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Adiós a las armas nucleares

MOSCÚ – En este mes, hace veinticinco años, me senté enfrente de Ronald Reagan, en Reykjavik (Islandia) para negociar un acuerdo que redujera –y al final podría haber eliminado en 2000– los pavorosos arsenales de armas nucleares que tenían los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Pese a nuestras diferencias, Reagan y yo compartíamos la firme convicción de que los países civilizados no debían hacer de esas bárbaras armas el eje central de su seguridad. Aunque no logramos hacer realidad nuestras mayores aspiraciones en Reykjavik, no por ello dejó de ser la cumbre, en palabras de mi ex homólogo, “un importante punto de inflexión en la búsqueda de un mundo más seguro”.

En los próximos años se verá si nuestro sueño compartido de liberar el mundo de las armas nucleares se hará realidad alguna vez.

Los críticos presentan el desarme nuclear como carente de realismo, en el mejor de los casos, y un peligroso sueño utópico, en el peor. Señalan la “larga paz” de la Guerra Fría como prueba de que la disuasión nuclear es el único medio de evitar una guerra en gran escala.

Como estuve al mando de dichas armas, disiento rotundamente. La disuasión nuclear ha sido siempre una garantía difícil y frágil para la paz. Al no proponer un plan convincente de desarme nuclear, los Estados Unidos, Rusia y las demás potencias nucleares están promoviendo, mediante la inacción, un futuro en el que se utilizarán las armas nucleares inevitablemente. Hay que impedir esa catástrofe.

Como yo señalé hace cinco años, junto con George P. Shultz, William J. Perry, Henry A. Kissinger, Sam Nunn y otros, la disuasión nuclear resulta menos fiable y más arriesgada a medida que aumenta el número de Estados que cuentan con armas nucleares. Exceptuada la guerra preventiva (que ha resultado contraproducente) o las sanciones eficaces (que hasta ahora han resultado insuficientes), sólo unos avances sinceros hacia el desarme nuclear pueden proporcionar la seguridad mutua necesaria para fraguar avenencias sobre el control de las armas y los asuntos relativos a la no proliferación.

La confianza y el entendimiento creados en Reykjavik prepararon el terreno para dos tratados transcendentales. El Tratado sobre las fuerzas nucleares de alcance intermedio sirvió para destruir los temidos misiles de ataque rápido que entonces amenazaban la paz de Europa y, en 1991, el primer Tratado sobre la reducción de las armas estratégicas (START I) redujo los abultados arsenales nucleares estadounidenses y soviéticos en un 80 por ciento a lo largo de un decenio.

Pero las perspectivas para el avance en el control de las armas y la no proliferación están ensombreciéndose a falta de un impulso creíble en pro del desarme nuclear. Durante aquellos dos largos días en Reykjavik comprendí que las conversaciones sobre desarme pueden ser tan constructivas como arduas. Al vincular una diversidad de asuntos relacionados, Reagan y yo creamos la confianza y el entendimiento necesarios para moderar una carrera de armamentos nucleares de la que habíamos perdido el control.

Retrospectivamente, el fin de la Guerra Fría anunció la llegada de una disposición más desordenada del poder y las persuasión mundiales. Las potencias nucleares deben adherirse a las prescripciones del Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares, de 1968, y reanudar las negociaciones de “buena fe” en pro del desarme, con lo que aumentaría el capital diplomático y moral disponible para los diplomáticos, mientras se esfuercen por limitar la proliferación nuclear en un mundo en el que más países que nunca disponen de los medios para construir una bomba nuclear.

Sólo un programa serio de desarme nuclear universal puede brindar las garantías y el crédito necesarios para crear un consenso mundial sobre que la de la disuasión nuclear es una doctrina muerta. Ya no podemos –ni política ni financieramente– permitirnos el lujo que representa el carácter discriminatorio del sistema actual de los ”poseedores” y los “desposeídos” nucleares.

En Reykjavik se demostró que la audacia es recompensada. En 1986 las condiciones para un acuerdo de desarme no eran favorables precisamente. Antes de que yo pasara a ser el dirigente soviético en 1985, las relaciones entre las superpotencias de la Guerra Fría estaban en su peor momento. Aun así, Reagan y yo pudimos crear una reserva de espíritu constructivo mediante una constante actitud abierta y una relación personal.

Lo que parece faltar en la actualidad son dirigentes con la audacia y la lucidez para crear la confianza necesaria con miras a reintroducir el desarme nuclear como centro de un orden mundial pacífico. Las limitaciones económicas y el desastre de Chernóbil nos incitó a actuar. ¿Por qué la gran recesión y la desastrosa fusión en Fukushima Daiichi en el Japón no han inspirado una reacción similar en la actualidad?

Un primer paso sería el de que los EE.UU. ratificaran por fin el Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (TPCE) . El Presidente Barack Obama ha apoyado este tratado por considerarlo un instrumento decisivo para disuadir la proliferación y evitar la guerra nuclear declarada. Ya es hora de que Obama cumpla los compromisos que formuló en Praga en 2009, imite a Reagan como “gran comunicador” y persuada al Senado de los EE.UU. para que formalice la adhesión de su país al TPCE.

Así, los restantes disidentes –China, Egipto, la India, Indonesia, el Irán, Israel, Corea del Norte y el Pakistán– se verán obligados a considerar la posibilidad de hacer también ellos lo propio, con lo que nos acercaríamos más a una prohibición mundial de los ensayos nucleares en cualquier medio: en la atmósfera, bajo el mar, en el espacio ultraterrestre o bajo tierra.

Un segundo paso necesario es el de que los EE.UU. y Rusia complementen el nuevo acuerdo START y comiencen a hacer reducciones más profundas de las armas, en particular las tácticas y de reserva, que no sirven para nada, son un desperdicio de fondos, y amenazan la seguridad. Ese paso debe estar relacionado con los límites de la defensa antimisiles, una de las cuestiones principales que socavaron la cumbre de Reykjavik.

Un tratado de prohibición de la producción de material fisionable, paralizado desde hace mucho en las conversaciones multilaterales de Ginebra, y el éxito de una segunda cumbre sobre la seguridad nuclear, que se celebrará en Seúl el año que viene, contribuirán a eliminar los peligrosos materiales nucleares. Para ello será necesario también que se renueve y se amplíe la Alianza Mundial de 2002, dedicada a eliminar todas las armas de destrucción en gran escala –nucleares, químicas y biológicas– cuando se reúna el año que viene en los EE.UU.

Nuestro mundo sigue estando demasiado militarizado. En el ambiente económico actual, las armas nucleares han llegado a ser unos detestables pozos económicos sin fondo. Si, como parece probable, continúan las dificultades económicas, los EE.UU., Rusia y otras potencias nucleares deben aprovechar la ocasión para lanzar reducciones multilaterales de las armas mediante los cauces vigentes, como, por ejemplo, la Conferencia de Desarme de las Naciones Unidas, u otros nuevos. Esas deliberaciones brindarían una mayor seguridad por menos dinero.

Pero también se debe abordar la acumulación de fuerzas militares tradicionales, impulsada en gran medida por la enorme fuerza militar desplegada mundialmente por los EE.UU. Al esforzarnos por hacer avanzar nuestro acuerdo sobre las fuerzas armadas tradicionales en Europa, debemos examinar en serio la posibilidad de reducir la carga de los presupuestos y las fuerzas militares a escala mundial.

En cierta ocasión, el Presidente de los EE.UU. John F. Kennedy advirtió que “todos los hombres, las mujeres y los niños viven bajo una espada nuclear de Damocles, pendiente del hilo más delgado y que puede ser cortado en cualquier momento”. Durante más de 50 años, la Humanidad ha contemplado recelosa ese péndulo letal, mientras los estadistas debatían sobre cómo remendar su deshilachamiento El ejemplo de Reykjavik debe recordarnos que las medidas paliativas no son suficientes. Sólo se podrán vindicar nuestros esfuerzos de hace 25 años cuando la Bomba acabe, junto a las cadenas con las que los comerciantes de esclavos aherrojaban a éstos y el gas mostaza de la Gran Guerra, en el museo del salvajismo de otros tiempos.