A medida que emerge el nuevo liderazgo chino, la atención mundial está puesta en el sucesor del presidente Jiang Zemin. Pero eso es un error, ya que tal vez el momento más importante en la historia reciente del boom y la transformación en China fue el nombramiento en 1988 de Zhu Rongji como premier del Consejo de Estado, cargo que alguna vez tuviera Deng Xiaoping. Dada la importancia de ese puesto en los últimos años, la elección del sucesor de Zhu puede resultar de mayor trascendencia que la salida del escenario del presidente Jiang.
Incluso antes de convertirse en premier, Zhu, en su calidad de presidente del banco central, era conocido como el arquitecto del crecimiento económico anual del 8% de China durante la década de los noventa y como el cerebro de su exitosa lucha en contra de la inflación. Zhu ha sido para China un Jack Welch, el empecinado director ejecutivo del conglomerado estadounidense General Electric (un hombre reconocido por su franqueza, su sofisticación global y su insistencia en los logros). En efecto, Zhu tenía la reputación de castigar a quienes no cumplían con sus expectativas. Como alcalde de Shanghai, en cierta ocasión castigó a los funcionarios de la oficina de turismo haciendo que limpiaran ellos mismos los sanitarios públicos de la ciudad.
Unos meses después de su nombramiento como premier, Zhu pronunció su discurso de las "tres promesas", en el que se comprometió a llevar a cabo tres acciones audaces para alcanzar una economía más activa y autosostenible. Primero, reacondicionaría las 300,000 empresas del Estado que aún realizaban una cantidad abrumadora de los negocios en China y representaban el grueso de su actividad económica. Más del 70% de esas compañías no eran rentables y estaban apuntaladas con subsidios del gobierno.
Así como Welch prometió "arreglar, cerrar o vender" las divisiones de General Electric que no estaban funcionando cuando él se hizo cargo de la compañía, Zhu amenazó con despedir a los altos ejecutivos de las empresas chinas que tuvieran pérdidas durante más de dos años consecutivos y después cerrarlas o venderlas. Esto obligó a privatizar las corporaciones nacionales o dejarlas en manos de los gobiernos provinciales, cambio que resultó ser un gran impulso para una súbita descentralización de la estructura administrativa de China (otro legado crucial de Zhu).
Segundo, Zhu dijo que borraría todas las deudas incobrables de los bancos chinos y los "trusts internacionales". Muchos de ellos habían contribuído a reblandecer la economía del país dando rutinariamente créditos a corporaciones insolventes. En ese momento, había 245 de esos trusts, que tenían tan mal historial de pago que los inversionistas extranjeros estaban empezando a evitar a China por completo. Dijo que reformarlos llevaría 10 años.
Tercero, Zhu afirmó que adelgazaría el gobierno central y atacaría uno de los problemas más perniciosos de China: la corrupción a altos niveles en las dependencias de gobierno. Propondría medidas que incluirían, por ejemplo, cortar los vínculos entre el gobierno y el crimen organizado, y hacer más difícil para los burócratas aceptar sobornos.
Los políticos frecuentemente hacen promesas audaces pero raramente las cumplen. El 1 de julio de 2001, durante el 80 aniversario del Partido Comunista Chino, Zhu presentó un recuento de sus avances. La evaluación que hizo sobre el desempeño de su administración es notablemente precisa y es un testimonio convincente de la eficacia de su liderazgo.
Zhu informó a la dirigencia comunista ahí reunida que había cumplido la primera promesa: muchas de las empresas públicas chinas se habían convertido en entidades privadas rentables o se habían cerrado. A aquéllas que todavía operaban se les fijaban estrictas metas financieras, se les permitía elegir a su personal y se les exhortaba a buscar dinero en los mercados accionarios privados, lo que de hecho las proyectó al sector privado como corporaciones "red chip"*.
En cuanto a la segunda promesa, más de 50 directores de instituciones financieras habían sido despedidos hasta ese momento (y más les siguieron), y las reformas habían cambiado radicalmente el clima para las inversiones. En vez de huir del país, el capital estaba fluyendo más rápido que nunca.
Los logros de Zhu respecto a su tercera promesa fueron más irregulares. Aunque el tamaño del gobierno central se redujo drásticamente a medida que los empleos en el Consejo Estatal cayeron a la mitad, de 34,000 a 17,000, la corrupción se mantuvo. A pesar de los esfuerzos de Zhu, la oposición por parte de intereses en todos los niveles del gobierno (particularmente en los más altos) impidió las reformas. De cualquier manera, las reformas de Zhu Rongji crearon la igualdad de condiciones y el imperio de la ley de los que depende un sistema capitalista próspero. Ese es un legado político que no tiene igual en la historia moderna de China.
*Empresas públicas chinas que cotizan en la bolsa de Hong Kong (N. del T.)


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