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Sumar poder duro al poder blando de Brasil

BRASILIA – Que Brasil es y siempre será un país pacífico es, para cualquier ciudadano brasileño, una verdad obvia. Brasil ha vivido en paz con sus diez vecinos hace casi 150 años, habiendo fijado sus fronteras por medio de la negociación. La última vez que estuvo en guerra fue en 1942, tras una agresión directa por parte de submarinos nazis en el Atlántico Sur. Brasil renunció a las armas nucleares y firmó con Argentina y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) un amplio acuerdo de salvaguardias para el uso pacífico de la energía nuclear. Por intermedio del Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), Brasil contribuye con la integración política, económica, social y cultural de la región.

Sin embargo, para uno de los principales países emergentes del mundo, ¿es suficiente el poder blando?

La política exterior pacífica de Brasil sin duda sirve a sus intereses. El país ha empleado su estatura para promover la paz y la cooperación en Sudamérica y en el resto del mundo. Su actitud constructiva es el resultado de una visión del mundo donde son centrales los valores de la democracia, de la justicia social, del desarrollo económico y de la protección del medioambiente.

La capacidad singular de Brasil para promover estos ideales es una importante fuente de su poder  blando, que se ve reflejado en el amplio apoyo internacional que dio lugar a la presencia de brasileños en la dirección de instituciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial del Comercio (OMC).