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El mundo según Xi

BEIJING – El 15 de noviembre, Xi Jinping, se convirtió en Secretario General del Partido Comunista Chino y presidente de la Comisión Militar Central del partido, lo que le da la autoridad suprema de las fuerzas armadas chinas. El próximo mes de marzo también se convertirá en presidente de China.

¿Cómo ve el mundo el nuevo dirigente chino? Y ¿cómo manejará la política exterior del país? ¿Difieren mucho su estilo y preferencias de los de su predecesor, Hu Jintao? Las respuestas determinarán las relaciones de China con el mundo, y viceversa, para la siguiente década.

Los dirigentes chinos tienen un enfoque hacia el poder muy distinto al de los líderes políticos de, por ejemplo, los Estados Unidos. Los políticos estadounidenses tienen que promover sus ideas y valores a los votantes; los dirigentes chinos no tienen que informar a la prensa y al público de nada directamente, tampoco de sus posturas de política exterior. En efecto, con la notable excepción de Mao Zedong y Deng Xiaoping, los dirigentes chinos pocas veces han impuesto sus propias personalidades en la diplomacia de su país.

En este sentido, es muy probable que el estilo de liderazgo de Xi siga la misma tradición que el de sus predecesores. No obstante, la perspectiva y visión del mundo de Xi son sin duda diferentes de los de Hu.

Para empezar, Xi es parte de una generación que se crió y educó principalmente durante la era de la reforma, que ha tenido una influencia decisiva en sus vidas. China se abrió al mundo en 1978, cuando Xi y sus contemporáneos eran jóvenes deseosos de entender el mundo fuera de China. Son una generación inspirada por el enfoque realista de Deng para demoler los muros que los izquierdistas radicales habían creado alrededor de China, y uno en el que se cree que el conocimiento puede cambiar el destino de un país y su pueblo.

Cuando esta generación asuma el liderazgo, sus miembros convertirán su pasión y curiosidad sobre el conocimiento y la innovación en trabajo real. Con seguridad aprenderán del mundo a medida que quieran promover los intereses nacionales de China en el extranjero y fomenten el cambio gradual en su país.

Xi puede abordar los asuntos más espinosos de la diplomacia china –en particular la relación con los Estados Unidos– con más realismo y flexibilidad que en años recientes. Su visita a los Estados Unidos en febrero de 2012 fue ampliamente vista como una secuela de la visita de Deng en enero de 1979. Xi habló con el presidente, Barack Obama, y visitó el Pentágono. Pronunció un discurso durante una comida y vio a viejos amigos que hizo durante su breve estancia en Iowa cuando era joven. Mostró interés en la cultura estadounidense, así como hizo Deng en 1979. Comió chocolate y vio juegos de la NBA.

Más importante aún, en lugar de pasar largas y pesadas horas hablando de asuntos estratégicos y políticos, fue al grano y abordó decisivamente el actual estado de la relación sino-estadounidense. “El Océano Pacífico es lo suficientemente grande como para dar cabida a los dos países más importantes, China y los Estados Unidos,” declaró. Descontento con el “viraje” de los Estados Unidos hacia Asia, Xi conservó la calma pero hizo hincapié en que “no se puede confiar mucho en el poder militar cuando se trata de la diplomacia Asia-Pacífico.”

De igual manera, Xi trató de evitar las principales discusiones sobre el tema de derechos humanos simplemente diciendo, “no hay mejor, sino mejoras.” En esencia, trató de demostrar que por mucho que haya preguntas o  discusiones, incluso conflictos potenciales entre China y los Estados Unidos, los dirigentes de ambos países deberían abordarlos con una actitud de cooperación y sinceridad. Los dirigentes no deben enredarse en detalles que generen sospecha sobre las motivaciones de cada parte, para que no se distraigan de lo esencial.

La confianza de Xi incluye el tema de la política nacional. Su generación está más convencida de hacer reformas que líderes anteriores, ello tiene que ver menos con la ideología oficial, que con los enormes logros del país en las tres últimas décadas. En la práctica, Xi puede mostrar ser nacionalista; pero ciertamente, su generación, como la de los padres fundadores de la República Popular China, sueña con que su país sea más próspero y más fuerte. Los nuevos dirigentes del país quieren la admiración del mundo, pero están más ansiosos por provocar ovaciones al interior.

Al igual que dirigentes chinos anteriores, Xi está convencido de que el mundo debería respetar la autoridad del país para manejar sus propios asuntos. Por tanto, está dispuesto a ejercer fuerza diplomática si China es objeto de cuestionamientos en un tema central. Su discurso en México en 2009 así lo demostró. “Algunos extranjeros con la barriga llena y nada mejor que hacer nos critican”, señaló. “Primero, China no exporta revoluciones; segundo, no exporta ni hambre ni pobreza; y tercero, no se mete con nadie. Entonces, ¿Qué más se puede decir?

Xi entiende que el mundo no solo espera una China mejor sino también una China que esté comprometida con la construcción de un mundo mejor. Será un líder duro y firme pero también un dirigente que entenderá el mundo de forma pragmática y que sabe cómo trabajar bien con sus contrapartes en el extranjero.

En efecto, la visita que realizó en 2012 a los Estados Unidos dejó dos impresiones. En primer lugar, es un líder que se desenvuelve bien tanto frente a las cámaras como lejos de ellas. En segundo lugar, no teme divertirse un poco. Con esos sencillos toques de humanidad, Xi podría revolucionar la diplomacia china.

Traducción de Kena Nequiz