La decisión de Francia de prohibir a las estudiantes musulmanas llevar velos en las escuelas públicas se adoptó en nombre de la separación del Estado y la Iglesia, cuestión antigua y polémica en la historia de Francia, pero la aprobación de esa ley reveló algo más: lo difícil que les resulta a los franceses abordar lo que los americanos llaman la cuestión de las minorías.
De hecho, pese a sus diferencias aparentemente radicales, las dos naciones comparten el hábito similar de confundir la pobreza con otra cosa. En Francia, se confunde la pobreza con la religión; en los Estados Unidos, con la raza.
Como tantos americanos negros son pobres, muchas encuestas muestran que los americanos confunden la pobreza y el color negro de la piel. A la pregunta de "¿Por qué son tan pobres?", dos de cada tres americanos dicen que la causa radical es la pereza; sólo uno de cada tres cree que los negros pobres han tenido mala suerte. (Sin embargo, si se formula la misma pregunta a los americanos "que recientemente cenaron con un amigo negro", se invierte ese porcentaje.)
Parece que los americanos encubren la cuestión social de la pobreza con otra racial y el resultado es que no se considera hermanos en la adversidad a los pobres. En los Estados Unidos, como se tiene la impresión de que la mayoría de los pobres son negros, hay menos intervención social.
No ocurre así -al menos aún no- en Europa, donde la mayoría, según la misma encuesta, cree que los pobres son personas corrientes que han tenido mala suerte, pero Europa, y en particular Francia, parece estar "americanizando" su concepción de la pobreza, porque ahora existe una gran desfase entre los niveles de pobreza de los blancos y las minorías.
Sea cual fuere el nivel educativo, la tasa de desempleo francesa es de dos a tres veces mayor entre los inmigrantes y sus descendientes que entre la población general. Las encuestas indican que en el mismo nivel social los niños de barrios pobres van tan bien en la escuela como los demás. Sin embargo, con el tiempo los ambientes social y familiar y los limitados recursos de sus familias empiezan a dejar rezagados a los niños de las minorías. Inexorablemente el prejuicio racial se va introduciendo con sigilo.
Desde luego, los inmigrantes polacos e italianos también padecieron victimización y discriminación antes de lograr la aceptación por la sociedad francesa, pero eso constituye escaso consuelo para los recién llegados en la actualidad, en parte por la profunda convulsión económica de los últimos decenios. El trabajo de las fábricas que en tiempos brindaba a la vez una carrera profesional para toda la vida y un vía para la obtención de la ciudadanía está desapareciendo rápidamente, junto con la oportunidad de avance que brindó a los inmigrantes anteriores.
En sus estudios del suburbio parisino de Montbéliard (el Detroit francés), los sociólogos S. Beaud y M. Pialoux siguieron los pasos de algunos jóvenes desfavorecidos durante un período de diez años. Ante de que aumentara el empleo en 1997, los jóvenes pasaban de un centro de formación a otro.
Con la recuperación económica de 1997 y la gran demanda de trabajadores, la situación cambió. De repente, dos días de formación resultaban suficientes antes de comenzar en puestos de trabajo reales; la tasa de fracaso era escasa. Las fábricas acogían a los jóvenes de Montbéliard con un trabajo duro, pero también con buenos sueldos.
Lamentablemente, ninguno de aquellos jóvenes trabajadores logró hacer realidad su sueño: un contrato laboral indefinido. Condenados a disponer tan sólo de contratos cortos y trabajo temporal, carecían de seguridad en el empleo: como eran los últimos en ser contratados, también eran los primeros en ser despedidos, al volver a empeorar la situación económica. Los autores concluyen que, en vista de la discriminación cada vez más profunda contra los inmigrantes, "que han sido objeto de ostracismo y han quedado concentrados en escuelas malas, barrios pobres, colocaciones sin seguridad en el empleo y falsa formación laboral", no se cumple el compromiso de Francia con los derechos universales.
La prohibición de los velos ha pasado a ser otra negación de la existencia de la minoría social. Al comienzo, esa cuestión planteaba un principio básico: el sistema escolar no debe tolerar discriminación alguna, sea cual fuere la razón, contra las estudiantes, pero al final el proyecto de ley mezcló esa cuestión con la de los símbolos de pertenencia religiosa.
Ambas cuestiones pueden tener algo en común, pero su lógica es diferente. Las leyes contra la mutilación genital no son promulgadas en pro del secularismo, sino para proteger la integridad física de las jóvenes. Naturalmente, la prohibición del velo plantea una cuestión menos grave, pero la preocupación fundamental es similar: la defensa de la integridad personal y moral de las estudiantes.
Una ley que prohibiera cualquier tipo de discriminación negativa contra las jóvenes (incluido el velo) habría sido suficiente para lograr ese fin. La insistencia en la vertiente religiosa de la prohibición cambió radicalmente el significado mismo de la ley.
El difunto filósofo americano John Rawls indicó que la forma mejor de juzgar la idoneidad de cualquier política social es la de ponerse en el lugar de los desfavorecidos antes de llegar a una conclusión. Una decisión es idónea, si mejora la situación de quienes se encuentran en la peor situación.
Los debates sobre el velo logran lo contrario. Las caras y los pensamientos se apartan de los desfavorecidos y de lo que se puede hacer para mejorar su situación. Como en el caso del infame hipócrita de Moliere, Tartufo, semejante ley no hace otra cosa que encubrir un mal que no queremos ver: la desigualdad y la exclusión social.


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