OSLO - La pobreza no es sólo no tener suficiente dinero. Tiene que ver también con la explotación y la opresión, y con los conflictos armados y las guerras que hacen imposible llevar un negocio, visitar al médico o enviar a los hijos a la escuela. En resumen, la pobreza es un problema político y tiene directa relación con la necesidad de idear soluciones políticas a sus causas subyacentes, lo que implica más que dar dinero.
El mundo ha cambiado mucho desde 2000, cuando la comunidad internacional adoptó la Declaración del Milenio y los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). Se ha producido un importante cambio de orden geopolítico, en que países que anteriormente eran considerados lo suficientemente pobres para recibir ayuda se han transformado en mercados emergentes que dan impulso a la economía mundial. El poder también ha cambiado en el escenario político global, en que la crisis financiera mundial ha catalizado el surgimiento del G-20.
Si la lucha contra la pobreza se ha de basar en nuestro camino de crecimiento tradicional con altas emisiones de gases de carbono, las consecuencias climáticas serán devastadoras, incluso si las partes más ricas del mundo se deshicieran de todas las emisiones actuales. El resultado serían inundaciones, sequías, una marcada baja en la producción de alimentos, y una gran pérdida de nuestra preciosa biodiversidad. Todo esto, obviamente, llevaría a un aumento dramático de la pobreza en todo el mundo pero, como siempre, los países más pobres serían los más afectados.
Sin embargo, no combatir la pobreza es tal vez una peor opción. No permitir el acceso a la energía significaría no sólo negar a mil millones de personas la satisfacción de sus necesidades y derechos básicos, sino también que se talará más madera para obtener leña, dando como resultado deforestación y desertificación.
El compromiso de los países ricos con la lucha contra la pobreza mundial se ha basado siempre en la justicia y un imperativo moral. Sin embargo, nuestra experiencia durante esta primera década del siglo XXI ha dejado claro que para lograr un futuro seguro es también necesario luchar contra la pobreza.
Como ministro de Noruega de medio ambiente y desarrollo desde el año 2007, me reúno con ministros de otros países con ambas carteras, y me ha sorprendido ver cómo ambos grupos llevan vidas tan distintas. Cada uno tiene su propio conjunto de objetivos importantes, su propio análisis de los retos del futuro, sus propios planes estratégicos y, literalmente, su propio lenguaje. Mientras que cada uno reconoce la importancia de los objetivos del otro, a menos que hablen y actúen, ninguno alcanzará sus objetivos.
Mientras tanto, las negociaciones del clima mundial - hoy por hoy el principal foro mundial de reunión de expertos y autoridades del desarrollo y el medio ambiente- han demostrado que ha pasado la era de la hegemonía global de Occidente. El llamado mundo en desarrollo contiene algo que queremos: grandes bosques vírgenes que son vitales para nuestra existencia futura.
Estos países pueden elegir un camino diferente para el crecimiento tecnológico, basado en estrategias de bajas emisiones de carbono y principios ecológicos. Es un camino que necesitamos desesperadamente que elijan, pero que también significa un poder de negociación de los países más pobres mayor que el que nunca hemos visto. Será un reto, pero tal vez también un ejercicio saludable para nuestro futuro común.
Las cantidades de dinero necesarias para el desarrollo, el mantenimiento de la paz, la adaptación al cambio climático y la mitigación del mismo serán enormes, y hemos estado debatiendo durante años el nivel apropiado de ayuda. Pero, si bien ésta es importante, la financiación pública de los países desarrollados nunca será suficiente, incluso si cumpliéramos todos nuestros compromisos.
A lo largo de la última década, el financiamiento innovador se ha convertido en el nuevo término de moda, y no sólo para el desarrollo. Como parte de las negociaciones sobre el clima, se han sugerido nuevos mecanismos para la movilización de fondos, de los cuales quizás los más conocidos son los gravámenes sobre el transporte aéreo y los impuestos a las transacciones financieras. La gran innovación de tales esquemas de financiación es que pagarían las personas más ricas, sin importar la posición económica de sus respectivos países.
Pero el más importante de todos los flujos financieros son los fondos ilícitos que salen de tantos países en desarrollo, que la Red de Justicia Fiscal estima en alrededor de diez veces la ayuda al desarrollo que reciben. Gran parte de este dinero proviene de operaciones financieras transfronterizas vinculadas a actividades ilícitas, de las cuales las ganancias del crimen organizado y el tráfico de drogas, armas y seres humanos constituyen una parte sustancial. Por otra parte, mientras que grandes sumas de dinero desaparecen a través del fraude, la corrupción, el soborno, el contrabando y el lavado de dinero, la mayor parte de los flujos financieros ilícitos está relacionado con transacciones comerciales, a menudo dentro de empresas multinacionales, con el propósito de evadir impuestos.
Estos flujos han sido posibles principalmente por los paraísos fiscales, por lo que la lucha contra la pobreza mundial debe ser también una lucha contra ellos. Los paraísos fiscales hacen más rentables los delitos económicos, y la única manera de luchar contra ellos es la adopción de acuerdos mundiales en materia de transparencia en las transferencias financieras, que deben englobar también a las empresas sobre una base de país a país.
Debemos tener cuidado de no engañarnos a nosotros mismos con la creencia de que los ODM se puedan alcanzar únicamente a través de ayuda al desarrollo. Las políticas más amplias de lucha contra la pobreza se deben situar al tope de la agenda internacional, junto con los tres factores más importantes para el desarrollo: el clima, los conflictos y el flujo de capitales.


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