La de que los ucranianos vayan a votar por su libertad en esta temporada de Navidad es una coincidencia en verdad perfecta, pues el de nuestro movimiento es un triunfo de alegres multitudes y no de turbas, de protestas y no de pillaje, de una clara determinación y no de confusión. A consecuencia de ello, algo nuevo va a colorear los hábitos de quienes gobiernen a Ucrania en adelante: respeto de las personas, que es el criterio más determinante para juzgar el abuso de poder.
Nada podrá nunca quitar importancia a lo que estaba en juego –y la victoria que se ha conseguido- en las calles de Kiev. El pueblo de Ucrania ha renovado su respeto de sí mismo mediante coraje y resolución. Tiene motivo para estar orgulloso. Autoconfianza por parte de los gobernados y prudencia por parte de los gobernantes: ésas son las fuentes psicológicas de la democracia y la libertad auténtica y en nuestra patria nunca se podrá volver a desviarlas de su cauce.
Nadie había dudado ni por un momento que Ucrania había cambiado enormemente en sus doce ańos de independencia. Sin embargo, por encontrarse con una pistola delante de sí, nadie –ni siquiera los centenares de miles de hombres y mujeres valientes que acamparon en la nieve delante del Parlamento de Ucrania- sabía con seguridad, si esos cambios habían arrancado a los ucranianos de la tenaza del miedo y la apatía. El éxito de su desafío muestra el poder de la idea que ha dejado perplejos al Presidente saliente Leonid Kuchma y a sus acólitos: la de que la democracia significa asumir la responsabilidad del destino propio en las propias manos.
Evidentemente, el régimen esperaba que las multitudes que protestaron por las elecciones fraudulentas del 21 de noviembre se dispersaran, presa de la apatía. No fue así, por lo que el régimen debía elegir entre recurrir a la fuerza para sofocar la resistencia en aumento o reducir las pérdidas. Al negarse a abandonar las calles y plazas de Kiev, el ejército de demócratas, voluntarios y en masa, de Ucrania obligó a los grises viejos del pasado de nuestro país a retirarse al pasado.
Se trata de un gran avance que durará. Durante 70 ańos cínicos -y antes durante siglos-, todo lo hecho en nombre de los ucranianos careció de su consentimiento. Regímenes corruptos, mediante intimidación y soborno, insistieron en la legalidad de la burocracia, la policía y los servicios armados. Los periódicos y las emisiones de radio y televisión rebosaban de mentiras. La inmensa riqueza del régimen de Kuchma, robada a los ucranianos comunes y corrientes, indicaba que el reino del matonismo y del engańo podía continuar eternamente.
Pero ahora los ucranianos han dado su aprobación a la democracia y a la sociedad abierta. En adelante, la fuerza de las ideas, y no la de las armas, será la que prevalezca. Por una vez, Karl Marx, el malicioso causante de tanta miseria de Ucrania, acertó en algo: “la cuestión”, dijo refiriéndose al mundo, “es cambiarlo”.
Naturalmente, nuestro movimiento fue creado a partir de la oposición: oposición a la corrupción, oposición a la cesión de nuestra independencia nacional, oposición al gobierno de los matones. La alegría de la oposición es su sencillez; los ucranianos entendieron a qué nos oponíamos y se pusieron de nuestro lado.
Ahora debemos dirigir una nación en la que –por culpa de las cínicas tretas y la retórica cargada de odio de un régimen desacreditado- algunas secciones parecen oponerse firmemente a la democracia que intentamos construir.
Pero ninguna sección de Ucrania es enemiga nuestra y ninguna de ellas será tratada como tal, pues no hace falta que se nos recuerde cuál debe ser la prioridad de Ucrania. Lo hemos gritado desde todas las plataformas del país: poner fin a la corrupción y al abuso de poder para el beneficio personal y partidista. Es un mensaje grabado en nuestros corazones.
De modo que nuestra primera tarea es la reforma jurídica y judicial y a ese respecto nos infunde esperanza el valor del Tribunal Supremo de Ucrania, que, al anular las elecciones robadas del 21 de noviembre, respetó la ley y las libertades de los ucranianos contra un régimen decidido a barrerlas. Así, pues, resistiremos la tentación de la revancha y la represalia. Esa vía engendra la desmoralización y nuevas divisiones.
Gobernando en pro del interés nacional, y no para el beneficio de secciones o clanes favorecidos, aplicaremos la ley por igual a nuestros partidarios y a nuestros oponentes. Nos guiaremos –y estaremos obligados- por el imperio de la ley... y el espíritu de libertad con orden que lo anima.
Naturalmente, siguen existiendo dificultades inmensas. La primera es la de restablecer la unidad de nuestro país. Sí, Ucrania tiene hablantes de ucraniano y hablantes de ruso; sí, tiene ortodoxos y católicos, pero esas divisiones fueron manipuladas con la misma clase de cinismo al que recurrieron Slobodan Milosevic y Franjo Tudjman para enfrentar unos con otros a serbios, croatas y bosniacos en la ex Yugoslavia.
Los ucranianos retroceden, irritados y horrorizados, ante la idea misma de división de la nación. La unidad de nuestra nación no es artificial. Estamos unidos como pueblo y en nuestra historia compartida de sufrimiento. Tras haber puesto los cimientos de la democracia auténtica, nuestra casa no será dividida por nadie. Al renovar nuestras libertades, renovaremos nuestra unidad. Renovaremos a Ucrania.


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