Wednesday, October 1, 2014
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Por qué sobrevive Musharraf

Las recientes amenazas de parte de la administración Bush de recortar miles de millones de dólares en ayuda a Pakistán generaron pánico en los círculos oficiales. Por otra parte, según el embajador paquistaní en Washington, los ataques militares norteamericanos contra refugios de Al-Qaeda y de los talibanes dentro de las zonas tribales paquistaníes desestabilizarían a Pakistán y "posiblemente derrocarían al general Pervez Musharraf". Ahora bien, ¿cuán preocupadas deben estar, realmente, las autoridades paquistaníes frente a la creciente presión norteamericana para erradicar a los militantes islámicos?

Dejando de lado las frustraciones ocasionales, en realidad es improbable que Estados Unidos se manifieste en contra de un aliado fiel –y dependiente-, en especial un aliado cuyo líder mantiene relaciones personales cordiales con Bush. Y, por una falta de oposición organizada, el enojo público frente a la política pro-norteamericana de Musharraf tampoco desestabilizará a su régimen. De hecho, el artero general-presidente no sólo sobrevive a una crisis tras otra, sino que se fortaleció en el poder.

¿Cómo lo hace? La respuesta reside en una estrategia finamente pulida, perfeccionada con el correr de los años, que contemporiza entre las demandas norteamericanas y los intereses de los jefes de inteligencia locales, los mullahs, los líderes tribales, los políticos venales y una serie de cazafortunas. Redes de intriga y protagonistas sombríos oscurecen los detalles, pero las prioridades son inconfundibles.

En primer lugar, debe mantenerse a raya la impaciencia norteamericana. Se espera de Pakistán que ofrezca resultados sobre Al-Qaeda y los talibanes. Sin embargo, no hay que gastar los cartuchos de un solo tiro. Por ejemplo, cuando Dick Cheney, el vicepresidente norteamericano, llegó a Islamabad a principios de marzo, con la amenaza de recortar la ayuda e iniciar una acción norteamericana directa contra los militantes islámicos, su mensaje no cayó en saco roto. Poco antes de que su avión aterrizara, Pakistán anunció la captura en Quetta del mullah Obaidullah, segundo del mullah Omar, el elusivo jefe talibán. Por Obaidullah se ofrecía una recompensa de 1 millón de dólares y fue el talibán de mayor jerarquía que se capturara desde noviembre de 2001.

La captura de Obaidullah –ejecutada a regañadientes- subraya la relación ambigua del ejército paquistaní con los talibanes. A pesar de las más de 700 muertes paquistaníes en combate, muchos en el ejército de Musharraf desean conservar a los talibanes como cuasi-aliados que, el día que los norteamericanos se vayan de Afganistán, le puedan dar a Pakistán la “profundidad estratégica” que necesita contra la India. Por lo tanto, muy a pesar del presidente de Afganistán, Hamid Karzai, Quetta sigue siendo un eje de oposición talibán a su régimen.

Un segundo aspecto de la estrategia de Musharraf consiste en crear relaciones de beneficio mutuo con los islamistas. Este es un asunto tramposo. Musharraf no puede permitir que los mullahs se vuelvan demasiado fuertes. Los mullahs, por otro lado, consideran que Musharraf es un agente del gran Satanás, Estados Unidos, y, por ende, un traidor del Islam.

De todas maneras, los hombres de Musharraf se las ingeniaron para quebrar al principal partido de oposición islámico, Muttahida Majlis-e-Amal (MMA), mediante sobornos, chantaje y disenso interno fomentado por infiltrados. Como parte de la negociación, los líderes terroristas que están oficialmente bajo arresto domiciliario –como Maulana Masood Azhar y Hafiz Saeed- pueden seguir abriendo oficinas, pronunciando discursos en manifestaciones y predicando la jihad libremente.

Este tipo de apaciguamiento tiene un precio. Esto resulta claro en Islamabad, donde en los últimos dos meses, estudiantes armados con Kalashnikovs desafiaron abiertamente al Estado, tras una orden del gobierno de demoler decenas de mezquitas y seminarios construidos ilegalmente. Amilanados por el frenesí de los estudiantes, el gobierno dio un traspié y finalmente cedió. En una marcha atrás dramática, el ministro de Asuntos Religiosos de Musharraf, hijo del ex dictador general Zia ul-Haq, prometió reconstruir las mezquitas dañadas y hasta depositar simbólicamente la primera piedra en el sitio de la construcción.

El tercer elemento de la estrategia de Musharraf es más positivo: él sabe que debe hacer algún bien –y que también tienen que verlo haciéndolo-. Esto es crucial para su imagen de líder mundial que surgió recientemente y que promete moderar al Islam en un océano de extremismo.

Algunos de los logros de Musharraf son significativos. Las relaciones con la India mejoraron, se redujo la insurgencia de Cachemira respaldada por Pakistán, se sancionó un proyecto de ley de protección de las mujeres a pesar de la oposición islámica y se le bajó el tono a un programa virulento en las escuelas públicas que enfatizaba la jihad y el martirio.

Pero los hombres que viven en el imperio de las armas están dispuestos a morir en el imperio de las armas, y Musharraf no corre riesgos. El sabe que la verdadera amenaza para su poder –y para su vida- proviene de adentro del país, del ejército. En consecuencia, empezó a ocuparse obsesivamente de todo, desde los desplazamientos de las tropas y los acontecimientos especiales hasta los nombramientos y las promociones: todo esto requiere de su sello de aprobación personal. Los islamistas de línea dura, antes favorecidos, ahora quedaron afuera y los soldados acusados de insurrección han sido condenados a la pena de muerte.

Si bien esto agravó aún más las divisiones pro y anti-norteamericanas dentro del ejército, tanto entre oficiales como suboficiales de las fuerzas armadas, Musharraf claramente aspira a quedarse en la presidencia mucho más allá de las elecciones de octubre de 2007, así como a extender su mandato de liderazgo del ejército. Para lograr este objetivo, se hará lo que sea necesario hacer; los principios y las reglas son elásticos.

Uno habría pensado que los norteamericanos no serían tan tontos como para apostar todo a un hombre que mañana podría no estar. Pero, más allá de entregar dólares y apoyar a Musharraf y a su ejército, Estados Unidos parece desorientado a la hora de tratar con Pakistán y sus problemas de desarrollo social. Siendo la derrota de Al Qaeda y de los talibanes el único objetivo visible de Estados Unidos, no es de sorprender que Estados Unidos siga siendo tan impopular entre los paquistaníes, lo que obliga a Musharraf a mantener su peligroso acto de equilibrio.

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