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Razones por las que Alemania debe dirigir o marcharse

NUEVA YORK – Europa ha estado padeciendo una crisis financiera desde 2007. Cuando la quiebra de Lehman Brothers puso en peligro el crédito de las entidades financieras, se substituyó el crédito privado por el del Estado, lo que reveló un fallo no reconocido en el euro. Al transferir al Banco Central Europeo (BCE) su derecho a acuñar moneda, los países miembros se expusieron al riesgo de suspensión de pagos, como los países del Tercer Mundo profundamente endeudados en una divisa extranjera. Los bancos comerciales cargados de bonos estatales de países débiles resultaron potencialmente insolventes.

Hay un paralelismo entre la actual crisis del euro y la crisis bancaria internacional de 1982. Entonces, el Fondo Monetario Internacional salvó el sistema bancario mundial prestando justo el dinero necesario a los países profundamente endeudados; se evitó la suspensión de pagos, pero a costa de una depresión duradera. América Latina sufrió un decenio perdido.

Alemania está desempeñando el mismo papel hoy que el FMI entonces. El marco difiere, pero el efecto es el mismo. Los acreedores están haciendo recaer todo el peso del ajuste sobre los países deudores y evitando su propia responsabilidad.

La crisis del euro es una mezcla compleja de problemas bancarios y de deuda soberana, además de divergencias en los resultados económicos que han creado desequilibrios de las balanzas de pagos dentro de la zona del euro. Las autoridades no entendieron la complejidad de la crisis y menos aún vieron una solución, por lo que intentaron ganar tiempo.

Normalmente, funciona. Los pánicos financieros remiten y las autoridades consiguen un beneficio con su intervención, pero no así esta vez, porque los problemas financieros se han combinado con un proceso de desintegración política.

Cuando se creó la Unión Europea, fue la encarnación de una sociedad abierta: una asociación voluntaria de Estados iguales que cedieron parte de su soberanía por el bien común. La crisis del euro está convirtiendo ahora a la Unión Europea en algo fundamentalmente diferente, al dividir a los países miembros en dos clases –acreedores y deudores– y ser los acreedores los que mandan.

Como país acreedor más fuerte, Alemania se ha erigido en el hegemón. Los países deudores pagan importantes primas de riesgo por la financiación de su deuda estatal, lo que se refleja en el costo de su financiación en general. Para colmo de males, el Bundesbank sigue comprometido con una doctrina monetaria anticuada y arraigada en la traumática experiencia de Alemania con la inflación. A consecuencia de ello, sólo reconoce la inflación como una amenaza a la estabilidad y pasa por alto la deflación, que es la auténtica amenaza actual. Además, la insistencia de Alemania en la austeridad para los países deudores puede resultar fácilmente contraproducente al aumentar la proporción de la deuda a medida que baje el PIB.

Existe un peligro real de que una Europa con dos niveles se vuelva permanente. Los recursos humanos y financieros se verán atraídos hacia el centro y la periferia quedará permanentemente reprimida, pero ésta, descontenta, está a punto de estallar.

La tragedia de Europa no es consecuencia de una trama perversa, sino que se debe más bien a una falta de políticas coherentes. Como en las antiguas tragedias griegas, los errores y la pura y simple falta de comprensión han tenido consecuencias fatales, aunque no deseadas.

Alemania, como mayor país acreedor, está al mando, pero se niega a asumir responsabilidades suplementarias; a consecuencia de ello, se han desaprovechado todas las oportunidades de resolver la crisis. Ésta se propagó desde Grecia hasta otros países deficitarios hasta poner en entredicho la propia supervivencia del euro. Como una ruptura del euro causaría un daño inmenso, Alemania hace siempre el mínimo necesario para mantener la integridad del euro.

Muy recientemente, la Canciller alemana, Angela Merkel, ha respaldado al Presidente del BCE, Mario Draghi, con lo que ha dejado aislado al Presidente del Bundesbank, Jens Weidman, lo que permitirá al BCE frenar los costos del endeudamiento de los países que se sometan a un programa de austeridad supervisado por la Troika (el FMI, el BCE y la Comisión Europa). Así se salvará el euro, pero se dará también un paso hacia la división permanente de Europa en deudores y acreedores.

Tarde o temprano, los deudores acabarán rechazando una Europa con dos niveles. Si el euro se rompe desordenadamente, el mercado común y la UE quedarán destruidos, con lo que Europa se encontrará peor que cuando se inició la operación para unirla, a causa de un legado de desconfianza y hostilidad mutuas. Cuanto más tarde en producirse la ruptura, peor será el resultado final. Así, pues, es el momento de examinar opciones substitutivas que hasta hace poco habrían sido inconcebibles.

A mi juicio, la mejor opción es la de convencer a Alemania para que elija entre encabezar la creación de una unión política con un reparto auténtico de las cargas o abandonar el euro.

Como toda la deuda acumulada está denominada en euros, la diferencia estribará en quién se quede al mando de la unión monetaria. Si Alemania se marchara, el euro se depreciaría. Los países deudores recuperarían su competitividad; su deuda disminuiría en términos reales y, con el control del BCE, la amenaza de suspensión de pagos desaparecería y sus costos de endeudamiento disminuirían hasta niveles comparables con los del Reino Unido.

En cambio, los países acreedores padecerían pérdidas en sus títulos e inversiones denominados en euros y afrontarían una competencia más dura por parte de otros miembros de la zona del euro. La magnitud de las pérdidas de los países acreedores dependería del grado de la depreciación, lo que les infundiría interés en mantener la depreciación dentro de unos límites.

Después de las dislocaciones iniciales, el resultado final haría realidad el sueño de John Maynard Keynes de un sistema monetaria internacional en el que tanto los acreedores como los deudores compartan la responsabilidad de mantener la estabilidad y Europa eludiría la depresión en ciernes.

Se podría obtener el mismo resultado, con un costo menor para Alemania, si ésta optara por actuar como un hegemón benévolo, lo que significaría aplicar la propuesta unión bancaria europea, establecer un campo de juego más o menos igual entre países acreedores y deudores mediante la creación de un Fondo de Reducción de la Deuda y en su momento convirtiendo toda la deuda en eurobonos, además de fijar un crecimiento nominal del PIB de hasta el cinco por ciento, para que, al crecer, Europa pudiera deshacerse de su excesivo endeudamiento.

Tanto si Alemania decide dirigir como si decide marcharse, cualquiera de las dos opciones sería mejor que la creación de una insostenible Europa con dos niveles.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.