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¿Quién rescatará al resto de nosotros?

SIDNEY – El rescate de los 33 mineros chilenos de lo que, según se temía, sería su tumba dio al mundo un motivo para lanzar vítores de entusiasmo. Al fin y al cabo, la esperanza no ha llegado a ser una virtud superflua en el siglo XXI, pero, si miramos en derredor, no parece haber muchas razones para el optimismo en otros sitios.

El mundo va camino de dar un bandazo hacia una guerra de divisas o incluso hacia el proteccionismo comercial, lo que amenaza con la destrucción de puestos de trabajo y crecimiento. La recuperación de la recesión por parte de los Estados Unidos es anémica y en gran medida sin creación de puestos de trabajo. Entretanto, China, con unas reservas de divisas que representan la mitad de su producción total, niega con la mayor seriedad que esté manipulando deliberadamente el valor del renminbi, de modo que su superávit comercial sigue aumentando vertiginosamente a costa de otros países.

Tampoco parece mínimamente cercana una solución mundial para la amenaza del cambio climático. Unas semanas de lluvias en Australia han envalentonado a quienes creen que el calentamiento planetario es un engaño gigantesco perpetrado por las Naciones Unidas o científicos conspiradores o incluso marcianos.

La guerra en el Afganistán sigue cobrándose vidas y dinero en el inhospitalario terreno de ese triste país y existen pocas posibilidades inmediatas de un posible éxito suficiente para que los Estados Unidos y sus aliados puedan retirarse. Además, en la puerta contigua, el Pakistán, siguen los problemas.

En Palestina, las colonias israelíes siguen creciendo y el Primer Ministro Benjamin Netanyahu pasa por alto las gestiones de Washington para conseguir impulsar el proceso de paz. Los europeos siguen mirándose el ombligo, obsesionados con sus problemas de competitividad en declive y de cómo costear unos derechos que han llegado a considerar inalienables.

Al aumentar la distancia entre los ricos y los pobres del mundo, el empobrecido Sur busca un hogar o un puesto de trabajo en el desarrollado Norte. La migración legal e ilegal desencadena la hostilidad de la extrema derecha en países que acostumbran a jactarse de sus compromisos con las libertades civiles.

Conque, como preguntó Lenin en cierta ocasión, ¿qué hacer?

Evidentemente, el mundo necesita una dirección política de la mayor calidad para sacarnos adelante. Necesitamos la clase de coraje que caracterizó a Margaret Thatcher. Necesitamos la extraordinaria capacidad de Bill Clinton para exponer un relato político que permitió a los votantes identificar sus intereses con los objetivos de él.

Necesitamos la comprensión por parte de Helmut Kohl de la necesidad de adoptar decisiones importantes en política y no equivocarse al hacerlo. Necesitamos a dirigentes con suficiente dominio de los detalles, como el último Primer Ministro de China, Zhu Rongji, que no sólo puedan decirnos cómo nos llevarán de la A la Z, sino que, además, puedan llevarnos, en efecto, de la A a la B.

Si miramos en derredor, dirigentes así parecen una especie extinguida o, si de verdad existen, parecen constreñidos por sistemas políticos que funcionan deficientemente. Su capacidad para actuar está limitada por su medio político.

El mejor ejemplo es el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, en quien se habían puesto tantas esperanzas: probablemente demasiadas para cualquier dirigente. Obama heredó unas guerras desastrosas y onerosas en el Afganistán y en el Iraq y una economía en pleno desplome. Sus intentos de reactivar la economía han aumentado inevitablemente el déficit, pero aún no se ha materializado ninguna recuperación en los mercados laboral y de la vivienda.

Ahora, Obama afronta una derrota en las elecciones de mitad de período en manos de republicanos cuyas políticas pasadas crearon muchos de los problemas que ahora lo abruman. Quieren un Estado menor, menores impuestos y un déficit menor, combinación que supuestamente se puede lograr sin dolor. Esos disparates sobre zancos se deben a candidatos chiflados que cuentan con el apoyo del Tea Party, que no es una referencia al Sombrerero Loco de Alicia en el país de las maravillas, como correspondería, sino a los bostonianos que se rebelaron contra la imposición de impuestos por la Gran Bretaña colonial en el siglo XVIII.

El resto del mundo necesita unos Estados Unidos fuertes, seguros de sí mismos y decisivos, pero su sistema político está a punto de producir un equilibrio de poder en Washington que probablemente creará un punto muerto y parálisis.

Entretanto, en Europa muchos de nuestros problemas quedan ejemplificados en lo que está sucediendo en Francia, donde el intento por parte del Presidente Nicolás Sarkozy de reconocer la realidad demográfica y fiscal aumentando la edad de jubilación de los 60 a los 62 años provocó una ola de huelgas y protestas tormentosas por parte de trabajadores y estudiantes. ¿Acaso no resulta profundamente deprimente que jóvenes de 18 años de edad se manifiesten en relación con la edad de la jubilación? ¿Cómo diablos han podido adquirir esa mentalidad estatista y conservadora?

Entonces tal vez Asia sea la respuesta. Tal vez el estratega Kishore Mahbubani, afincado en Singapur, tenga razón al desechar a Occidente y decirnos que el futuro radica en su continente.

Las pruebas al respecto no son concluyentes. La India es una democracia magnífica con un gobierno económicamente solvente y sectores con logros económicos reales, pero el fiasco en el período anterior a los Juegos del Commonwealth mostraron algunos de sus problemas, de los cuales una profunda corrupción y unas infraestructuras insuficientes no fueron los menores. Si se solucionaran esos problemas, la tasa de crecimiento de la India superaría la de China.

¿Y qué decir del Reino del Medio, con su auge actual? El otro día, en Bruselas su Primer Ministro, Wen Jiabao, regañó a los dirigentes europeos por instar a la revaluación del renminbi. ¿Acaso no entendían –sostuvo– que la consecuencia de ello serían cierres de fábricas y disturbios sociales en China?

En otros sitios, esa clase de alboroto tiene, naturalmente, válvulas de escape democráticas. Resulta más que extraño sostener que el resto del mundo tiene que afrontar una ventaja inherente para los exportadores chinos, porque su autoritario sistema político no puede afrontar cambio alguno. No es de extrañar que se crea que su impresionante Primer Ministro es partidario de una flexibilización política.

Del Este al Oeste, la política parece estar funcionando de un modo –dicho sea con diplomacia– no precisamente óptimo. Ahora bien, tal vez estemos de suerte porque la situación no sea peor. Los mineros chilenos sobrevivieron contra las dificultades, por lo que tal vez el resto de nosotros consigamos salir adelante también, pero, ¿quién exactamente es el encargado de la operación de rescate?

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