La política de Ucrania no es la de la estepa. Nuestros votantes no pueden adoptar una dirección durante unas elecciones y la opuesta en la siguiente ocasión en que voten, sin preocuparse por caer al vacío. Los ucranianos son un pueblo de la cuenca: vivimos a uno u otro lado de una gran divisoria.
Hace un año, los ucranianos se atrevieron a explorar el territorio desconocido al otro lado de la cima y encontraron la democracia y la promesa de una economía más abierta y honrada, pero la democracia es complicada; como el Presidente Viktor Yushchenko ha aplazado algunas de las promesas de nuestra "revolución anaranjada" o ha renegado de ellas, existe la posibilidad de que el 26 de marzo, cuando los ucranianos voten para la elección de un nuevo Parlamento, opten, desilusionados, por volver al reino del gobierno autocrático y corrupto.
Las opciones –para mi país, para Rusia y para Europa– están claras. De las tres coaliciones electorales principales que se enfrentan, las fuerzas que apoyaron la "revolución anaranjada" aspiran a un futuro democrático y moderno para nuestro país. El otro bloque ofrece la certidumbre casi total de una vuelta a un aislamiento hosco y sórdido... tal vez el comienzo del fin de nuestra independencia, que tanto costó conseguir.
Naturalmente, nuestras fuerzas anaranjadas no son perfectas y Viktor Yanukovich, que vuelve a oponerse a los demócratas de Ucrania, no es la reencarnación de Stalin, pero las ejecutorias de las dos fuerzas opuestas indican que con los que apoyaron la "revolución anaranjada" Ucrania seguirá siendo un miembro del club de las democracias y las economías abiertas, mientras que con Yanukovich Ucrania daría la espalda a la reforma y podría volver a adoptar los aspectos más sombríos de nuestro pasado soviético.
El "Partido de las Regiones" de Yanukovich lleva meses encabezando las encuestas de opinión y el mundo debe recordar que al final el triunfo de Yushchenko en 2004 no fue arrollador, sino por los pelos. Además, durante el año que lleva en el poder Yushchenko más que nada ha defraudado a aquellos cuyos votos necesita.
El argumento contra una contrarrevolución de Yanukovich es el de que sería exactamente esto: un esfuerzo implacable para desmantelar las reformas jurídicas y democráticas de Ucrania. Además, no tendría libertad para gobernar por su cuenta, sino que sería la marioneta de los oligarcas que financian su partido y tal vez de Rusia, que ansía, aunque más discretamente que hace un año, su triunfo.
En el partido de Yanukovich hay un núcleo de apparatchiks mayor que el de ningún otro. Muchos de sus candidatos no aspiran a un cargo para mejorar a Ucrania, sino para conseguir la inmunidad parlamentaria.
Algunos dicen que no debemos preocuparnos, que la democracia y el mercado están ahora demasiado bien establecidos en Ucrania para poder ser substituidos, que la reforma es irreversible y los clanes oligárquicos dominantes del país, como los de la Europa oriental, llegarán a ser con el tiempo capitalistas respetuosos de las leyes. Por desgracia, esa opinión se basa más en las ilusiones que en la realidad.
Un año después de que la "revolución anaranjada" demostrara la fidelidad de los ucranianos comunes y corrientes a la libertad, Yanukovich sigue sin dar pruebas de fe en la democracia y el "espacio económico único" con Rusia que respalda fortalecerá el abusivo sistema oligárquico y descartará nuestra liberación. La política exterior de Yanukovich podría no ser abiertamente servil a Rusia, pero tampoco será claramente prooccidental. Un gobierno de Yanukovich promete la semineutralidad de la semiparálisis.
Muchos que apoyan a Yanukovich no necesariamente desean volver al pasado, pero están confusos por los embates que han sufrido en el pasado decenio. Yanukovich halaga a los xenófobos y antisemitas y a quienes más atrae es al núcleo de intransigentes irritados que detestan el hundimiento del poder soviético. Sigue sin mostrar arrepentimiento por los obscenos niveles de corrupción durante el período en que fue primer ministro.
No pretendo decir que los protagonistas de la "revolución anaranjada" sean un dechado de virtudes y que la separación entre Yushchenko y yo no haya desalentado a muchos de los que nos acompañaron en las calles de Kiev en el invierno de 2004-2005, pero nadie puede negar que aportamos un gobierno más honrado y el comienzo de una economía más abierta a Ucrania. Comenzamos la batalla contra la corrupción reinante, impusimos el Estado de derecho a los barones ladrones de Ucrania y fomentamos el nacimiento de una sociedad civil viva.
La mayoría de los ucranianos se sienten más seguros gracias a esos cambios. Ésa es la razón por la que los ciudadanos deben saber a favor de qué votan este domingo. Yo he prometido que en ningún caso formaré una coalición de gobierno con Viktor Yanukovich. El Presidente Yushchenko debe hacer lo propio. Sólo restableciendo nuestra alianza podemos abrigar la esperanza de cumplir las promesas de nuestra "revolución anaranjada".
Se fortalecerán los códigos civil y penal; nuestros tribunales podrán afianzarse y disfrutar de libertad. Por encima de todo, el nuevo Rada (Parlamento) se pondrá a promulgar leyes y a vigilar al Gobierno y no a repartirse el presupuesto entre clanes corruptos. Lucharemos para que las reformas esenciales equiparen el país con las normas europeas. Se restablecerán las buenas relaciones con la Rusia de Putin.
Las elecciones raras veces son asuntos de vida o muerte. Ésta lo es, porque la batalla en pro de la libertad y la independencia de Ucrania no se decidió el invierno pasado. Una restauración de Yanukovich sería un desastre para Ucrania, para Rusia y para Europa, porque pondría en tela de juicio la independencia de Ucrania y tentaría a Rusia con sueños de imperio renovado. Sólo una segunda victoria sobre Yanukovich puede asegurar un futuro de libertad y esperanza para el pueblo de Ucrania.


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