Ahora Yukos, después la economía de Rusia
Yevgeny Yasin
Así como la familiaridad engendra desprecio, así también el éxito engendra autocomplacencia. Lamentablemente, así parece ser en Rusia, cuyo gobierno ha elegido el primer período de crecimiento económico prolongado desde la caída del comunismo -con superávit presupuestario e inversión, al parecer, de la tendencia a la fuga de capitales- para reanudar las guerras contra la oligarquía del decenio de 1990.
Atención, optimistas: la detención de Mijail Jodorkovsky -y la congelación de sus acciones en la gigantesca empresa petrolera Yukos- tendrán profundas repercusiones a largo plazo en la economía de Rusia y en las relaciones entre el mundo empresarial y el gobierno. El embrollo en torno a Yukos no provocará un chirriante parón en la economía de Rusia, porque ninguna empresa determina por sí sola el destino del país, pero no cabe duda de que se deteriorarán las perspectivas a largo plazo.
Se trata de un problema de confianza entre la comunidad empresarial y el gobierno, que ha empezado a plantearse en los últimos años. Dicho a las claras, la violación de esa reciente confianza romperá el espinazo de la economía en alza de Rusia.
La "operación manos limpias" -como algunos llaman las investigaciones sobre Jodorkovsky y sus asociados- no aumentará los ingresos fiscales, sino que simplemente espoleará el crecimiento de la economía sumergida, a medida que los empresarios intenten ocultar sus negocios aún más completamente al gobierno. Al fin y al cabo, en vista de que el hombre más rico de Rusia puede verse privado de sus activos en cualquier momento, se puede perdonar a los empresarios rusos comunes y corrientes que saquen la conclusión de que resulta peligroso funcionar a las claras.
Las primeras señales de esa comprensión probablemente cobren la forma de un aumento de la fuga de capitales. Hasta el caso Yukos, se estaba invirtiendo la tendencia a la fuga de capitales. Al cabo de un decenio de hemorragia de capitales, en la primera mitad de este año los datos indicaban que los rusos que habían sacado su dinero del país estaban volviendo a invertirlo en él. Si se reanuda la fuga de capitales y si el Presidente Putin no convence a los ciudadanos de que el de Yukos es un caso aislado, dicha fuga se acelerará.
Creo que la fuga de capitales aumentará en gran medida. Igualmente segura parece la reducción de la actividad económica con la anulación de proyectos de inversión a largo plazo. Así, pues, parece inevitable una tasa menor de crecimiento económico.
Y no soy el único en creerlo. Los expertos económicos rusos independientes comparten, unánimes, esa desalentadora conclusión. Sólo las personas vinculadas con el régimen parecen discrepar.
Si se estanca la inversión, el Presidente Putin no podrá abrigar la esperanza de duplicar, como ha prometido, el tamaño de la economía en el plazo de un decenio. Mi ya antiguo escepticismo sobre esa promesa se ha vuelto una certeza: el caso Yukos hará que resulte imposible mantener la tasa de crecimiento necesaria para lograr ese objetivo, porque la detención de Mijail Jodorkovsky y la confiscación de sus activos ha asestado un golpe devastador a la confianza empresarial.
En realidad, los tiempos han cambiado espectacularmente desde la época del capitalismo ruso, propio de tiburones, del decenio de 1990: un mundo en el que, supuestamente, los empresarios se mostraban indiferentes, en el mejor de los casos, ante los problemas de sus colegas. Esa caricatura, en caso de que fuera cierta alguna vez, no lo es, desde luego, en la actualidad: la reacción negativa de la comunidad empresarial ante la persecución de Jodorkovsky por los servicios encargados de imponer el cumplimiento de la ley ha sido firme y casi unánime.
La comunidad empresarial considera las peticiones en aumento de algunos funcionarios estatales de que se aborde la delincuencia económica una burla del Código Penal y una amenaza velada, en el sentido de que los fiscales quieren su parte de las riquezas de Rusia. La mejorada reputación del sistema legal de Rusia ha quedado por los suelos.
Actualmente, la comunidad empresarial comprende que la Fiscalía General del Estado puede encontrar cualquier pretexto para perseguir a cualquiera de ellos. Si los fiscales pueden amenazar tan duramente a las grandes empresas, ¿qué esperanzas pueden abrigar las pequeñas y medianas empresas? Por eso, no es de extrañar que los propietarios de empresas de todos los tamaños estén formando ahora un frente unido para proteger sus intereses.
Entretanto, el Presidente Putin se niega a hablar con la comunidad empresarial de Rusia del caso Yukos o de las actuaciones de los servicios encargados de imponer el cumplimiento de la ley. Su silencio significa claramente que consiente las actuaciones de los fiscales.
Pero, si el Presidente no rinde cuentas sobre la fidelidad de los servicios encargados de imponer el cumplimiento de la ley de Rusia, ¿quién lo hará? Uno de los grandes fallos de la presidencia de Putin ha sido el de permitir a dichos servicios evaluar sus propias actuaciones. Naturalmente, no dejan de concluir que sus actuaciones han sido correctas y lícitas.
Así, pues, la posición del Presidente está clara y no va a dar marcha atrás. De hecho, ahora sólo los empresarios pueden influir en los acontecimientos: una brusca y pronunciada desaceleración económica, sobre la que el capital ruso muestre su desagrado votando con los pies, podría ser la última esperanza para desviar a los fiscales del rumbo que han elegido.
Pero no veo razones para el optimismo. Al contrario, la detención de Jodorkovsky no ha hecho sino abrir el apetito a los fiscales. Una vez que hayan digerido Yukos, buscarán otra comida. Después, ¿podrá alguien dudar en serio que la sed de nuevas presas se intensificará?
Yevgeny Yasin, antiguo ministro ruso de Economía con el Presidente Yeltsin, es Director de Investigaciones en la Escuela Superior de Economía de Moscú.
Copyright: Project Syndicate, noviembre de 2003.
Traducido del ingles por Carlos Manzano.
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