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Islam

Una estrategia para la supervivencia saudita

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2003-06-05

Los bombazos que sacudieron Riad, ¿habrán sacado por fin a la familia real al-Saud de su complacencia? Esta grosera interrupción de la indolencia de sus majestades por parte de sus súbditos generó ira y algo más: miedo. Por supuesto, las alarmas habían sonado con anterioridad en Arabia Saudita, pero la familia reinante se negó a escucharlas. La negación y la represión son las artes políticas en las que sobresalen los al-Saud. Si el régimen quiere diseñar una estrategia para la supervivencia, tiene que reexaminar sus bases.

Hablando de familias reales, los al-Saud son espectacularmente numerosos; son tal vez 22,000. Pero la magnitud de la línea consanguínea no ha evitado el endurecimiento de las arterias. En efecto, los hombres que se esfuerzan en estos momentos por mantener la situación en orden son el inválido rey Fahd (84 años de edad), su medio hermano, el príncipe heredero Abdullah (79 años de edad) y sus hermanos, el ministro de defensa Sultán (78 años de edad) y el ministro del interior Naif (75 años de edad).

No es de sorprender que a los ancianos les resulte difícil adaptarse a la descomposición de los supuestos que han regido sus vidas. Tal vez la ilusión perdida más dolorosa sea el hecho de que los bombazos sucedieron en el corazón de la región de Najdi, de donde provienen los al-Saud, lo que indica que el enemigo interno está más cerca del trono de lo que se creía. Esta admisión es particularmente inquietante porque los al-Saud se han enemistado con todos los grupos menos el suyo. Si ahora hay algunos najdi en los que no se puede confiar, ¿a quién pueden recurrir los al-Saud?

La población de Arabia Saudita se divide en grupos regionales, tribales y sectarios. Al este, en la provincia rica en petróleo, están los chiítas. Envalentonados políticamente desde la caida del régimen de Saddam y el resurgimiento de sus hermanos en Iraq, los chiítas no perdieron tiempo en solicitar al príncipe heredero Abdullah que ponga fin tanto a su exclusión de la política saudita como a la satanización que de ellos hace el régimen religioso wahabita al describirlos como herejes. Su mensaje a los gobernantes es que para la identidad saudita ya no es suficiente ser wahabita najdi.

Mientras tanto, los hijazis, con orígenes en La Meca y Medina, tienen un resentimiento contenido desde hace mucho por su humillante inclusión parcial en la política saudita. Aunque a los hijazis, que son sunitas pero no wahabitas, no se les considera como herejes, están marginados porque el Islam que practican tiene inclinaciones sufis, y el sufismo tolerante es un anatema para las wahabitas austeros y dogmáticos. Los hijazis educados sólo piden reformas modestas. Sin embargo los al-Saud rechazan incluso la moderación.

Las tribus de la región de Asir, que tienen un sentido de identidad mezclado debido a sus vínculos cercanos con las tribus yemeníes, se sienten alejados de los centros político y económico. Los al-Jawf en el norte, tienen un sentimiento similar de enajenación política y económica.

A pesar de los resentimientos contenidos, esas minorías mantienen moderación en sus demandas de reformas. Sus líderes quieren rescatar al Estado, no demolerlo. Son la enorme mayoría de la gente en Arabia Saudita y todavía no han adoptado la ira intransigente de los clones de Osama bin Laden.

El reto al que se enfrentan los al-Saud es incluir en el corazón del sistema político a la gente que han despreciado durante décadas. A menos de que comiencen a hacerlo, esas personas se irán yendo poco a poco al bando de los fanáticos, si no como terroristas activos, al menos como partidarios pasivos, de la forma en que gran parte de la comunidad católica de Irlanda del Norte apoyó al terrorismo del ERI como una manera de terminar con su exclusión de la vida política de la provincia. El peligro en Arabia Saudita es que no se puede comparar al ERI con los fundamentalistas islámicos en cuanto al grado de fanatismo.

Para que el régimen acepte a la gente que ha excluído, tiene que adoptar la inclusión (y la tolerancia de las formas no wahabitas del Islam) como estrategia de sobrevivencia y apegarse a ella. Eso es difícil porque los al-Saud mismos están divididos. El príncipe heredero Abdullah se muestra mucho más abierto a las reformas que el príncipe Naif, el poderoso ministro del interior, quien se aferra al viejo sistema de represión.

Sin duda, los al-Saud buscarán sin tregua a los individuos implicados directamente en los atentados terroristas. Quienes sean capturados se enfrentarán a la decapitación tradicional. El problema para el régimen es que las fuentes que nutren al fanatismo no se secarán con esos castigos ejemplares.

Algunos miembros de la familia real reconocen lo anterior y saben que se necesita una limpieza más a fondo. Están conscientes de que los al-Saud tienen que elegir: o continuan por la estrecha senda de la represión y la intolerancia étnica y religiosa, o adoptan una política más abierta e incluyente.

Pero las opciones están cargadas de peligro: si se abren, incluirán en la vida política saudita a gente que hasta el momento es considerada como indigna por ser herejes (los chiítas), o de sangre impura (los hejazis) o demasiado primitivas (las tribus de la frontera). Si permanecen cerrados, se convertirán en rehenes de las fuerzas de la intolerancia que amenazan al régimen.

La alianza religiosa de los al-Saud con los wahabitas y el control que tienen éstos últimos sobre el sistema religioso deben cambiar. Los elementos "moderados" entre la población apoyarán ese cambio (y la búsqueda de los fanáticos terroristas) si obtienen su inclusión en la vida saudita.

Alexis de Tocqueville advertía que el momento más peligroso para cualquier régimen autoritario es cuando se reforma. Los al-Saud se han demorado tanto que todas las opciones que tienen ahora son riesgosas. El camino menos peligroso es el de la inclusión. Sólo pone en riesgo la estructura estrecha en lo étnico e intolerante en lo religioso del régimen. Por el contrario, el régimen mismo estará en peligro si se aferra a sus reducidas bases.

Mai Yamani es investigadora en el Royal Institute for International Affairs.

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