de las necesidades corrientes habría que añadirle algunos conocimientos científicos y equipo de laboratorio suplementarios.

Aumentar los recursos existentes sería eficaz por dos razones. En primer lugar, es más probable que la enfermedad se dé a conocer en un hospital urbano que en un instituto especializado. En segundo lugar, la inversión potenciaría la salud pública latente de esa región.

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En el caso de las regiones pobres, la inversión en equipo y formación debería correr a cargo de las más ricas. Los países ricos podrían justificar el gasto en función del ahorro que resultaría de la detección temprana de una amenaza importante. Los climas tropicales y los barrios bajos urbanos son la línea del frente de la Humanidad contra las pandemias y deben estar equipados adecuadamente.

La salud pública es un activo importante para todas las naciones. Habiendo tanto en juego, tiene sentido colocar centinelas cerca de todos las ciénagas, ciudades, mercados públicos y corrales de la Tierra.