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2009-01-12

TEL AVIV – Durante las operaciones militares en Gaza, conocidas con el nombre en código de "Plomo Fundido" (por una canción de Jánuca sobre un pequeño trompo que da vueltas -uno de los símbolos de esa celebración- hecho con plomo fundido), a los israelíes nos recordaron un hecho fundamental: Gaza no es Vietnam, Irak, Afganistán, ni siquiera el Líbano. Es una región conformada por un país común que compartimos con los palestinos. Es un país que nosotros llamamos Israel y ellos llaman Palestina.

En Gaza vive un millón y medio de personas. Son parte de un pueblo del cual otro 1,3 millón vive en Israel y otros dos millones, en Cisjordania. Los hombres y mujeres de Gaza son nuestros vecinos y con ellos hemos convivido, espalda con espalda, durante mucho tiempo, aunque estemos separados por una frontera.

Nuestros hogares y nuestras ciudades están a escasos kilómetros de distancia entre sí, nuestros campos están enfrentados a los de ellos. Los hombres de Gaza, los activistas o policías de Hamas a quienes observamos con nuestros binoculares militares, en el pasado eran los activistas y policías de Fatah.

Nacieron en Gaza o fueron empujados allí como refugiados durante la guerra de 1948, o en otras guerras. En el transcurso de los años, fueron los albañiles que construyeron nuestros hogares, lavaron platos en los restaurantes donde comíamos, eran los comerciantes a quienes les comprábamos mercadería y los trabajadores en los invernaderos de los kibbutz.

Son nuestros vecinos y serán nuestros vecinos en el futuro. De manera que, cuando decidimos librar una guerra contra ellos, tenemos que considerar muy atentamente el carácter de esa guerra, su duración y el efecto de su violencia. Los israelíes no tenemos ningún poder para extirpar al movimiento Hamas de Gaza, de la misma manera que no teníamos el poder para eliminar a la Organización para la Liberación Palestina (OLP) como la voz de las aspiraciones nacionales del pueblo palestino, o a Hezbollah del Líbano en la guerra de 2006.

Ariel Sharon y Menachem Begin llegaron hasta Beirut a principios de los años 1980, pagando un precio terrible y sangriento, para intentar eliminar a la OLP -un resultado que nunca se pudo obtener-. ¿Y qué sucedió? Al final, Sharon y luego Binyamin Netanyahu terminaron sentándose en la mesa de negociaciones con Yasser Arafat y sus representantes para intentar alcanzar un acuerdo. Ahora el ex lugarteniente de Arafat, Abu Mazen, es un invitado frecuente y bienvenido en nuestro país.

Los israelíes tenemos que empezar a tomar conciencia de este hecho simple: los árabes no son criaturas metafísicas, sino seres humanos, y los seres humanos llevan el cambio en su interior. Después de todo, los israelíes cambiamos nuestras posiciones, mitigamos nuestras opiniones y nos abrimos a nuevas ideas. De modo que haríamos bien en sacarnos de la cabeza lo antes posible la ilusión de que de alguna manera podemos aniquilar a Hamas o erradicarlos de la franja de Gaza.

En cambio, tenemos que trabajar, con cautela y sentido común, a fin de alcanzar un acuerdo razonable y detallado para un cese del fuego duradero que conlleve la perspectiva de que Hamas pueda cambiar . Este cambio es posible y se puede llevar a cabo. Estos cambios fundamentales de corazón y mente se han producido muchas veces en el curso de la historia.

Sin duda, aunque a partir de hoy empecemos a trabajar para alcanzar una tregua duradera, inevitablemente habrá más días de guerra por delante. Seguramente nos seguirán lanzando cohetes. Pero al menos sabremos que no estamos combatiendo por un objetivo imposible que sólo puede resultar en sangre y devastación -sangre y devastación que pesarán en las memorias colectivas de los hijos y nietos de nuestros vecinos, que seguirán siendo nuestros enemigos, aunque el trompo siga dando vueltas.

A. B. Yehoshua es uno de los novelistas más prestigiosos de Israel. Su última novela es Friendly Fire.

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