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El 11 de septiembre y el nuevo autoritarismo

Cinco años después de los ataques a las torres gemelas en Nueva York y al Pentágono en Washington, el “11 de septiembre” ya no es sólo una fecha más. Ha entrado a la historia como el comienzo de algo nuevo, una nueva era tal vez, pero en cualquier caso un tiempo de cambios. También se recordarán los ataques terroristas en Madrid y Londres y otros lugares pero es el “11 de septiembre” el que se ha convertido en una frase hecha, casi como “agosto de 1914”.

¿Pero es realmente una guerra lo que empezó el 11 de septiembre de 2001? No a todos les satisface esta idea estadounidense. Durante el apogeo del terrorismo irlandés en el Reino Unido, sucesivas administraciones británicas hicieron todo lo posible para no concederle al ERI la idea de que se estaba desarrollando una guerra. Una “guerra” hubiera significado aceptar a los terroristas como enemigos legítimos, en cierto sentido como iguales en una lucha sangrienta donde se aceptan ciertas reglas.

Esta no es ni una descripción correcta ni una terminología útil en el caso de los ataques terroristas que se pueden describir mejor como criminales. Al llamarlos guerra –y señalar un oponente, normalmente al-Qaeda y su líder, Osama Bin Laden- el gobierno de Estados Unidos ha justificado cambios internos que, antes de los ataques del 11 de septiembre, hubieran sido inaceptables en cualquier país libre.

Muchos de estos cambios se plasmaron en la llamada “Ley Patriot”. Aunque algunos de los cambios sólo afectaron a regulaciones administrativas, el efecto general de la Ley Patriot fue erosionar los grandes pilares de la libertad como el habeas corpus, el derecho a recurrir a un tribunal independiente cuando el Estado priva a un individuo de su libertad. Desde el principio, la cárcel en la Bahía de Guantánamo en Cuba se convirtió en el símbolo de algo insólito: el encarcelamiento sin juicio de “combatientes ilegales” a quienes se priva de todos sus derechos humanos.