¿Una nueva dinastía Tang?

El 8 de agosto de 2008, el mundo contempló maravillado el asombroso espectáculo de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en Beijing. Vimos el despliegue electrónico de rollos chinos repletos de grandes símbolos históricos y quedamos cautivados por los bailarines que creaban “armonía” usando sus cuerpos como pinceles de tinta china. 2008 estudiantes de artes marciales interpretaron con precisión mecánica movimientos de una antigüedad milenaria, mientras los seres celestiales volanderos y el galopante portador de la antorcha creaban la sensación de una morada celestial en la Tierra.

Hubo otra época en que China deslumbró al mundo en su umbral: la dinastía Tang (618-907), con frecuencia considerada la edad de oro de China, cuando fue en verdad el “Reino de en medio” en el centro del Universo. Su capital, Chang An (la actual Xian) era una ciudad de talla mundial; llegaban a ella visitantes de todo el mundo y quedaban deslumbrados por su riqueza, belleza y poder. Sus emperadores usaban plata de Persia, cristal de Europa, piedras preciosas del Asia central y utensilios de oro de la India. China, abierta, segura de sí misma y cosmopolita, conectaba fácilmente con el mundo, adoptaba nuevas ideas y proyectaba sus creaciones propias. No es de extrañar que a veces los estudiosos chinos se refieran a la China actual como la nueva Dinastía Tang.

De hecho, cuando se adjudicaron los Juegos Olímpicos a China en 2001, la agencia oficial de noticias de este país, Xinhua, lo llamó un “hito en la categoría internacional en ascenso de China y un acontecimiento memorable en el gran renacimiento de la nación china”. Los funcionarios y artistas chinos han trabajado incansablemente durante siete años para hacer de ese sueño de un “renacimiento” una realidad resplandeciente y han superado todas las previsiones, pero, ¿cómo debemos entender las consecuencias más amplias de la ceremonia de inauguración tanto para China como para el mundo exterior?

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