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Un día de liberación

En 1960, cuando yo tenía siete años, mi abuela Angelica me abrió los ojos al significado del 8 de mayo de 1945, el día en que la Alemania nazi se rindió y la Segunda Guerra Mundial acabó en Europa. Estábamos pasando las vacaciones de verano en Normandía, donde la liberación de Europa del nazismo había comenzado el 6 de junio de 1944. Una tarde escuché a mis padres y mi abuela platicar sobre el pasado. He olvidado los detalles de su conversación, pero todavía me parece oír el suspiro de alivio de mi abuela cuando dijo "Gracias a Dios que perdimos esa guerra".

Desde el punto de vista de un niño no resultaba claro que perder fuera bueno. Pero, por supuesto, mi abuela tenía razón al equiparar la derrota con la liberación. Mientras más he pensado en la lección que me enseñó hace 45 años, he llegado a distinguir con más claridad otra dimensión menos obvia en lo que dijo: somos "nosotros" quienes perdimos la guerra. Colectivamente, los alemanes no habían sido víctimas inocentes de una pequeña pandilla de criminales externos llamados "nazis". El nazismo había sido una ideología interna apoyada por millones de alemanes, y cada alemán fue responsable de sus atrocidades, creyera o no en ella a título individual.

En la Alemania actual, una enorme mayoría apoya la tesis de que el 8 de mayo de 1945 fue un día de liberación, no sólo para Europa, sino para la misma Alemania. En comparación con la opinión pública en 1960 eso es sin duda un gran adelanto. Pero, paradójicamente, también puede contener un elemento de olvido, porque tiende a ocultar el hecho de que la liberación exigió una derrota militar. Usando los términos de mi abuela, los libertadores no fuimos "nosotros" sino "ellos".

La forma en que la gente ve el pasado nos dice más acerca de sus actitudes presentes que sobre el pasado mismo. Eso es lo que se quiere indicar con el término "política de la memoria". Y por eso es que no importa si los acontecimientos relevantes sucedieron hace 60 años (como la Segunda Guerra Mundial), 90 años (como en el caso del genocidio armenio) o incluso hace 600 años (como la batalla de Kosovo en 1389). Un conflicto violento del pasado puede sobrevivir como una guerra de recuerdos en el presente, como puede observarse en la disputa actual entre China y Corea del Sur, por un lado, y Japón por el otro. Una guerra de recuerdos a veces puede llevar, a su vez, a un conflicto violento en el futuro.