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Una zona de exclusión aérea para Siria

BRUSELAS – Hay un dicho, que se suele utilizar cuando se interpretan las relaciones internacionales, que dice que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. A veces resulta cierto; muchas veces, no.

Hace treinta años, se consideró erróneamente que los mujaidines afganos eran amigos de Occidente cuando combatían contra los invasores soviéticos de su país. Pero qué poco meditada parece hoy esa suposición, en vista de todo lo que ha sucedido desde entonces.

La crisis que se agrava en Siria, y el uso criminal de armas químicas allí, ha creado una dinámica y un dilema similares. Pero Occidente no necesita correr el riesgo de cometer el mismo error y aceptar las mismas falsas opciones.

Empecemos por los principios fundamentales. Un ataque con armas químicas en la escala que acabamos de ver en Siria debe ser considerado un elemento de cambio. Si bien la posesión de estas armas de destrucción masiva técnicamente no es ilegal, la mayoría de los estados forman parte de la Convención de Armas Químicas de 1993, que Siria se negó a firmar.