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European Economies

¿Campeón de quién, a fin de cuentas?

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2006-10-30

Los nexos entre los Estados y las empresas han acaparado los grandes titulares. El caso más reciente sucedió en Rusia en donde el Presidente Vladimir Putin parece estar obsesionado con crear “campeones nacionales” en los sectores energético y aeroespacial. Tales esfuerzos parecen ser sólo parte de un oleada de proteccionismo en el debate político europeo sobre los negocios, especialmente en lo que se refiere a las adquisiciones transfronterizas.

Por todo Europa, los gobiernos se posicionan para que se les vea como defensores de los actores “nacionales” frente a los competidores “extranjeros”. El “patriotismo económico”, lema acuñado por el Primer Ministro francés Dominique de Villepin tras el rumor del intento de PepsiCo de absorber Danone en julio de 2005, tal sea el que mejor describe el imperativo político. Aunque los discursos de de Villepin son más extravagantes que los de la mayoría de los líderes políticos, el sentimiento esencial se extiende más allá de Francia.

El mismo impulso parece estar detrás de la política de Italia sobre las Autostrade, la de España sobre Endesa, la de Polonia sobre su sector bancario, la del ex Primer Ministro sueco sobre Volvo, el malestar alemán acerca de los fondos tipo "langosta" en la Deutsche Börse o la defensa cada vez más ruidosa del Reino Unido de la independencia de la Bolsa de Valores de Londres de Estados Unidos.

La creencia fundamental detrás del “patriotismo económico” es que hay un alineamiento de intereses entre las empresas consideradas como “nacionales” (prominentemente las más importantes o las llamadas “campeonas”), sus empleados nacionales y la comunidad nacional. Según de Villepin, “para defender bien los intereses de los trabajadores, debemos proteger los intereses de nuestras empresas”. Posteriormente argumentó que debería considerarse a Danone como “francesa” porque “la recolección de su leche y sus fuentes de agua estaban en Francia”. Pero los propios documentos de Danone señalan que sólo el 22% de sus ventas globales y menos del 14% de su fuerza de trabajo global están en Francia.

De hecho, el vínculo entre las compañías europeas y las comunidades nacionales se está haciendo más tenue día con día. La investigación que llevé a cabo para Bruegel estudió las 100 empresas más importantes con sede en Europa (clasificadas según su capitalización en el mercado) y analizó la distribución geográfica de sus ingresos que cada vez es más transparente desde la adopción de las Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF) el año pasado.

Se dividió a Europa en ocho zonas generales que comprendían a países individuales como Alemania, Francia e Italia, o a grupos de países pequeños como el Benelux y los países nórdicos. El estudio calculó a continuación la proporción de los ingresos obtenidos por cada empresa en la zona donde tienen su sede, en el resto de Europa y en el resto del mundo. También se analizó la distribución comparativa de los empleados cuando se dispuso de la información pertinente de las empresas.

Los resultados muestran que la proporción de la sede en los ingresos totales se ha vuelto relativamente más baja en promedio: sólo tres octavos o un 37.5% en promedio en las 100 empresas europeas más importantes. Por supuesto, esta cifra abarca una amplia diversidad de industrias, y también algunas diferencias geográficas por todo el continente. Por ejemplo, el promedio de las compañías alemanas (34%) o de las francesas (35%) es considerablemente más bajo que el de sus homólogas españolas (56%) o italianas (65%). Pero la tendencia general es inequívoca.

En una sub-muestra representativa más general de 55 empresas cuyas operaciones pudieron rastrearse desde 1997, la proporción de los ingresos generados en la región sede cayó bruscamente, de un 50.2% a un 36.9% en promedio. Para estas compañías, las ventas al “resto de Europa”, que representaban un promedio de menos de 30% de las ventas totales europeas en 1997, crecieron a más de un 43% en 2005.

Si extrapolamos esta tendencia, las sedes de las empresas europeas más importantes representarán, en promedio, menos de la mitad de sus ingresos europeos y menos de un tercio de sus ingresos globales antes de que termine esta década. Estas compañías se están “europeizando” rápidamente y el peso relativo de sus sedes está disminuyendo todavía más aceleradamente.

Además, esto no es sólo en el caso de las ventas. El estudio también midió la distribución geográfica de los empleados con relación a la distribución del ingreso. Mientras que los perfiles de distribución entre los empleados y el ingreso fue drásticamente desigual en algunas compañías, en promedio fueron casi idénticos: en una sub-muestra de 73 empresas europeas entre las 100 más importantes, las sedes representaron el 37% de los empleados y el 35% del ingreso en promedio en 2005, mientras que el resto de Europa representó el 29% de empleados y el 28% de los ingresos. Esto sugiere firmemente que en general los empleos “siguen” a las ventas ( o tal vez a la inversa), aunque, una vez más, esto sólo se cumple en promedio y no para todas las empresas.

¿Cuáles son las repercusiones para quienes diseñan políticas? Para decirlo de manera simple, las cifras muestran una brecha creciente de intereses entre los llamados “campeones” y sus sedes. Para los gobiernos de Europa, apoyar a los campeones significa cada vez más otorgarle beneficios a los consumidores y a los empleados que no son nacionales –un uso dudoso del dinero de los contribuyentes.

Otra consecuencia es la probabilidad de que aumente la competitividad reguladora en Europa ya que las compañías están menos obligadas por los intereses locales a mantener su sede “en casa” si los impuestos o el ambiente regulador llegan a ser menos favorables. La decisión del banco Depfa de trasladar su base de operaciones de Wiesbaden a Dublín en 2002 podría ser una señal de lo que está por venir.

El riesgo mayor es que la desvinculación creciente entre la percepción de las compañías “nacionales” y la realidad de la europeización pueda derivar en políticas muy mal pensadas. Ya es tiempo de que los dirigentes empresariales sean más honestos sobre dónde se encuentran sus intereses y de que los políticos nacionales reconozcan que ya no pueden controlar a los gigantes empresariales europeos actuales.

Nicolas Véron es investigador en Bruegel y su última colaboración como coautor ha sido en Smoke and Mirrors, Inc.

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