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james163_Drew AngererGetty Images_trumptweet Drew Angerer/Getty Images

Adolescentes perdedores

PRINCETON – Estamos al final de una década que no tiene nombre. Los 2010 realmente no dicen nada de sí mismos, y esta confusión nace en parte de la semántica. Mientras que el término “noughties”1 se aplicó a la primera década del siglo XXI, algunos se sentirían cómodos llamando a esta década pasada los “teenies”2. Hace un siglo, no había ninguna necesidad de preocuparse por ese tipo de categorizaciones: los 1910 fueron simplemente la era de la Gran Guerra.

Pero nuestra incertidumbre semántica también refleja un problema más profundo sobre el análisis y la verdad. En tanto la civilización humana busca significado en su noción del tiempo ordenado decimalmente, el idioma ofrece rótulos para captar el estado de ánimo de cada generación. En retrospectiva, los “años veinte”, los “años treinta”, los “años cuarenta”, los “años cincuenta”, los “años sesenta”, los “años setenta”, los “años ochenta” y los “años noventa” evocan asociaciones poderosas. Los “años sesenta” inmediatamente traen a la mente el optimismo, la revuelta juvenil, la promesa de una globalización incipiente y la idea de “un mundo”. Una lección entonces es que, para que una década tenga un espíritu distinto, debe coincidir con una realidad que se pueda describir de manera clara y sincera. 

Curiosamente, los años 1960 tuvieron un fuerte paralelismo con los años 1860. Desde Giuseppe Verdi y Richard Wagner hasta los Beatles y los Rolling Stones, cada década dio lugar a una música transformacional. Y el barco a vapor transoceánico resultó ser tan revolucionario como el avión de pasajeros un siglo después. En el caso de Estados Unidos, cada período tuvo un conflicto sangriento –la Guerra Civil y Vietnam- que redefinirían el ideal nacional. Hasta la historia mundana de la política monetaria contiene paralelismos asombrosos. Bajo el emperador Napoleón III y nuevamente en la presidencia de Charles de Gaulle, Francia pujó por la creación de una moneda europea para reordenar las relaciones monetarias a nivel global.

Por el contrario, el paso de medio siglo tras los años sesenta tiende a ser sombrío. Los años 1810 y los años 1910 fueron eras de esperanzas destrozadas e ilusiones perdidas. Las grandes visiones transformadoras –ya sea de Napoleón I en Francia, el zar Alejandro en Rusia o el presidente Woodrow Wilson en Estados Unidos – chocaron con las realidades de los proyectos nacionales, las animosidades sociales y el shock económico (en particular el período de deflación de posguerra).

Napoleón, Alejandro y Wilson imaginaban un mundo gobernado y apaciguado por el derecho racional. Y cada uno de ellos rápidamente se convirtió en objeto de burlas y escarnio. Mientras que Napoleón era vilipendiado como un ogro, y Alejandro como un reaccionario despiadado, Wilson era ridiculizado como un predicador presbiteriano que había sido embaucado por sofisticados practicantes europeos de la Realpolitik.

Los años 2010 también empezaron con grandes promesas retóricas y figuras políticas heroicas que ofrecían esperanza. El 4 de junio de 2009, el presidente norteamericano Barack Obama brindaba la más fina de sus muchas representaciones oratorias distinguidas. En su discurso “Un Nuevo Comienzo” en El Cairo, insistió en “que Estados Unidos y el Islam no son exclusivos y no tienen que estar en competencia. Por el contrario, se superponen y comparten principios comunes –principios de justicia y progreso, tolerancia y dignidad de todos los seres humanos”.  

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Ese argumento no condujo a ninguna parte. Obama conjuró majestuosamente el surgimiento de la esperanza, pero no su concreción. La Primavera Árabe terminó en una amarga desilusión, a fuerza de represión, guerra civil, miseria y muerte.

Como suele suceder, el desencanto político ha tenido una contraparte económica. Pero la desinflación terca de los años 2010 no fue diferente de los principales episodios deflacionarios que siguieron a las guerras napoleónicas y a la Primera Guerra Mundial. Las condiciones macroeconómicas de los años 2010 no fueron el resultado de un intento deliberado por reemplazar las finanzas de los tiempos de guerra con estabilidad fiscal. Más bien, la presión desinflacionaria estuvo motivada por una combinación de globalización y cambio tecnológico. Es más, a los ojos de la población, el mal desempeño económico fue interpretado como un síntoma de errores políticos y mala gestión durante la crisis financiera de 2008 y después.

Históricamente, los períodos de inflación constante han tendido a augurar una materialización de las promesas, mientras que la desinflación y la deflación hacen que todo se vea simultáneamente más barato e inalcanzable. Cuando la inflación llega a un fin, la sociedad se queda como Tántalo, queriendo aferrarse desesperadamente a algo que está fuera de su alcance (para los bancos centrales, ese “algo” ha sido la propia inflación). 

Sin embargo, en un discurso de graduación en 2013, Obama se aferró a la esperanza: “los cínicos pueden ser las voces que hablen más fuerte –pero les prometo que lograrán lo mínimo”. Tristemente, volvió a equivocarse. El cinismo es la respuesta inevitable a un período de promesas excesivas y de pocas concreciones. A medida que se va arraigando, crea las condiciones para una política de “pos-verdad”. Simplemente porque no tenían Twitter o algo por el estilo, ningún político estadounidense del siglo XIX podría igualar la letanía de mentiras del presidente Donald Trump. Según un conteo del Washington Post, el sucesor de Obama pronunció más de 15.000 “comentarios falsos o engañosos” desde que asumió la presidencia.

La promesa de Estados Unidos es que es una tierra de oportunidades iguales. Pero ahora está rezagada respecto de la mayoría de las demás economías avanzadas en términos de movilidad socioeconómica. La promesa de Europa es que es un dominio de tolerancia y valores compartidos. Pero esos sentimientos han sido avasallados por olas de migración y otras fuerzas de la globalización.

Más específicamente, en los años 2010, la promesa de un orden global basado en reglas se rompió. El acuerdo post-1945 hoy es objeto de un tira y afloja entre países que se ven a sí mismos como grandes potencias anticuadas. Cada uno está equipado no sólo con poder militar, sino también con un conjunto específico de ideas.

Durante siglos, los “teens” (adolescentes) han sido la antítesis de los “sesenta”. Han sido tiempos en los que la audacia de la esperanza es sustituida por la desesperación, la desilusión y la falsedad. Como tales, han sido profundamente disruptivos y destructivos. Llevará mucho tiempo recuperarse, y sólo algunos de nosotros tendrán el privilegio de ser testigos de los años 2060.

NdT: 1. argot británico: juego de palabras que surge de “nought” (cero) y “naughty” (travieso, malo); 2. en referencia a los jóvenes adolescentes.

https://prosyn.org/2NVXIDzes;