El asesinato multitudinario del Ministro de Aviación de Afganistán (quizá incitado por miembros de la propia administración temporal de Afganistán) muestra que la sociedad afgana sigue estando profundamente fisurada. Las primeras reformas del ejército afgano sólo harán esas divisiones más amplias.
El Ministro de la Defensa de la administración temporal de Hamid Karzai en Kabul ya nombró a los oficiales más altos de ese nuevo ejército. El ministro, el general Mohammed Fahim, es un tayik del distrito Panjshir en el norte del país que hace tres meses asumió el comando de las fuerzas de la Alianza del Norte que capturaron Kabul después de que los bombarderos estadounidenses les aclararon el camino. En conjunto, sus nombramientos plantean un reto directo al objetivo que tiene el Sr. Karzai de reunificar al país.
Afganistán es una nación multiétnica, siendo los pashtun el grupo más grande, con dos quintas partes del total. Los hazara y los tayik constituyen cada cual cerca de una quinta parte de la población. De treintaiocho oficiales elevados al rango de general por el Sr. Fahim, treintaisiete son tayik y el otro uzbek. Si alguno de los quince a diecisiete millones de pashtun del país es reclutado como soldado, servirá bajo una estructura de comando formada casi en su totalidad por tayiks. El idioma de los pashtun, sin embargo, es tan distinto del tayik como el español del inglés y millones de los pashtun en edad de servir en la milicia saben sólo un soplo de tayik, en el mejor de los casos.
El perfil geográfico del nuevo liderazgo militar es tan angosto como su constitución étnica. Treintaicinco de los treintaiocho oficiales de más alto rango proceden de una pequeña área al norte de Kabul, constituída por la provincia Parwan (en la que se localiza el aeropuerto de Bagram) y por el valle Panjshir, que por largo tiempo fue la plaza fuerte de la Alianza del Norte. Puesto de otra manera, los líderes potenciales de veintisiete de las veintinueve provincias de Afganistán fueron excluídos de la nueva élite militar del país.
Quizá un grupo con una base de tan poca variedad podría no dar la impresión de que sus miembros conforman una hermética pandilla si representaran a una amplia sección cruzada de los doce o más partidos políticos del país. Pero ese no es el caso. Dieciocho de los treintaiocho altos comandantes vienen de un partido, el Jamiat-e-Islami, la facción islámica encabezada desde hace mucho por el mulá y exprofesor de teología Burhanuddin Rabbani. Este fue el partido que gobernó Kabul a mediados de la década de 1990, originando el derramamiento de sangre y el caos que hizo que la mayoría de los afganos dieran la bienvenida al Talibán.
Casi igualando la cantidad de miembros del Jamiat en la jerarquía militar, están los comunistas. Dieciseis de los treintaiocho han estado mucho tiempo alineados con ese partido, cuyas estratagemas de finales de los años setenta llevaron a la invasión soviética de 1979-89, la que costó dos millones y medio de vidas afganas. Hoy en día la mayoría de los afganos ven a los comunistas con la misma simpatía que los checos o los polacos reservan para los nacionalsocialistas de Hitler.
Cierto, la gente en Afganistán, como en todas partes, se unió al Partido Comunista por diversas razones y de ningua manera eran todos partidarios de las ideologías estrictas. Pero en el caso de los generales del general Fahim seis fueron empleados profesionales del Partido Comunista y siguieron trabajando para él después de la invasión del Ejército Rojo.
Los seis, además de otros tres comunistas que sirvieron como oficiales del ejército afgano, colaboraron activamente durante la década de ocupación soviética de Afganistán. Imaginemos cómo habrían reaccionado los franceses si una cuarta parte del cuerpo de oficiales existente en Francia en la postguerra hubiera tomado el bando de la Wehrmacht cuando ocupó su país. En Afganistán las noticias viajan rápido de boca en boca. Los nacionalistas afganos (entre los que se cuentan casi todos los afganos) descubrirán pronto los antecedentes políticos de los miembros del círculo interno del general Fahim, si es que no los conocen ya.
Incluso esta sobrecogeedora evidencia de unipartidismo y predisposición en la formación del alto comando del nuevo ejército podría ser neutralizada si los generales brindaran profesionalismo y compromiso a los valores patrióticos de una verdadera fuerza armada nacional a través de su trabajo. Desafortunadamente, sólo diez de los treintaiocho militares promovidos por Fahim han fungido como oficiales militares profesionales. Un undécimo sirvió como piloto. En contraste, veinticuatro del total (los antecedentes de los restantes cuatro son desconocidos) vienen de la sociedad civil, con cualesquiera profesiones, o de las oficinas del Partido Comunista o, en uno de los casos, de hacer carrera como mulá.
¿Qué significan todas esas estadísticas en términos de la realidad diaria? Significan que cuando los comandantes de las fuerzas internacionales para la paz en Afganistán, así como los militares y los diplomáticos estadounidenses, conozcan al Ministro Asistende de la Defensa de Afganistán se encontrarán con Abdul Rashid Dostum, un notablemente brutal y corrupto comandante militar y comunista que se mantiene en contacto con viejos amigos del Ejército Rojo aún en servicio en Moscú. Significa que el Jefe de las Fuerzas Armadas afganas, así como el Jefe de Operaciones y el Jefe de Inteligencia Militar, son también comunistas, hombres cuya lealtad es incierta y de quienes desconfían la mayoría de los afganos.
¿Es ese un equipo que tendría la posibilidad de unificar al Afganistán fragmentado por la guerra? ¿Inspirará la presencia en Kabul de tan dudable tripulación, confianza en los tres cuartos de la población de Afganistán que han sido excluídos del alto comando del ejército? ¿O es esa lista, más bien, cosecha de un acercamiento a la gobernabilidad del tipo "todo para el ganador" que está destinado (en algún punto futuro) a desencadenar otro sangriento revés nacional en manos de aquellos cuyos intereses legítimos han sido cínicamente atropellados? Los estadounidenses, europeos y personas de las Naciones Unidas encargados de la definición de políticas deberían ponderar esos cuestionamientos antes de permitirse consentir una despiadada toma de poder a cargo de una pequeña e impopular minoría.


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