A pesar del considerable esfuerzo que ha realizado la comunidad internacional en Afganistán desde 2001 para eliminar a los talibanes y a al Qaeda, la insurgencia en el sur del país ha cobrado impulso vertiginosamente en los últimos meses. Nuestro estudio de campo muestra que no estamos ganando la campaña para obtener el apoyo del pueblo afgano –los talibanes sí. En efecto, los métodos de la comunidad internacional de combatir a la insurgencia y erradicar los cultivos de amapola han ayudado, de hecho, a que los insurgentes ganen poder.
Hasta ahora, la comunidad internacional ha llevado a cabo políticas de destrucción en lugar de la reconstrucción prometida. La agresiva política antinarcóticos de erradicación de cultivos encabezada por Estados Unidos no ha logrado obtener el apoyo de los afganos porque ha desatado una reacción en cadena de pobreza y violencia en la que los campesinos pobres, con sus únicos medios de subsistencia destruidos, no pueden alimentar a sus familias. Esto se ha agravado porque no se ha podido proporcionar siquiera la más mínima asistencia y ayuda para el desarrollo en las áreas más pobres del país.
Al mismo tiempo, se han destruido comunidades como resultado de las campañas de bombardeos que han acabado precisamente con los hogares que vinimos a proteger. Esto, aunado a cuatro años de sequías, ha obligado a familias enteras a dejar sus pueblos para irse a refugios improvisados internos.
No podemos ganarnos a la gente bombardeándola sino ayudándola.
Los talibanes han aprovechado los fracasos de la comunidad internacional con una propaganda antioccidental extremadamente efectiva que ha alimentado dudas significativas en la opinión del público en lo que se refiere a las razones que justifican la presencia internacional en Afganistán. Lamentablemente, nuestras tropas son con frecuencia las primeras que pagan el costo–algunas veces con sus vidas.
No es muy tarde para recuperar al pueblo afgano. Las tropas internacionales están haciendo una labor excelente en un entorno excepcionalmente hostil, pero esta no es una guerra que se habrá de ganar exclusivamente por medios militares. Dado que las percepciones son un factor crucial para ganar la guerra y dado que los talibanes se están preparando para lanzar una gran iniciativa militar durante la próxima primavera, el no adoptar una estrategia local exitosa podría significar la pérdida de la última oportunidad con que cuenta la comunidad internacional para construir un Afganistán seguro y estable.
Pero una estrategia exitosa –que responda a la crisis de la pobreza extrema en Afganistán—exige que la comunidad internacional dé marcha atrás en cuanto a la erradicación de cultivos. De hecho, la erradicación de los cultivos de amapola no sólo daña a las comunidades locales y socava los objetivos de la comunidad internacional, sino que también está fracasando: el año pasado la producción de opio alcanzó un máximo histórico. En septiembre, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito anunció que el cultivo de amapola rompió un récord al dispararse en un 60%.
La erradicación nunca tendrá éxito en Afganistán porque destruye el único cultivo que puede crecer en el clima hostil del sur –y que por lo tanto es la principal fuente de ingresos de millones de personas. Así, se necesita urgentemente una nueva solución de largo plazo, económicamente sostenible –orientada directamente a las comunidades que sufren más— para obtener el apoyo de la población rural profundamente empobrecida.
Como una forma de abordar este dilema, el Consejo Senlis propone llevar a cabo proyectos científicos piloto con el fin de estudiar un sistema de licencias de opio para Afganistán, que sería un componente central del proceso de reconstrucción económica. Un sistema en el que se cultivara la amapola bajo licencia para producir analgésicos como la morfina o la codeína permitiría a los agricultores conservar sus medios de subsistencia y su forma de vida tradicionales y, lo que es más importante, alimentarse a sí mismos y a sus familias. Hay una escasez mundial de morfina y de codeína, particularmente en los países subdesarrollados, donde frecuentemente es difícil, sino es que imposible, conseguir estas medicinas vitales.
Las licencias de amapola no sólo abordarían las crisis de pobreza y hambre que han agobiado al sur de Afganistán; también estabilizarían las estructuras locales existentes y le darían a las comunidades una razón para apoyar al gobierno del presidente Hamid Karzai y a la comunidad internacional. Los agricultores obtendrían un sentimiento de participación en los esfuerzos antinarcóticos, lo que contrasta marcadamente con la actual política idealista –y evidentemente inalcanzable—de la erradicación de cultivos.
Debemos contar con el apoyo del pueblo afgano para poder derrotar a los talibanes. Al apoyar esa iniciativa, la comunidad internacional demostraría que está en Afganistán por el bien de la población local, lo que ayudaría a que los agricultores cortaran sus vínculos con la insurgencia.
Pero para que ese sistema tenga éxito, la pobreza extrema del sur del país tiene que ser nuestra máxima prioridad. Según el Programa Mundial de Alimentos, el 70% de la población carece de seguridad alimentaria. Se necesita urgentemente una inyección inmediata de alimentos y ayuda médica de emergencia para romper el círculo vicioso del sufrimiento y la violencia.
Sólo entonces podría implementarse una nueva estrategia de desarrollo de largo plazo en Afganistán –que admita que la comunidad internacional no está ganando la guerra y que el statu quo es inaceptable. Las licencias para el cultivo de opio serían una base realista y pragmática para el éxito de esa estrategia.


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