Monday, November 24, 2014
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Incautos ante el riesgo

La mayoría de la gente no siente el mismo impulso de salir y comprar un seguro o diversificar sus inversiones que el que les lleva a comprar un sofá o ropa nueva. Deberían tenerlo, pero no es así. Históricamente, las instituciones bancarias, de seguros y de inversiones han tenido que luchar una batalla cuesta arriba para que las personas, empresas y gobiernos paguen por la administración de riesgos. Sus éxitos, si bien impresionantes, siguen siendo incompletos: la gente todavía tiene dificultades para enfrentar los riesgos y las dificultades inherentes a su futuro económico.

Esta es la razón por la cual casi todos los países avanzados tienen programas de salud y seguridad social. Por supuesto, la gente no desconoce realmente los grandes riesgos de la vida. Simplemente los pasamos por alto debido a causas enraizadas en la sicología humana.

El vínculo entre el reconocimiento intelectual de los riesgos y los ímpetus de actuar contra ellos está mediado por el miedo: hemos sido programados a lo largo de millones de años de evolución para tomar medidas decisivas contra amenazas inmediatas y obvias. Si se aproxima un animal en actitud amenazante, sentimos miedo y ansiedad. La adrenalina fluye, nuestra atención se concentra y surge nuestro instinto de proteger a nuestras amistades y familias.

Pero los riesgos más remotos simplemente no estimulan nuestras emociones, de modo que a menudo posponemos indefinidamente el llevar a cabo acciones al respecto. También tememos los riesgos que reciben una elevada publicidad, especialmente los que nos pueden matar de maneras escalofriantes. Tras los ataques terroristas del 11 se septiembre de 2001 en los EEUU, muchos estadounidenses prefirieron conducir sus vehículos para desplazarse a otras ciudades en lugar de volar hacia ellas, incluso cuando las estadísticas mostraban que tomar un avión seguía siendo mucho más seguro. Mientras tanto, muchas de estas mismas personas se contaban entre los millones de estadounidenses que no se hacen un chequeo médico anual.

Medir los riesgos, especialmente los de largo plazo, que son los más importantes, es algo impreciso y difícil. Prácticamente ninguna de las estadísticas económicas que se miden en los medios de comunicación miden el riesgo. Para comprender completamemte el riesgo, debemos proyectar nuestra imaginación para pensar en todas las diferentes maneras en que las cosas pueden no funcionar, incluidas los elementos que no están en nuestra memoria reciente. Debemos protegernos contra falacias tales como el pensar que un riesgo ya no existe sólo porque durante décadas no mostrado su capacidad de causar daños.

Además, hay otra barrera sicológica: una suerte de involucramiento del ego en nuestro propio éxito. Nuestra tendencia a tomar todo el crédito por nuestros éxitos nos hace no enfrentar la posibilidad de un fracaso o una pérdida, ya que considerar tales perspectivas pone en entredicho la satisfacción con nosotros mismos. En efecto, la autoestima es una de las más fuertes necesidades humanas: una visión de nuestro éxito en comparación con el de los demás nos da una sensación de significado y bienestar.

De manera que es terriblemente difícil aceptar lo tremendamente azarosa que es la vida, puesto que eso contradice nuestra profunda necesidad sicológica de contar con respuestas y con un orden. A menudo no protegemos las cosas que tenemos (como nuestras oportunidades de ganar ingresos y acumular riqueza) porque creemos erróneamente que nuestra superioridad natural se encargará de ello.

Esta tendencia es particularmente clara cuando se trata de políticas públicas. A los líderes de gobiernos les resulta difícil informar a la nación acerca de los riesgos económicos, porque es poco político cuestionar la autoestima de sus votantes. Pero nadie que enfrente el tema seriamente puede argumentar que la tremenda desigualdad entre las naciones del mundo refleja diferencias fundamentales en una capacidad inherente o un carácter nacional inmutable.

El PGB per cápita de la India en 2000, por ejemplo, fue sólo el 7% del de los EEUU. ¿Puede alguien creer que esto se debe a que los estadounidenses son 14 veces más listos o tienen un carácter 14 veces mejor que el de los indios? Obviamente, las posiciones relativas de estos dos países se deben a circunstancias que pueden cambiar, o que cambiarán en respuesta a los sucesos económicos y las decisiones políticas.

Pero los líderes de los países más ricos del mundo tienen grandes dificultades en abordar los riesgos de sus éxitos relativos de cara a los países menos desarrollados, ya que la autoestima nacional está demasiado ligada a ello. Los ciudadanos de los países avanzados simplemente no pueden creer (y no quieren que se les diga) que su estatus privilegiado puede desaparecer a menos que se den los pasos adecuados para asegurarse contra los riesgos que enfrentan.

Por ejemplo, los países más avanzados son escasamente menos dependientes del petróleo de lo que lo eran en 1973, cuando el embargo de la OPEC puso al límite sus economías e hizo que los precios se fueran a los cielos. A pesar de los esfuerzos ocasionales por lograr una mejor conservación, los países ricos siempre vuelven a los "negocios de todos los días".

La mayoría de las empresas no son mejores a la hora de administrar o incluso reconocer los diferentes tipos de riesgos que enfrentan sus trabajadores. Muchas tienen seguros y pensiones para sus empleados, pero también les estimulan a que crean que los recibirán por siempre e incluso a que inviertan en acciones de la empresa. Cuando un empleado es despedido en la mitad de su vida o la empresa cae en bancarrota, el riesgo repentinamente materializado puede convertirse en un "shock" inesperado.

Está claro que crear programas obligatorios de seguridad social y seguros de salud y una red de seguridad para los pobres ha ayudado a superar los riesgos más fundamentales que enfrenta la gente. El problema es la falta de una política coherente para asegurar que las personas estén protegidas contra una gama más amplia de riesgos económicos para sus ingresos, inversiones y hogares.

De modo que es necesario diseñar nuevas instituciones de administración de riesgos. Deberían usar los mercados, en lugar de las garantías estatales, y si bien no deberían ser obligatorias, tendrían que estar diseñadas de acuerdo con las limitaciones sicológicas de los seres humanos, de modo que la gente las use. Sabemos lo suficiente acerca de la percepción de riesgos para reconocer que ayudar a que la gente enfrente los riesgos de la vida moderna requiere apelar tanto a sus corazones como a sus cabezas.

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