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Un momento checo

PRAGA – Cuando oí lo que algunos europeos decían en el momento en que mi país estaba preparándose para ocupar la presidencia de la Unión Europea, sentí un débil eco de la infame descripción por parte de Neville Chamberlain de Checoslovaquia como “un país lejano del que sabemos poco”. Supongo que el descaminado intento de Donald Rumsfeld, hace unos años, de incitar a una división entre “la nueva y la vieja” Europa contribuyó al resurgimiento de esa desdeñosa actitud.

La realidad es que no existe una “nueva y vieja” Europa y nunca existió. La ruptura con el comunismo y la reunificación de Europa tienen ya casi dos decenios. Nosotros, los checos, somos ciento por ciento europeos y lo éramos incluso cuando el Telón de Acero nos separó de la Europa democrática. De hecho, nuestros sentimientos a favor de la UE pueden muy bien ser más fuertes, porque nuestra adhesión a la Unión, como nuestra libertad, es, comparativamente, nueva.

Por eso, nadie en Europa debe temer que la República Checa tenga programa nostálgico o idiosincrásico alguno sobre Europa que quiera imponer a la Unión. Al contrario, los acontecimientos han impuesto un programa a Europa que no podemos eludir y para el que se necesitará la solidaridad: la unión verdadera.

El principal y más apremiante de los problemas que afrontamos es la crisis económica y financiera que está envolviendo a la UE. Lamentablemente, es probable que las condiciones en toda la Unión empeoren antes de que empiecen a mejorar. El tipo de disturbios sociales observados recientemente en Grecia puede extenderse, porque es probable que la depresión se cobre un precio desproporcionado con los jóvenes de Europa, que buscan empleos en un momento en que las apuradas empresas van a poder ofrecerles muy pocos.