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¿Qué tiene de malo el terrorismo?

En todo el mundo la gente reacciona con un horror visceral ante los ataques en contra de civiles que perpetran Al Qaeda, los suicidas palestinos, los separatistas vascos o chechenos o los militantes del ERI. Como parece que ahora hay una pausa en la racha de bombazos suicidas y otros actos terroristas (aunque sea temporal) tal vez sea el momento de plantear una pregunta fundamental: ¿qué es lo que hace que los asesinatos terroristas sean más dignos de condena que cualquier otra forma de asesinato?

El oprobio particular que se asocia con la palabra "terrorismo" debe entenderse como una condena de los medios, no de los fines. Por supuesto, quienes condenan los ataques terroristas en contra de civiles también rechazan con frecuencia los fines que quieren alcanzar. Piensan que un Estado vasco, o el retiro de tropas estadounidenses del Medio Oriente, por ejemplo, son metas que nadie debería buscar, y mucho menos por medios violentos.

No obstante, la condena no depende del rechazo a los fines de los terroristas. Las reacciones ante los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington y otros similares subrayan que esos medios son indignantes, sin importar el fin; no se deberían de utilizar ni siquiera para alcanzar un fin bueno, incluso si no hay otra forma de lograrlo. El equilibrio normal entre costos y beneficios no es permisible en esos casos.

Esta afirmación no es tan sencilla como parece, porque no depende de un principio moral general que prohiba dar muerte a ningún civil. En forma similar, quienes condenan al terrorismo generalmente no son pacifistas. No sólo creen que está bien matar soldados y bombardear depósitos de municiones en tiempos de guerra, sino que infligir "daños colaterales" en contra de civiles es a veces inevitable (y moralmente permisible).

Pero si eso es permisible, ¿por qué está mal atacar directamente a los civiles si matándolos hay altas posibilidades de inducir al enemigo a que cese hostilidades, se retire de territorios ocupados u otorgue la independencia? Morir es malo, cualquiera que sea la forma en que lo maten a uno. Entonces, ¿por qué ha de ser aceptable la muerte de un civil si ocurre como efecto secundario de una lucha que persigue un fin noble, mientras que la muerte de un civil infligida deliberadamente como un medio para alcanzar ese mismo fin es un crimen terrorista?

La distinción no es universalmente aceptada (ciertamente no por los principales contendientes de la Segunda Guerra Mundial). Hiroshima es el ejemplo más famoso de un bombardeo terrorista, pero los alemanes, los japoneses y los ingleses, al igual que los estadounidenses, masacraron deliberadamente a grandes cantidades de civiles. Hoy en día, sin embargo, el terrorismo genera una aversión generalizada, que a su vez ayuda a justificar las acciones militares en su contra. Por ello es esencial entender mejor la razón de esa aversión.

La idea moral central es la prohibición de buscar la muerte de una persona inofensiva. Se asume que todo el mundo es inviolable en este sentido hasta que se convierte en una amenaza para otros; por ello se nos permite matar en defensa propia y atacar a los combatientes enemigos en una guerra. No obstante, esta es una excepción a una exigencia general y estricta de respeto a la vida humana. Mientras no hagamos ningún daño, nadie nos puede matar nada más porque le resultaría útil hacerlo. Este mínimo respeto se le debe a todo individuo y no se puede violar ni siquiera para alcanzar metas valiosas a largo plazo.

Sin embargo, existen ciertas actividades, incluyendo la defensa propia y la guerra, que crean riesgos inevitables de daño a inocentes. Este es el caso no sólo de acciones militares o policiacas violentas, sino también de proyectos pacíficos como las grandes construcciones en ciudades densamente pobladas. En esas situaciones, si la meta es lo suficientemente importante, no hay una prohibición moral siempre y cuando se tomen las debidas precauciones, consistentes con el logro de esa meta, para minimizar el riesgo de daño a inocentes.

La cuestión moral es que estamos obligados a hacer todo lo posible para evitar o minimizar las bajas civiles en combate, aunque sepamos que no podemos eliminarlas por completo. Esas muertes no violan el mandato estricto de protección de la vida humana (que no podemos buscar la muerte de una persona inofensiva). Al contrario, nuestro objetivo es evitar en lo posible esas muertes colaterales.

Por supuesto, la víctima acaba muerta ya sea asesinada deliberadamente por un terrorista o lamentablemente como efecto secundario de un ataque en contra de un objetivo militar legítimo. Pero en nuestra percepción de lo que moralmente nos deben nuestros semejantes, hay una enorme diferencia entre esos dos actos y las actitudes hacia la vida humana que expresan.

Mientras el terrorismo siga siendo un medio efectivo para que los débiles ejerzan presión sobre sus enemigos más poderosos, no podemos esperar que desaparezca. No obstante, debemos tener la esperanza de que se generalice la percepción del desprecio hacia la humanidad del terrorismo, y no que se pierda como resultado de sus éxitos recientes.

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