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Poner fin a la silenciosa guerra ruso-europea

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2008-07-29

Últimamente, ha habido poca confianza mutua entre los gobiernos de Rusia y la Unión Europea. Los políticos europeos vieron con escepticismo las recientes elecciones parlamentarias y presidenciales de Rusia. Las relaciones diplomáticas entre Gran Bretaña y el Kremlin se encuentran deterioradas desde el asesinato (supuestamente, por un agente ruso) de Alexander Litvenenko, un crítico del gobierno ruso, en Londres en 2006.

Esta falta de confianza supone una amenaza obvia al comercio y las inversiones entre Rusia y la UE. El comercio de Rusia con la UE entre enero y agosto de 2007 llegó a 173,3 mil millones de dólares, o un 51,6% de su volumen de comercio exterior. Más de la mitad de los productos rusos se venden en Europa, y dos de sus tres principales socios comerciales son europeos: Alemania, con un volumen de negocios de 31,9 mil millones de dólares, y Holanda, con 28,3 mil millones de dólares.

De manera similar, los países europeos representan un 75% de la inversión directa en Rusia. Gran Bretaña está en el primer lugar, habiendo destinado más de 15 mil millones en la primera mitad de 2007, a pesar del caso Litvinenko y la expulsión recíproca de diplomáticos durante este periodo.

En todo caso, el volumen de inversión directa no alcanza a lo que necesita Rusia, ya que su economía está desequilibrada. Más de la mitad de sus exportaciones son petróleo y gas, y el resto es principalmente productos químicos y agrícolas. Los petrodólares son el principal recurso de Rusia para el desarrollo de una sociedad basada en la información. Los países de la UE seguirán requiriendo energía, y los yacimientos siberianos están lejos de agotarse.

Como resultado, la diversificación de la economía de Rusia parece una perspectiva distante, y más aún porque la burocracia rusa, junto con el interés del estado en áreas "estratégicas" de la economía, repele los negocios del extranjero. De hecho, los europeos reprochan constantemente a Rusia su creciente nivel de interferencia estatal.

Las relaciones de Rusia con la UE se rigen por un acuerdo firmado en junio de 1994 en torno al comercio, los negocios y la inversión, problemas de competencia, protección de la propiedad intelectual, industrial y empresarial, y cooperación financiera. Con el tiempo, la cooperación económica entre ambas parte se ha vuelto más compleja, y es necesario un nuevo marco legal. Sin embargo, la Comisión Europea es incapaz de comenzar a trabajar en un nuevo acuerdo hasta que tenga un mandato de los 27 estados miembros de la UE. Tal mandato aún no se ha logrado.

Al mismo tiempo, las condiciones para la inversión rusa en la UE están lejos de ser perfectas. Los inversionistas enfrentan discriminación política y administrativa y barreras técnicas, especialmente en lo relacionado con la industria de la energía. Algunas licitaciones “abiertas” de la UE han resultado estar cerradas a las compañías rusas. El nacionalismo económico está intensificándose. La inversión extranjera está limitada a sectores que la UE considera estratégica y políticamente importantes. Las compañías rusas han tenido que enfrentar denuncias por dumping. Las filiales europeas de los bancos rusos se ven ante un exceso de regulaciones y costoso procedimientos de certificación.

En septiembre de 2007, una medida de la Comisión Europea para evitar que las compañías extranjeras controlen las redes de transporte de energía europeas fue un ejemplo de una escaramuza en esta “guerra silenciosa”. La orden de la comisión de “separar” las compañías energéticas en unidades de transporte y distribución difícilmente estimule a las compañías de energía extranjeras a colaborar con la UE para buscar reformas estructurales en la economía rusa.

Los líderes empresariales de Europa y Rusia están comenzando a buscar una manera valiente de salir de este impasse: un espacio económico común entre Rusia y la UE. Sin embargo, el libre comercio y una integración más estrecha se pueden lograr sólo si se apoyan en los gobiernos nacionales.

La nueva Ministra rusa de Desarrollo Económico y Comercio, Elvira Nabiullina, señaló hace poco que el comercio europeo "es el principal socio de Rusia en los mercados internacionales" y que esa cooperación "es una de las piedras angulares de la política económica exterior rusa”. Apunta a la promesa del gobierno de crear un ambiente cómodo para los negocios, al profundizar las reformas institucionales y ayudar al desarrollo de mercados financieros.

Estas declaraciones son reconfortantes. Sin embargo, los negocios con Rusia precisan de un plan de acción, el que debe incluir reducir la burocracia, liberar a la economía del exceso de control estatal y medidas radicales para combatir la corrupción.

Además, Rusia debe integrarse al sistema económico internacional,, aceptando las reglas que se aplican al resto del mundo. Su eventual acceso a la Organización Mundial de Comercio será crucial para ello, y su ingreso debe ser promovido más activamente por Europa y Rusia misma. El nuevo acuerdo de comercio e inversiones, largamente demorado, será menos relevante una vez que Rusia esté en la OMC, cuyas reglas rigen por sobre las organizaciones económicas regionales. La legitimidad de las leyes europeas que limitan el alcance de la actividad comercial en Europa y contradicen las normativas de la OMC se debe poner en duda de inmediato.

Los líderes de negocios de Rusia están listos para trabajar en una creación de un espacio económico común entre Rusia y la UE. Para Rusia, esta integración debería generar un verdadero impulso de modernización económica y social. Por supuesto, el gobierno de Rusia ha de tener la palabra final en estos asuntos, pero es poco probable que desdeñe una política que trata a Rusia con ecuanimidad.

Igor Yurgens es Presidente de la Junta Directiva del Instituto para el Desarrollo Moderno.

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