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La guerra contra las drogas en piloto automático

LA HAYA – A muchos puede parecerles que el fin de la guerra en Afganistán, que está por cumplir diez años, no está cerca todavía, pero América Latina ha soportado una lucha más larga aun y recientemente se ha vuelto mucho más sangrienta: la "guerra" contra el tráfico de drogas. Tan trillada –y violenta—se ha vuelto esa guerra que muchos latinoamericanos se preguntan cuál de los bandos es el que tiene la peor adicción patológica.

La nueva estrategia que ha estado promoviendo la secretaria de Estado estadounidense para cortar el crecimiento de los asesinatos relacionados con el narcotráfico –que según filtraciones de algunos informes del gobierno mexicano han sido más de 22,000 desde finales de 2006—es crear “comunidades más fuertes y resistentes”. Ciudad Juárez, una extensa ciudad fronteriza mexicana que se ha convertido en la capital mundial de los asesinatos, tendría que ocupar un lugar prioritario en esa lista.

Cuatro puentes e innumerables túneles y canales de desagüe comunican a Ciudad Juárez con El Paso, Texas. Los cárteles enemigos que luchan por el control de la plaza, nombre que se utiliza para designar cualquier ruta de tráfico, se matan entre sí y atacan a las fuerzas de seguridad. Aparentemente, no faltan jóvenes desempleados dispuestos a unirse a la masacre.

No obstante, abordar los arraigados problemas sociales y económicos de una ciudad como Juárez es mucho más difícil que llenar sus calles con 8,000 soldados armados con rifles de asalto. En este aspecto, el presidente mexicano, Felipe Calderón, se ha mantenido fiel al guión que se ha escrito para escenarios previos de la guerra contra las drogas, ya sea en Bolivia, Colombia o Perú, donde los gobiernos han utilizado la fuerza militar y la extradición para aplacar a los Estados Unidos y castigar a quienes tienen menos voz e influencia.