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Vaclav Havel: el disidente en el poder

La vida de Vaclav Havel, que termina su cargo de presidente de la República Checa, podría servir como inspiración para una de sus propias obras de teatro del absurdo. Nacido en 1936 en una de las más adineradas familias checas, Havel fue uno de los perseguidos debido a sus "orígenes de clase erróneos", después de la toma del poder por los comunistas en 1948.

Havel desafió este destino al erigirse durante los años 60 en uno de los más importantes autores teatrales de Europa, sólo para convertirse nuevamente en un paria tras la invasión soviética de Checoslovaquia, que aplastó al movimiento reformista de la "Primavera de Praga" en 1968. Pero regresó para liderar la pequeña comunidad disidente de su país. Famoso en todo el mundo por sus escritos y su lucha contra el comunismo, soportó un acoso incesante, incluyendo cinco años de prisión a comienzos de la década de 1980. De hecho, había sido recién liberado de otro periodo en la cárcel cuando la "Revolución de Terciopelo" de noviembre de 1989 lo catapultó a la presidencia.

Es imposible separar a Havel, el autor de teatro, de Havel, el disidente, o Havel, el líder político. Sus primeras obras fueron políticas y ridiculizaban las frases huecas de la retórica comunista. Incluso durante la liberal Primavera de Praga, Havel siguió discrepando y nunca aceptó la idea de un "socialismo de rostro humano", argumentando que la democracia real era la única alternativa al comunismo. Más tarde, como disidente, Havel continuó escribiendo, convirtiéndose además en el líder no oficial de la oposición anticomunista. Y años después se erigió en líder de dicha oposición en su momento de triunfo.

Un disidente en el cargo de presidente es algo necesariamente poco ortodoxo. Havel continuó escribiendo, cambiando su género de obras teatrales a ensayos y discursos, la mayor parte de los cuales son, de hecho, escritos filosóficos. En efecto, continuamente planteó ideas (sobre los peligros de la globalización, sobre la necesidad de una responsabilidad global, sobre su visión de Europa como una federación de estados) antes de que otros líderes políticos se atrevieran a hacerlo.

En su país, exasperó a los políticos de los partidos al pregonar la necesidad de una moralidad en política y al advertir acerca de los peligros de un fanatismo excesivo en la toma de posiciones políticas. Una y otra vez habló de la creación de una sociedad civil sólida, argumentando que los partidos políticos degenerarán en sectas si se cierran a la influencia de sus bases.

Si bien Havel se niega a describirse en términos de izquierda y derecha, es más un comunitario que un liberal clásico, y ciertamente está más a la izquierda que a la derecha. Ha puesto énfasis en que un sistema democrático no se puede basar sólo en instituciones y mecanismos, tales como controles y equilibrios entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial; la democracia necesita más que partidos políticos y elecciones libres.

Para Havel, es imposible la democracia sin verdaderos demócratas. Sólo una sociedad civil, en la que los ciudadanos activos participen libremente en la vida pública, mostrando altruismo y solidaridad con los demás, puede mantener viva a la democracia. Citando a un amigo cercano de Havel, el sacerdote católico y filósofo Thomas Halik (a quien Havel una vez propuso como su sucesor), la democracia sin sociedad civil es como un cuerpo sin circulación sanguínea.

Quizás una persona tan original y poco ortodoxa como Havel sólo se convierte en líder político en tiempos de revolución. Las revoluciones exigen claridad moral y una convicción imbatible. Pero semejante ascenso a las alturas del poder tiene sus costos. Puesto que Havel no pasó por las escuelas partidarias usuales en la formación política, a menudo sintió que no tenía que respetar las reglas del juego político y con frecuencia mostró su desdén hacia las componendas y atajos morales practicados por los políticos.

Si bien en el exterior se lo vio a través del prisma de su heroísmo y sus discursos filosóficos, con frecuencia en su país se lo percibió como alguien profundamente involucrado en las contiendas políticas. Sus críticos argumentan que desarrolló un gusto por las intrigas y que usó maniobras ocultas para lograr sus objetivos. Otros lo acusaron de hacer una "política apolítica", un concepto de democracia cuyos protagonistas desean deshacerse completamente de los partidos políticos y reemplazarlos con la más nebulosa y tal vez más fácilmente manipulable "sociedad civil".

Pero Havel fue arrastrado a la política de todos los días porque la constitución checa no le dejó otra opción. Tenía que nombrar funcionarios, seleccionar primeros ministros tras las elecciones parlamentarias, otorgar honores y reconocimientos del estado, dar discursos. Es verdad que irritaba a los jefes de los partidos con su enfoque a menudo poco ortodoxo. Pero dada la fuerte toma de posiciones políticas y el intenso provincianismo de la República Checa, todo presidente que desafíe al sistema y sea tan cosmopolita como Havel enfrentará dificultades.

Quizás el mayor fracaso de Havel fue no haber comprendido tan rápidamente como otros, incluido su principal rival político, Vaclav Klaus, que Checoslovaquia como estado federal de dos naciones estaba condenada a desaparecer después de 1989. Los eslovacos, que no habían vivido la experiencia de tener un estado propio y se sentían tratados con condescendencia por los checos, gradualmente desgastaron el estado común.

Klaus, que pensaba que la económicamente menos exitosa Eslovaquia estaba impidiendo que los checos avanzaran más rápido, no puso objeciones. Havel, sin embargo, creyó hasta el último momento que se podía salvar el estado común. Como resultado, muchos eslovacos pensaron que estaba siendo condescendiente hacia ellos y que no entendía sus aspiraciones nacionales. En julio de 1992 los legisladores eslovacos bloquearon su reelección como presidente de Checoslovaquia.

Pero los fracasos internos de Havel están más que compensados por sus contribuciones en materia de política exterior: persuadió a EEUU y a Europa Occidental para ampliar la OTAN, organización que antes de 1989 él pensaba que debía ser abolida, y promovió el ingreso de la República Checa a la Unión Europea. Sobre todo, Havel usó su prestigio internacional para dar a la República Checa una imagen positiva que el país, plagado por muchas enfermedades poscomunistas, quizás no merecía completamente.

En parte gracias a Havel, la República Checa ahora es un país democrático normal, cuyo destino no depende de sólo un político. Pero sin Havel, los checos pueden descubrir que tal vez no reciban un recibimiento tan cálido en el ruedo internacional.

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