MUNICH – “¿Dónde está Angela?” es la pregunta que The Economist formuló, cuando Nikolas Sarkozy, Gordon Brown y José Manuel Barroso se reunieron para preparar un plan europeo de estímulo económico sin que la Canciller Merkel estuviera presente. De hecho, Alemania es actualmente la aguafiestas en la competencia por proporcionar miles de millones para impedir un desmoronamiento de la economía mundial. ¿Por qué vacila tanto Alemania cuando se trata de programas de estímulo económico?
Una teoría popular es la de que, dada la orientación de los economistas alemanes, partidarios de la economía de la oferta, hay poco entusiasmo por las prescripciones keynesianas, propias de la economía de la demanda, pero ningún economista alemán se ha pronunciado en contra de un programa de estímulo económico y muchos son partidarios de él. Mientras que en los Estados Unidos la teoría keynesiana ha desaparecido en gran medida de los libros de texto, en Alemania sigue enseñándose por todas partes. Los economistas alemanes, a diferencia de sus colegas americanos, nunca han abandonado las políticas keynesianas, como modo de luchar contra los déficits de la demanda. Además, los políticos alemanes raras veces siguen los consejos de los economistas alemanes.
Una segunda hipótesis está más próxima de la verdad: el descenso de la actividad económica alemana hasta ahora no ha sido tan fuerte como en otros países.
Alemania no tenía una burbuja inmobiliaria que amenazara con estallar, como Gran Bretaña, Irlanda, España y Francia. Alemania se ha visto afectada sólo indirectamente por el descenso de la demanda mundial de productos alemanes, lo que explica una importante diferencia temporal en el ciclo económico.
Mientras que en los EE.UU. el desempleo ha estado aumentando durante un año y medio, Alemania disfruta actualmente de su más baja tasa de desempleo en dieciséis años. Las industrias alemanas de la construcción y minorista siguen estables, como muestra la última encuesta del Instituto Ifo, y el mundo entero está beneficiándose de esa estabilidad, pues Alemania ocupa el segundo puesto del mundo, después de los Estados Unidos, por su volumen de importaciones de bienes y servicios. Mientras que las importaciones de los EE.UU. están disminuyendo rápidamente, las importaciones alemanas se mantienen... sin plan de estimulo económico alguno. Ésa es la razón por la que muchos alemanes se preguntan si las críticas extranjeras son justas.
Desde luego, la recesión mundial afectará a Alemania con toda su fuerza. El Instituto Ifo ha pronosticado que el PIB se reducirá en un 2,2% en 2009, pero esa reducción se deberá primordialmente al descenso de las exportaciones, una gran parte de las cuales consiste en bienes de inversión, además de la reducción de la inversión interna en equipo.
Se trata de sectores en los que el Estado no puede hacer gran cosa para ayudar. Puede reducir los impuestos para estimular el consumo y puede invertir en la construcción, pero actualmente esos sectores necesitan poca ayuda, exceptuada tal vez la industria automovilística. Naturalmente, esta situación podría cambiar rápidamente. Cuando los efectos de la segunda ronda afecten al sector interno durante 2009, será necesario un programa de estímulo. Desde la perspectiva alemana, el mejor momento para semejante programa sería el otoño del año próximo. Si se gasta el dinero ahora, la economía podría recalentarse en algunos sectores, lo que no ayudaría a nadie.
Paul Krugman, que ha lanzado críticas acerbas al Gobierno de Alemania, debería tenerlo presente. Krugman es un economista excelente. Está en lo cierto en principio al pedir un importante plan de estímulo económico por parte del Gobierno alemán que supere los 35.000 millones de euros ya previstos, pero no debe pasar por alto el desfase temporal entre los ciclos económicos alemán y americano. Alemania debe preparar su programa de estímulo económico ahora y aplicarlo cuando llegue el momento.
Una tercera hipótesis para explicar la vacilación de Alemania es la desconfianza del mecanismo de redistribución de la Unión Europa. Cuando Sarkozy y otros dirigentes de la UE piden la participación de Alemania en un plan de rescate y estímulo económico, una razón es la de que esperan que vuelva a corresponder a Alemania la parte del león de los costos. Por ejemplo, de los 5.000 millones de ampliación de los Fondos de Cohesión aprobados en diciembre de 2007 Alemania no ha recibido nada, pero carga con el 20 por ciento de los costos.
Los alemanes han sido siempre partidarios entusiastas de la UE, sobre todo porque esperaban que una identidad europea compensara su dañada identidad nacional. Por eso, siempre que se ha planteado una reestructuración de la UE, siempre han aceptado un nivel de influencia menor en relación con el tamaño de su país. Aunque la proporción correspondiente a Alemania de la población de la UE es el 17 por ciento, recibe el 13 por ciento de los derechos de voto en el Parlamento de la UE. La parte que le corresponde en el Consejo de Ministros, órgano más importante, es sólo el 8 por ciento, la misma que la de los franceses, cuyo proporción en la población es el 13 por ciento.
El ex presidente francés Jacques Chirac no vaciló en justificar ese desequilibrio con una referencia a la segunda guerra mundial, que los alemanes aceptaron, pero su entusiasmo tiene límites. Al fin y al cabo, aparte de su infrarrepresentación política, la contribución anual de Alemania al presupuesto de la UE (en el caso más reciente, 7.400 millones de euros) hace del país con mucha diferencia el mayor contribuyente neto. Alemania financia el 20 por ciento del presupuesto de la UE, pero sólo recibe el 12 por ciento de su gasto. Si se aumenta aún más el presupuesto de la UE sin reducir la contribución neta de Alemania ni reducir el desfase entre su financiación y sus derechos de voto, su buena disposición podría agotarse.
Por esas razones, las reservas alemanas se refieren también al gobierno económico europeo que propugna Sarkozy y que una vez más sería financiado más que proporcionalmente con dinero alemán. Sarkozy considera un gobierno económico de la UE una forma de preservar su dirección de la UE, después del final de la presidencia francesa del Consejo, que ya toca a su fin. Aunque la República Checa se hará cargo de la presidencia de la UE en enero, no por ello el Presidente francés ha dejado de convocar una nueva cumbre de la UE bajo la dirección de Sarkozy en la primera mitad de 2009.
Esa afrenta no sólo va a poner a prueba la tolerancia checa, sino también la de Merkel. Al final, ésta cederá ante los deseos de Sarkozy para no poner en peligro sus posibilidades de reelección en septiembre por un conflicto con los franceses, pero lo hará, seguro, con los puños apretados.


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