Monday, September 1, 2014
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¿Quién debería liderar el Banco Mundial?

WASHINGTON, DC – En junio, Robert Zoellick dejará de ser presidente del Banco Mundial, lo que plantea, una vez más, la espinosa cuestión de quién lidera a los mellizos de Bretton Woods (el Banco y el Fondo Monetario Internacional). Al momento de su nacimiento, John Maynard Keynes memorablemente advirtió que si estas instituciones no tenían buenos líderes "caerían en un sueño eterno, para no despertar nunca y sin que se volviera a oír hablar de ellas en las cortes y los mercados de la Humanidad".

Conseguir un buen líder, por supuesto, requiere de un cuidadoso proceso de selección. Hoy, sin embargo, el mundo está atrapado en una situación exactamente opuesta: un proceso sumamente anticuado por el cual Estados Unidos y Europa, a pesar de sus avatares económicos, retienen un monopolio sobre el liderazgo del Banco y del FMI, respectivamente.

Existe un consenso a regañadientes de que este sistema debería cambiar. Pero las fuerzas que perpetúan el status quo -la resistencia europea y estadounidense al cambio y la pasividad de los países de los mercados emergentes- siguen siendo poderosas, como ilustró la elección el año pasado de Christine Lagarde para liderar el FMI. La política de año electoral en Estados Unidos fortalecerá aún más estas fuerzas, ya que es improbable que la administración del presidente Barack Obama renuncie a un símbolo de poder global, algo que provocaría acusaciones de falta de liderazgo por parte de la oposición.

Sin embargo, de alguna manera, la parte sencilla es decir lo obvio: el Banco exige un nuevo proceso de selección que le permitirá elegir a la persona más calificada, más allá de su nacionalidad. La parte más difícil consiste en identificar las calificaciones necesarias para dirigir el Banco en un momento en el que su papel debe adaptarse a cambios globales de amplio alcance.

Por primera vez en mucho tiempo, una cantidad significativa de países pobres están acercándose a las economías avanzadas, y la lista de éxitos en materia de desarrollo es cada vez más extensa. Eso significa que cada vez más países pobres dejarán de necesitar los préstamos concesionales del Banco.

El Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, la agencia de préstamo no concesional del Banco, bien puede conservar su razón de ser, especialmente porque las tres cuartas partes de los pobres del mundo hoy residen en países de ingresos medios. Pero un mejor acceso a la financiación privada obligará a un replanteo de los métodos del BIRD y de la magnitud de su financiamiento. Por ejemplo, los países pueden querer que el Banco siga ofreciendo asesoramiento neutro y fije patrones en cuanto a obtención y calidad, pero sin los altos costos por transacciones que se han convertido en el sello de las finanzas del Banco.

Al mismo tiempo, muchos de los desafíos en materia de desarrollo en el futuro previsible -el cambio climático, la baja productividad agrícola, la creciente escasez de agua- son cada vez más globales en su naturaleza. De cara al futuro, el Banco tendrá que pasar de prestarles a los gobiernos a financiar la provisión de bienes públicos globales.

Un mundo en desarrollo más exitoso también le plantea un desafío intelectual al Banco en su carácter de custodio de la investigación y la elaboración de políticas en el campo de la economía del desarrollo. El Banco, que se ha nutrido esencialmente de los centros de aprendizaje con sede en Estados Unidos, ya no puede ofrecer un modelo único o imponer condiciones a partir de un esquema universal. Es justo decir que el Banco abrazó el mensaje de eclecticismo, pero un nuevo líder tendrá que avanzar un paso más, prestándole mayor atención a los contextos y demandas específicos de los prestatarios individuales y aprendiendo de un conjunto más amplio de experiencias de desarrollo exitosas.

Los principales accionistas del Banco también enfrentan una decisión difícil. Si creen que el Banco tiene un futuro trascendente al que vale la pena respaldar, son los países de rápido crecimiento de los mercados emergentes, no el Occidente endeudado, los que pueden proporcionar los recursos (esto involucra a China, por supuesto, pero incluso Brasil y la India tienen crecientes programas de ayuda). A cambio, y con todo derecho, demandarán una mayor participación en la conducción del Banco, especialmente si el foco de la institución vira hacia los bienes públicos globales.

Pero si las potencias del status quo son renuentes a ceder el control, el sistema de financiamiento internacional oficial establecido por Bretton Woods se fragmentará cada vez más. Países como China sentirán reforzada su idea de que manejarse solos es la mejor opción, lo que tendría consecuencias adversas para el multilateralismo.

Estos cambios dramáticos y desafíos desalentadores implican que el próximo presidente del Banco Mundial tendrá que ser alguien cuya tarea principal sea la de iniciar y sustentar el cambio al mismo tiempo que genera respaldo y legitimidad entre todos los miembros del Banco. El o ella también requerirá una capacidad comprobada para el liderazgo político y una convicción esencial de que el Banco necesita una nueva visión y avanzar hacia adelante.

El procedimiento de selección actual está perdiendo legitimidad en un mundo cambiante y conlleva mayores riesgos de un mal resultado: un candidato no apropiado. Las consecuencias de conservarlo tal vez no sean tan dramáticas como profetizó Keynes, pero existe una posibilidad real de que el Banco se anquilose convirtiéndose en una institución cuyos donantes del G-7 cada vez más empobrecidos dispensen cantidades de dinero progresivamente menores a través de los mismos métodos cuestionables a una cantidad cada vez menor de suplicantes.

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