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Adiós a las armas nucleares

MOSCÚ – En este mes, hace veinticinco años, me senté enfrente de Ronald Reagan, en Reykjavik (Islandia) para negociar un acuerdo que redujera –y al final podría haber eliminado en 2000– los pavorosos arsenales de armas nucleares que tenían los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Pese a nuestras diferencias, Reagan y yo compartíamos la firme convicción de que los países civilizados no debían hacer de esas bárbaras armas el eje central de su seguridad. Aunque no logramos hacer realidad nuestras mayores aspiraciones en Reykjavik, no por ello dejó de ser la cumbre, en palabras de mi ex homólogo, “un importante punto de inflexión en la búsqueda de un mundo más seguro”.

En los próximos años se verá si nuestro sueño compartido de liberar el mundo de las armas nucleares se hará realidad alguna vez.

Los críticos presentan el desarme nuclear como carente de realismo, en el mejor de los casos, y un peligroso sueño utópico, en el peor. Señalan la “larga paz” de la Guerra Fría como prueba de que la disuasión nuclear es el único medio de evitar una guerra en gran escala.