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Ganar la guerra al terror

El mes pasado conmemoramos el tercer aniversario del día en que los Estados Unidos despertaron a un nuevo mundo, cuando unos extremistas mataron a miles de personas inocentes en suelo estadounidense. La semana pasada fue el tercer aniversario del inicio de la Operación Libertad Duradera, el día en que los Estados Unidos decidieron llevar la batalla hasta los extremistas mismos --y atacamos a al-Qaeda y a los talibanes en Afganistán.

A tres años del inicio de la guerra contra el terrorismo global, algunos se preguntan si hay más seguridad en los Estados Unidos y si el mundo está mejor. Estas son preguntas razonables.

Pero primero, un poco de perspectiva histórica. Se ha dicho que esta guerra global contra el extremismo será la tarea de una generación, una guerra que podría durar años, como la Guerra Fría, que duró varias décadas. Ahora vemos a la Guerra Fría como una gran victoria para la libertad. Pero nada era seguro ni estaba predeterminado. Los cincuenta años de la batalla épica entre el mundo libre y el imperio soviético estuvieron llenos de divisiones, incertidumbre, dudas, retrasos y fracasos. Incluso con nuestros aliados más cercanos hubo diferencias sobre política diplomática, utilización de armamento y estrategia militar. Francia se retiró del todo de la organización militar de la OTAN en los años sesenta.

En los Estados Unidos, periodistas y editorialistas cuestionaban y ponían en duda nuestras políticas. Incluso hubo instancias en que los ciudadanos estadounidenses vieron cómo se acusaba a su propio gobierno de belicista y agresor. Pero los Estados Unidos --bajo el liderazgo de ambos partidos políticos-- y nuestros aliados mostramos perseverancia y decisión año tras año. Las estrategias variaron --desde la coexistencia hasta la contención, desde la detente hasta la confrontación. Nuestros líderes siguieron enfrentándose a un enemigo que muchos consideraban invencible, y a la larga el régimen soviético cayó.

Esas es una lección que se ha tenido que reaprender a lo largo de las eras: la lección de que la debilidad provoca, que negarse a confrontar los peligros que se van acumulando puede aumentar, no disminuir, los riesgos a futuro, y que la victoria sólo llega al final para aquéllos que se muestran firmes y decididos.

Desde el principio de este conflicto, ya resultaba claro que nuestra coalición tenía que tomar la ofensiva en contra de un enemigo sin país y sin conciencia.

Hace poco más de tres años, al-Qaeda ya era un peligro creciente. Su líder, Osama bin Laden, estaba seguro y protegido en Afganistán. Su red se extendía por todo el mundo y había estado realizando ataques en contra de intereses estadounidenses durante años. Tres años después, más de las tres cuartas partes de los miembros y socios clave de al-Qaeda están detenidos o muertos. Osama bin Laden está huyendo, muchos de sus principales colaboradores están tras las rejas o muertos y sus líneas de apoyo financiero se han reducido.

Afganistán, que estuvo controlado por extremistas, ahora está dirigido por Hamid Karzai, quien está a la vanguardia de los esfuerzos mundiales en apoyo de los moderados contra los extremistas. Los estadios de futbol que se utilizaban para las ejecuciones públicas bajo los talibanes hoy se dedican de nuevo al deporte. Más de diez millones de afganos, de los cuales el 41% eran mujeres, se empadronaron para votar en las primeras elecciones nacionales del país.

Libia ha pasado de ser una nación que respaldaba terroristas y que en secreto buscaba obtener capacidad nuclear a una que renunció a sus programas de armas ilegales y que ahora afirma que está dispuesta a reingresar a la comunidad de naciones civilizadas.

La red de proliferación nuclear del científico paquistano A.Q. Khan --que daba asistencia letal a países como Libia y Corea del Norte-- ha sido descubierta y desmantelada. En efecto, Pakistán, que alguna vez se mostró favorable a al-Qaeda y al régimen talibán, bajo el Presidente Pervez Musharraf ha unido su suerte a la del mundo civilizado y es un aliado leal en contra del terrorismo.

La OTAN encabeza actualmente la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad

en Afganistán y está ayudando a entrenar a las fuerzas de seguridad iraquíes --una nueva e importante responsabilidad "fuera del área". La ONU está ayudando a preparar elecciones libres tanto en Afganistán como en Iraq. Más de 60 países están trabajando de manera coordinada para detener la proliferación de las armas de destrucción masiva.

Hace tres años, en Iraq, Saddam Hussein y sus hijos gobernaban con crueldad un país en el corazón del Medio Oriente. Saddam intentaba regularmente matar a las tripulaciones aéreas estadounidenses y británicas que hacían cumplir la zona de prohibición de vuelos. Ignoró 17 Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Pagaba recompensas de 25 mil dólares a las familias de quienes llevaban a cabo atentados terroristas suicidas. Tres años después, Saddam está preso, en espera de ser juzgado. Sus hijos están muertos. La mayoría de sus colaboradores están bajo custodia.

Iraq cuenta con una constitución interina que incluye una Declaración de Derechos y un poder judicial independiente. Hay consejos municipales en casi todas las ciudades importantes y en la mayoría de los pueblos y aldeas. Los iraquíes se cuentan ahora entre quienes pueden decir, escribir, mirar y escuchar lo que quieran cuando quieran.

¿Ha habido retrasos en Afganistán e Iraq? Por supuesto. Pero el enemigo no puede ganar militarmente. Sus armas son el terror y el caos. Atacan cualquier clase de esperanza o de avance con el fin de socavar la moral. Saben que si pueden ganar la batalla de las percepciones, perderemos nuestra voluntad y nos iremos.

Estos son tiempos difíciles. Desde el corazón de Manhattan y Washington DC hasta Bagdad, Kabul, Madrid, Bali y las Filipinas, se ha dado un llamado a las armas y el resultado de esta lucha habrá de determinar la naturaleza de nuestro mundo en las próximas décadas.

Hoy, como antes, el duro trabajo de la historia le corresponde a los Estados Unidos, a nuestra coalición, a nuestros pueblos. Lo podemos hacer a sabiendas de que el impulso de la historia humana es hacia la libertad --y que está de nuestro lado.

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